Chris Paul, el último de su estirpe

Con Chris Paul se marcha un arquetipo de jugador que quizás no vuelva a existir y que va mucho más allá del base cerebral.

Foto del autor

Por David Sánchez

Publicado el

El pasado fin de semana aparecía un comentario en este santo foro con el que no puedo estar más de acuerdo: 

Me entristece ver que el post del retiro de CP3 se va rápidamente para abajo y que la mayoría de comentarios tenía un tono estilo «bueno, se va como merece»… Que sí, que tuvo su toxicidad; pero para los que vimos la NBA de 2000 Chris Paul fue magia y potencia, penetración y excelente tiro, asistencias y robos…que estamos hablando del segundo mayor asistidor de la historia! Tenía un ball handing top, arranque y freno como pocas veces ví, casi imposible de defender. Crack de la A hasta la Z, si los hubo.

-Ja Vu

Sirva este pequeño homenaje para cumplir un deseo que comparte quien escribe. Que el retiro de Chris Paul, por extraños que hayan sido sus últimos meses y que el anuncio nos llegue antes de lo esperado, no quede en vano. 

Porque quizás, y la biología así lleva años dando pistas, jamás veamos a un jugador como él.

Cuestión de centímetros

El físico jamás debería ser estigma. No tienen culpa de ser los centímetros, la masa muscular ni el talento atlético y unirlos al talento técnico cada vez con mayor normalidad. Hace poco que hemos empezado a poder imaginar algo como Victor Wembanyama o a normalizar que existan biotipos como los de Luka Doncic o Cade Cunningham, bases tradicionales encerrados en chasis tradicionalmente ajenos a dicha posición. Hace más de 40 años que Magic Johnson y sus 2,03m adelantaban el futuro. Y el futuro es ya.

La NBA nunca fue grata con los bajitos, pero cada vez lo es menos.

Los límites agudizan el ingenio y la creatividad humanas. Pablo Picasso se autoimpuso el color azul como símbolo de la etapa más triste de su vida, Charles Chaplin hizo de la mudez el culmen de la expresión, Shigeru Miyamoto narró la mayor aventura jamás contada a través de cuadrículas de 12×7 habitadas por un puñado de bits y sin pronunciar palabra.

Desde sus 183 centímetros de altura y sin llegar a los 80 kilos durante buena parte de su carrera, Paul tuvo que hacer llegar a su cerebro donde no llegaban sus aptitudes físicas. Como sus condiciones no le permitían excesos, el de  North Carolina tuvo que escudriñar el balance perfecto entre riesgo y recompensa. Nadie lo representó mejor que él, y sus 4,04 asistencias repartidas por cada pérdida cometida son símbolo del jugador más alérgico al error de la historia.

Ratio asistencias/pérdidas histórico. Gráfico de Keith Kinney

Sin embargo, no hay pase ni secuencia de bote bajo que le definan mejor que su tiro favorito. Poniendo en el codo de la zona su equis, Paul patentó su suspensión ligeramente inclinada a la derecha para que la envergadura dejase de pesar en su contra. Kevin Durant se podrá permitir tirar por encima de sus pares una y otra vez, Dirk Nowitzki puso su rodilla como el parapeto del francotirador y Paul trazó miles de veces un ángulo que no pasaba de los 25º para aprovechar la inercia de su carrera y hacer vanos los esfuerzos del defensor. 

Desde 2007 a 2025 no bajó del 45% de acierto desde la media distancia. Eficiencia traicionada varias veces por Kevin Durant, DeMar DeRozan o Devin Booker durante el mismo tramo. 

Paul comenzó su carrera siendo el epítome de una forma de entender el baloncesto y ha acabado siendo un espécimen anacrónico en la actual NBA. El heliocentrismo es una de las corrientes que más ha marcado la última década del juego. James Harden, Russell Westbrook, Luka Doncic, Trae Young, Cade Cunningham o Jalen Brunson han sido capaces de asumir toneladas de responsabilidad creativa dejando descansar todo el sistema ofensivo desde sus hombros. Baloncesto de opulencia y heroicidad obligada. 

Incluso Tyrese Haliburton, el mayor motor de juego colectivo del presente, representa una escuela muy diferente a la de Paul por su relación con la era del espacio y el ritmo de juego. Hali incentiva la hiperactividad del sistema, pero también necesita de ella para respirar como superestrella porque su baloncesto es uno de improvisación continua latido a latido, haciendo valer su clarividencia en el caos que él mismo manda. Paul fue un ordenador con infinitas respuestas ya predefinidas entre las que escogía a placer.

CP3 casi siempre fue el centro de todo, pero lograba hacerse invisible si llamar la atención no era estrictamente necesario. Haciendo protagonistas a todos menos a él. Y así, David West, Blake Griffin y Devin Booker (y tantos otros jugadores de menor calado) jamás presentaron versiones más elevadas de las que gozaron a su lado. Incluso su rara etapa en Houston, como líder de los minutos sin Harden y casi despojado de su arma anotadora más mortífera (la media distancia) estuvo a punto de contar una historia muy distinta a la que le terminó señalando como el contrato más tóxico de la NBA de forma injusta, como no tardaría de desmentir en su breve paso por OKC.

El incierto legado de Chris Paul

La historia de Chris Paul bien se podría contar con el subidón en la columna de victorias que sufría cada equipo en el que recalaba: +20 para los Hornets en 2006, +8 en año de lockout para los Clippers en 2012, +10 para los Rockets en 2018, +17 para Suns en 2021, +2 para Warriors en 2024 y +12 para Spurs el año pasado. Solo OKC (-5) se le resistió en lo que Sam Presti esperaba fuese un primer año de reconstrucción en el que Paul y un joven Shai Gilgeous-Alexander consiguieron clasificar para playoffs. 

Y colándose entre el peso innegable de su impacto en el juego, el impacto sensorial que suponía declararle sin miedo como el mejor base del planeta ya en 2008, de poner en el mapa a Los Angeles Clippers, de aquel tiro del cojo ante San Antonio para cerrar una de las mejores primeras rondas de playoffs de siempre o de hacer posible aquel laberinto de bloqueos indirectos que eran los Phoenix Suns de 2021 y 2022.

Desgraciadamente, su historia también se puede contar desde las incontables ocasiones en las que sus lesiones privaron a sus equipos de aspirar a más. Siendo su lesión de hamstring en el Game 5 de las finales de conferencia de 2018 la antesala de uno de los grandes what if en lo que va de siglo.

Son esos dos partidos que le separaron de la gloria con los Phoenix Suns en 2021, equipo en el que seguía siendo el mejor a pesar de la explosión de Booker, los que van a marcar su legado. Porque su agrio carácter le han granjeado enemistades y críticos que solo el campeonato, injustamente, podrían haber redimido.

Por mi parte, os dejo a vosotros determinar su posición en el Olimpo de bases históricos. Hoy creo que pesa más la sensación de haber perdido un eslabón de historia, puede que para siempre.

(Fotografía de portada de Photo By Matthew Emmons- Imagn Images)

TE PUEDE INTERESAR