D-League: David Foster, el profesor de instituto que no se rinde


“Tú debes tener siempre un plan B y yo lo tengo, pero a la vez has de atacar cada día como si esa red no existiera”. El plan B de David Foster (Lake Forest, California, 1988) sería el de volver a las clases en el instituto de Rosamond, en una pequeña ciudad al norte de Palmdale, todo en California, donde el pívot de Los Angeles D-Fenders apura sus últimas oportunidades profesionales en el mundo del baloncesto.

Foster mide 2,22 metros y es, junto con Walter Tavares, el techo de la D-League. A sus 28 años, su vida deportiva está lejos de ser exitosa. Quizá nunca lo sea. “Su corazón y su cabeza siempre estuvieron en el sitio correcto. Era la clase de chicos que todo entrenador quiere entrenar. Pero el cuerpo iba por otro sitio”.

Ese otro sitio al que aludía Larry Krystkowiak, antiguo técnico de Foster en la Universidad de Utah, eran las lesiones. Concretamente dos, ambas en su pie derecho, que a otro cualquiera le hubieran aparatado de intentarlo de nuevo, más si se dispone de un empleo decente como profesor. Pero el amor al baloncesto de Foster le empujó hacia otro impulso, una nueva tentativa. Ahora, bordeando la treintena, apenas juega en Los Angeles D-Fenders y si lo ha hecho recientemente ha sido por la explosión de su compañero Ivica Zubac, cuyos periplos por los Lakers le han abierto al propio Foster la puerta de algunos minutos en la D-League.

Sin embargo, poca cosecha para un hombre que antes de la lesiones llegó a promediar casi 4 tapones por partido en la NCAA. Aquello llamó la atención de los ojeadores de la NBA, que pronto miraron a otro lado cuando, caído en combate Foster, el mercado de jóvenes ofrecía mejores y más fiables perfiles.

Brillante en Utah

Foster, hijo de ingeniero y el segundo mayor de nueve hermanos, ya alcanzaba una altura poco normal cuando sobrepasó la barrera de los 10 años. En la 2006/07 entró en Utah  y tras una temporada invisible en las pistas (4 minutos de media) no volvió a jugar hasta la campaña 2009/2010. No fueron las lesiones lo que le aparataron del parqué en esta ocasión, sino el deber de cumplir como misionero mormón, labor que realizó en Carolina del Norte.

De vuelta a las canchas, Foster puso en acción todo el potencial que se le presumía ya en el instituto de El Toro, donde promedió 17 puntos, 12 rebotes y 5 tapones por partido en su último año. Casi un lustro después de brillar en el basket de High School Foster hizo lo propio en NCAA y a los premios de su periodo de instituto, entre ellos algún MVP liguero, añadió en la 2009/10 el de Mejor Jugador Defensivo de la Conferencia MWC,  galardón que repitió en su tiempo de junior, en la 2010/11, la última donde sobresalió de verdad en el baloncesto.

Esa campaña terminó como el 6º mejor en tapones de  toda la NCAA (había sido el 4º clasificado en la anterior) y cifró el récord la Universidad de Utah con 219 tiros taponados, entre otros logros.

Alguien así, con 222 centímetros a cuestas y una capacidad de intimidación brutal, tenía que llamar la atención de la NBA sí o sí. Foster, además, podía correr con cierta soltura la pista y no era nada torpe.

Un profesor, un buscavidas

Pero Foster se rompió dos veces. Una, durante la pretemporada del que debía ser su año de senior, el de su definitiva puesta en escena para los grandes ojeadores. La 2011/12 la pasaría en blanco, cirugía mediante, con la esperanza de que las cosas irían mejor pasados los meses. Nunca más volvió a jugar con Utah y antes de la 2012/13 su futuro se tornaba muy oscuro.

Apurar plazos no siempre es bueno con los problemas físicos. Foster aceleró para estar listo y se volvió a destrozar. El 1 de octubre de 2012 su carrera universitaria tocaba a su fin. “Estoy muy disgustado. Me volveré a operar y buscaré saltar al profesionalismo la temporada próxima”.

Foster entró al quirófano, trabajó con los fisioterapeutas de Utah y se graduó en Desarrollo Humano. El Draft 2013 de la NBA, que podía haber sido su momento, pasó de largo para el californiano. Él siguió buscando su sitio, pero había que ingresar dinero mientras se recuperaba y lo hizo como profesor de personas mayores, durante las tardes que sucedían a las sesiones matinales de puesta a punto corporal.

Por fin sano, en febrero de 2014 recibía una llamada de Qatar. Duró 15 días en su primera experiencia profesional. Echaba de menos demasiado a su mujer Britta, con la que se había casado en 2010, cuando todo marchaba bien. Foster volvió a Estados Unidos y trabajó como profesor sustituto en el instituto de Rosamond. En verano, ante la ausencia de clases, vendió seguros de hogar a puerta fría para la marca que patrocina el estadio de los Utah Jazz.

Con el otoño, una oferta a tiempo completo en Rosamond le alejaba más del baloncesto, en teoría. ¿Por qué elegir volver a intentarlo si disponía de un trabajo seguro y estable como profesor? Porque entonces, Foster empieza a jugar de nuevo y siente que tiene el ritmo. Se va a conceder una última oportunidad.

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Evoluciona tanto que en 2015 se gana un mes de contrato en un equipo de exhibición que juega en China. “Sé que la puerta no va a estar abierta siempre, entonces quiero luchar mientras tenga oportunidad”, declaraba el propio Foster a Los Angeles Times.

Esa puerta se transformó en un mes de prueba en los Delaware 87ers, de la D-League, pero Foster no pasó el corte, a pesar de que ciertos informes resaltaban su buen conocimiento defensivo del juego.

La 2015/16 no sería la campaña de su debut en la D-League aunque sí asistió a su segunda experiencia profesional. Un contrato en enero de 2015, y por tres meses y medio, con un equipo de Chihuahua, México. Esta vez Foster no se volvió a casa a los pocos días.

Los Angeles D-Fenders: ¿última estación?

Sin embargo, no llegaron más empleos y la siguiente puerta que pudo tocar Foster fue la del afiliado de los Lakers en la D-League. Los D-Fenders le seleccionaron en su plantilla final tras convencer el pívot a Coby Karl, el entrenador de la franquicia angelina.

Tres meses después de esa prueba, donde también fue seleccionado Troy DeVries, las cosas no funcionan para Foster, hasta el punto que fue desactivado como jugador durante una fase de la temporada. Sólo la citada eclosión de Zubac, que ha dejado algo de minutos libres en los D-Fenders, ha vuelto a colocar a Foster en la dinámica angelina.

Volvió a entrar en rotación en enero, aunque sus mejores números siguen perteneciendo al mes de noviembre, donde llegó a firmar un partido de 5 puntos, 5 rebotes y 5 tapones, su especialidad, la virtud que le puede proporcionar algún lugar mejor que la D-League.

Aunque es difícil y él lo sabe. El 29 de enero, en la paliza de los suyos a los Austin Spurs, Foster jugaba 7 minutos y era expulsado por 6 personales. Demasiado difícil todo.

Al menos, si aguanta todo el curso, a Foster le queda el consuelo de integrar una de las plantillas favoritas al título de la D-League. Y mientras, según se agotan los días, él se viste y se prepara siempre para jugar como si fuera el último partido de su vida.

Foster, que en 2014, tras la experiencia en Qatar,  llegó a escribir para un periódico que su carrera estaba acabada, lo quiere dejar a su manera, cuando no haya más margen de aguante, cuando sólo una nueva lesión grave le aparte del otro amor de su vida, el baloncesto.

Y así será, por mucho que haya días llenos de esperanza y otros donde cuesta ser mínimamente positivo. Al menos sabe que la cola del paro no es su lugar si decide colgar las botas. El plan B es ser profesor, regresar a la enseñanza. Pero de momento, ni hablar de aquello. Como si no existiera para él. Sencillamente, quiere vivir en el intento.


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