Blake Griffin: madera de superestrella

“No tengas miedo de la grandeza: algunos nacen ya grandes, otros adquieren la grandeza, y a otros ésta les viene impuesta”.

Nada sabía William Shakespeare de baloncesto. Pero esta célebre frase, extraída de su comedia Twelfth Night (“Noche de Reyes”), aplica casi a la perfección a la situación en la que se encuentra ahora dentro de la jerarquía NBA. En su caso, no nació grande ni ha adquirido todavía la grandeza, pero son muchos los designios que sobre él se imponen para que sea una superestrella.

Sea justo o no, Griffin fue erigido poco menos que com el salvador de una díscola franquicia casi desde el momento en que se recuperó completamente de la lesión que le tuvo en el dique seco todo su primer año en la Liga. Y el rendimiento de su primera temporada sobre la pista para nada deslegitima tal atributo. 20 puntos y 14 rebotes fueron la inmejorable carta de presentación en su primer partido NBA ante los Blazers, algo que, ahora, tras dos temporadas completas por encima de los 20-10 de media, parece su lugar común en la competición.

Aún así, números chillones, pósters de sus mates por doquier y hasta apariciones en el All-Star no definen precisamente a una superestrella. Para hacerlo, y siendo muy meritorio poderlo hacer a la edad de 23 años, Griffin debe ahora hacer frente al siguiente peldaño. Porque estaremos casi todos de acuerdo en que ya lo podríamos situar entre los tres mejores power forwards del planeta (quizá junto a Kevin Love y Pau Gasol, y aquí se aceptan todo tipo de variables), pero Blake Griffin todavía tiene que demostrar que sabe tirar y que sabe manejar el balón con suficiencia.

Lo que irremediablemente nos sitúa en las áreas del juego de Griffin que requieren más atención en su camino hacia el superestrellato: el tiro y el manejo.

Por ahora los problemas de Griffin con el tiro son ya conocidos. Los tuvo ya de rookie, donde anotó tan solo el 64,2% de sus tiros libres y el 29,2% de sus tiros de tres. Pero la peor noticia vino en su temporada sophomore, cuando todavía fue capaz de hacer decrecer tales porcentajes hasta los 52,1 y 12,5% respectivamente.

Y hay más, pues según Hoopdata, Griffin anota tan solo el 37% de los tiros que lanza desde entre 4,8 y 7 metros, o un todavía más mísero (e inexplicable) 27,7% desde entre 3 y 4,5 metros. Suerte que, como él mismo ha admitido, lleva todo el verano trabajando en ello. No en vano, un porcentaje de acierto en el tiro consistente (o, al menos, no abominable como el actual), expanderá su juego considerablemente, acercándole a la auténtica élite de la Liga.

¿Por qué? Mejoras sustanciales en sus porcentajes de tiro se extenderán, presumiblemente, a los respectivos desde la línea de tiros libres, permitiéndole, de ese modo, ser algo cercano a una garantía en el crunch time. Hasta ahora, Griffin y su más que pobre acierto desde la línea de personal no han sido otra cosa que un fácil objetivo para sus rivales cuando éstos pretendían escalar rápidamente en un marcador en contra, conviertiendo su potencial en algo futil en los momentos decisivos de un partido.

Lo hemos visto. Griffin a menudo se muestra dubitativo a la hora de atacar la canasta en los minutos finales, como sí lo viene haciendo durante el resto del encuentro. Hay que evitar que le toquen. Hay que evitar que lance tiros libres. Practicar hasta la extenuación ese aspecto del juego, le hará redefinir su confianza al respecto y, así, ser un jugador más efectivo en los momentos calientes para los .

Y no es que no ser un clutch player sea definitivo para no llegar al superestrellato, es que ser perjudicial para tu equipo cuando el tanteo está parejo solo hace que alejarte del escalón que hay entre ser All-Star y ser una superestrella. Yendo más allá, ser una amenaza en el tiro, hará de Blake Griffin un jugador todavía más peligroso volando hacia el aro, simplemente por tener entonces más oportunidades de hacerlo.

Traducido todo, más puntos, más highlights, mayor participación, más presencia en partidos apretados… aspectos todos a considerar cuando se habla de auténticas superestrellas.

Ajustar su manejo del balón también ayudará. Se trata de no dejarse tantos balones atrás, de que tu cabeza vaya a la misma velocidad que tu cuerpo, ser más decidido cuando quieres encarar la línea de fondo, o más atrevido cuando te encuentras en la cabeza de la botella. En definitiva, Blake Griffin debe hacer saber a sus oponentes que son cada vez más, y más variadas las opciones con las que te puede anotar. Tratar de minorar el movimiento de reverso del que tanto abusa, tratar de evitar encontrarse tirando tiros extraños en posturas complicadas, de los que anotas muy pocos y fallas muchos.

Hay que diversificar, y principalmente estas mejoras ofensivas ayudarán a moldear a un nuevo Blake Griffin en el camino del superestrellato para el que parece predestinado. Pero de ocurrir esto, estaremos a mitad de camino. Las superestrellas lo son también por los logros/títulos conseguidos, y si Griffin quiere ser un campeón durante su estancia en la Lob City, deberá su defensa dar un paso hacia delante, también.

Como muchos de los jugadores impresionantemente dotados en lo físico y en lo elástico, Griffin tiene tendencia a dejar volar sus piernas ante amagos rivales, o a suplir con su cuerpo carencias en sus movimientos defensivos. Esto le deja (a él y, por extension, a los Clippers) en una posición de vulnerabilidad ante oponentes veteranos e inteligentes en pista (Gasol, Duncan u otros), rivales directos, además, de su franquicia en la Conferencia Oeste.

Pero francamente, tan fácil como resulta poner sobre la mesa los agujeros que Blake Griffin tiene todavía en su juego, no olvidemos que estamos ante un chico de solo 23 años, que ha salido de una grave lesión de rodilla y que, en solamente dos temporadas completas en el profesionalismo NBA, acumula ya dos presencias en el All-Star Game, un premio al Mejor Rookie del Año y una mención dentro del segundo mejor quinteto de la Liga. Sería campeón olímpico también de no haberse lesionado en su último entrenamiento con el Team USA en Las Vegas.

Dicho de otra forma, enorme rendimiento para un jugador que no tira, no dribla y todavía no defiende bien. Cuando consiga mejorar en estas áreas de su juego, estaremos ante la grandeza que se le ha atribuido desde su debut en la NBA.





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