De Montes a Robinson

¿Dos? ¿Tres? ¿Siete? No importa cuántas cucharadas de azúcar le eches al café, pues ni derramándole todo el azucarero logras ahuyentar el regusto amargo, si es que te incluyes en ese grupo de kamikazes que, como yo, deciden inmolarse desde el desayuno, acompañándolo con los informativos radiofónicos en su réquiem matutino.

Una curva que sube, que baja, pero que no se aplana, y en sus entrañas un número de muertes anónimas difícil de determinar y que crece día a día.

Muertes cercanas y a la vez ajenas; que golpean pero rara vez duelen. Muertes sin cara, féretros sin nombre, cifras asépticas que al principio hacían que nos detuviésemos por unos instantes, congelándonos el rostro, paralizándonos la piel, pero que han terminado sucumbiendo a nuestro extraordinario poder de asimilación y tren de vida.

Hasta que lees su nombre. Y lo que sientes entonces no acaba de estar justificado, porque no le conocías; no más allá de lo que él permitió en vida al menos. Pero no lo puedes evitar. Michael Robinson nos ha abandonado (COVID o cáncer, da igual), y con él se marchita, irrecuperable, una pequeña parte de ti.

Su muerte ha venido escoltada de una revelación terrible: que el fútbol no volverá a ser lo mismo que antes del parón por pandemia, y que esto nada tiene que ver con jugadores en bajo estado de forma ni con gradas precintadas o medio vacías.

Pues la normalidad regresará más empalagosamente normal que nunca sin su genio. Sin esa chispa acostumbrada a convertir el partido más anodino, más rancio y de marcador más intrascendente, en algo siempre extraordinario.

Mortadelo y Filemón; Uderzo y Goscinny; R2D2 y C3PO; Doc y Marty; Walter y El Nota; Philippe y Driss; ‘K’ y ‘J’; Homer y Marge. Antoni Daimiel y Andrés Montes. Carlos Martínez y Michael Robinson.

Juntos eran el hemisferio izquierdo y el derecho; la letra y la música. Inevitablemente, y como no, mi mente ha encontrado en la NBA su paralelismo perfecto.

Un dialecto único

“Robinson aterrizó en la redacción de Canal Plus como un ex jugador. Enseguida notamos que era bromista, dicharachero y con una visión del fútbol diferente. Tenía ‘duende’ para la cámara, sonreía como si llevara años en televisión”.

Así, con estas palabras, quiso recordar ayer Daimiel a su ex compañero de profesión y cadena. Una descripción que, cambiando dos ligerísimos detalles, habría valido igual para Montes, su padre y hermano de mil batallas y cientos de sórdidas madrugadas en antena.

Montes y Robinson, cada uno a su estilo, desde luego, pues lo más especial de ellos fue, precisamente, que sus maneras no se podían copiar, ni siquiera imitar. Pero ambos poseían el don. La capacidad de engancharnos al televisor, provocando que el partido en cuestión o las consecuencias del resultado terminasen siendo lo de menos.

Me atrevo a decir que si Montes transformaba el baloncesto en ficción, Robinson elevaba el fútbol a poesía.

Las narraciones casi cervantinas de Carlos Martínez, han contrastado durante años con ese español rico en fondo y una gramática entre alambres –en la que los determinantes rara vez encajaban con los sustantivos–, pero al que Michael acompañaba con un conocimiento insondable y un humor irrepetible.

“Es lo que hay”, habría respondido seguramente si le hubiésemos cuestionado por ese castellano de trinchera tras casi treinta años echando raíces como comentarista en nuestra tierra.

Otro punto de vista

Con Montes, por su parte, un puñado de locos nos llegamos a plantear el Jammin Drinking Game (cambiando ‘jammin’ por ‘balón’), pero descartándolo casi de ipso facto, comprendiendo que ni nuestro fornido hígado de entonces habría soportado tal juerga universitaria.

Mientras a otros narradores les exigimos el Nobel de literatura y les señalamos por cada errata, Montes y Robinson eran perfectos en su imperfección. Incólumes en la improvisación, el guión se les hacía terriblemente pequeño en sus manos, dándonos siempre lo que les pedíamos al subir el volumen: ese ángulo obtuso, esa perspectiva insólita, esa sinceridad tierna y campechana que nos hacía disfrutar del deporte justo como lo que es (o lo que debería ser), arrancándole toda la coraza corporativa y pomposa que arrastra en su global magnitud.

“A la gente con carisma como Robinson o Andrés Montes se tarda muchos años en olvidar”, sentenciaba Daimiel. Y qué razón tiene.

Si bien herederos con sello propio no le faltan en el universo básquet, aún me imagino su voz cada vez que veo a Doncic, a Zion, a Tatum o a Smart llenar la pista, y me asaltan las dudas sobre con qué nuevo mote cinéfilo o con qué marcha de caballería habría acompañado sus incursiones al aro y sus ¡chof! en step back desde la curva de tres.

A la par, se avecinan tardes difíciles de Champions entresemana, en las que ni las gloriosas remontadas europeas servirán para realzar el vuelo con la sonrisa de antaño. En cuanto a cada uno de sus ‘Informes‘, deberían celebrarse con el rugir tuitero que acompaña a cualquier nuevo capítulo de ‘The Last Dance’ o ‘Black Mirror’.

Robinson y Montes, salero español y gracejo andaluz atravesados por raíces cubanas e inglesas. Como le dije a Kobe en su día, gracias por tanto.

2020, querido, hazte a un lado. Karma, nos debes mucho. Ven ya.

(Fotografía de portada de Dean Mouhtaropoulos/Getty Images)


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