Hay jugadores que cambian de equipo pero no de papel. Otros cambian de papel precisamente porque cambian de entrenador, de rol y de equipo… y lo hacen a un nivel tal que incluso alteran nuestra propia percepción de ellos.
Lo que está ocurriendo con Dillon Brooks en los Phoenix Suns pertenece claramente al segundo grupo y a niveles paradigmáticos. Pues que en tu noveno año de NBA seas capaz de romper estigmas y prejuicios que han ido calando a fondo durante los ocho anteriores, no es tarea sencilla.
Aunque en su caso concreto y en este instante vital, Brooks, tal vez, solo necesitaba una cosa para alumbrar la versión que estamos disfrutando: permiso. Permiso para tirar. Permiso para insistir. Permiso para volver a moverse en esa frontera incómoda (para el espectador) entre el “¿¡Pero qué hace!?” y el “Bueeeeno… ajam… vale”, y cremallera en boca.
O más simple aún: que el único permiso debía ser autoconcedido. De Dillon Brooks a Dillon Brooks. Permiso para volver a ser. O de SER por fin.
Caricatura de extremos
Porque una parte muy importante del tipo de jugador que muchos teníamos en mente era la de un Brooks boicoteado. Amotinado consigo mismo. De techo reducido, carcomido por el personaje.
Durante buena parte de su carrera reciente, Brooks ha ido torciendo la espalda bajo el peso de las etiquetas que él mismo ha ido aceptando e, incluso, alentando, terminando por vincularse a la peor herencia de Lance Stephenson: su obsesión con la provocación en general y con LeBron James en el punto de mira particular. Meme servido.
Se caricaturizó tanto y tan de seguido que todas sus virtudes –que no son pocas– empezamos a apartarlas como la coliflor en la niñez, hacia los extremos del plato, dando más peso a lo efectista que a lo efectivo. ¿La mayor víctima de esto? El propio Brooks.
Su creciente (auto) percepción de antagonista perfecto hizo que sus puntos fuertes atrás –defensa intensa, energía a espuertas– se empañasen como consecuencia de querer cumplir con un papel que nadie le había exigido pero al que se había comprometido alimentar –marcajes cruzando el límite, trash-talk constante, faltas innecesarias y técnicas que nada tenían que ver con la práctica del baloncesto–.
Lo mismo en ataque. De un jugador con el pack completo a –fruto del dejarse vencer por su alterego– estar más próximo a restar que a sumar a la causa: su selección de tiro se desplomó, entregándose a menudo al vicio de lanzar a canasta por encima de lo que el contexto (y su talento) aconsejaban.
Y esto le acabó pasando factura. Tocó suelo en su último año en Memphis, con porcentajes flojísimos para un escolta de más de trece tiros a canasta por encuentro (39,6% en tiros de campo, 32,6% en triples). Ahí fue su ingreso en el 2º Mejor Quinteto Defensivo lo que retuvo el golpe e hizo a los Houston Rockets pensar en él para su proyecto de grit and grind.
Pero Brooks ya no aterrizaba como jugador para todo, sino como concreto especialista. Fue lo mejor que le pudo pasar.
Houston: penitencia y lección
Sus dos años en los Rockets sirvieron para recortar los excesos y delimitar su zona de confort, volviendo a recuperar cierta dosis de eficiencia y, en especial, sentir colectivo: menos lanzamientos, mejor selección y mayor acierto. Porcentajes reflotados y topes de carrera en el tiro de tres (39,7%).
Para ello –un paso atrás que, en realidad, fueron varios hacia delante– tuvo que pagar un precio; el del balón, donde no fue fácil localizar sus huellas.
Durante la temporada 2024-25 (segunda y última en Houston), más del 52% de sus tiros fueron triples y casi todos llegaban asistidos; el 96% de sus puntos en larga distancia que convertía venían tras pase. En términos globales, cerca del 70% de sus canastas eran generadas por otros. Datos tremendos y asíncronos con el Brooks de sus cinco primeros años en la Liga.
¿Alguien recuerda su debut? Fue un 18 de octubre de 2017.
Lo saldó con 19 puntos a los Pelicans desde el banquillo, además de 5 rebotes, 4 robos y 2 tapones. La competitividad le corría por las venas a aquel novato de laurel y trinchera que llegaba curtido a la Liga (pick 45) tras tres años en los Ducks de Oregón.
Nada que ver aquella zona de calor (desparpajo a toda cancha) con la que venía a ocupar en esta fase de sanación y contención.
Si en los Grizzlies se desenvolvía con la libertad de una reina, en el tablero de Ime Udoka sus coordenadas eran las propias de un alfil: ocupar espacios, castigar ayudas y aportar energía competitiva. Podía forzar acciones puntuales, sí, pero el grueso de su producción nacía del engranaje colectivo, del que él quedaba reducido al papel de un rejuvenecido P.J Tucker. Cuarto en minutos, décimo en usage. Ni como rookie había tenido tan poco balón (por debajo del 18%).
Arizona: la esencia vive
Pero en Phoenix todo la dado un vuelco, coincidiendo dos cosas en la carrera del shooting guard: madurez y redención. En un proyecto desmantelado al que supuesta venía para aportar rudeza, ha traído lo que casi nadie esperaba: alternativas. Del enorme hueco ofensivo que dejó Kevin Durant, Dillon Brooks, quien lo diría, está cubriendo una grandísima parte.
La distribución de tiro ha dado no un vuelco, sino un gran paso al frente, combinándose para sacar a relucir lo mejor de su pasado: el atrevimiento de Memphis y la exigente pizarra de Houston.
En este nuevo escenario donde por encima solo tiene a Booker, únicamente el 39% de sus lanzamientos son triples, mientras que más del 60% son de dos puntos. Han aumentado los intentos en la pintura —más del 34% de sus puntos llegan ahí— pero en un mejor equilibrio con la media distancia, como corresponde al jugador veterano al que las piernas no le faltan pero tampoco le sobran.
Brooks ha vuelto en parte, podemos decirlo así, a sus raíces. En Arizona ha abandonado el rol de tirador abierto y maniatado y ahora es, directamente, el segundo jugador que más tira y anota tras Devin Booker, superando por primera vez los 20 puntos por partido.

Más datos que avalan su regreso a embutirse en la piel de ‘jugador total’: con los Suns, más del 56% de sus canastas son no asistidas. El año pasado esa cifra apenas superaba el 30%. En otras palabras, ha pasado de ser un finalizador en spot up y off ball a convertirse en generador secundario real.
Incluso en el triple el cambio es evidente: sigue siendo capaz de anotar tras pase, pero el porcentaje de triples asistidos cae de forma significativa.
Porque en Phoenix no solo le está dando tiros; le está dando balón.

Es algo que tiene todo el sentido en unos Suns que no van sobrado de puntos y –sin Jalen Green– del hambre para buscarlos. No se trata de desplazar jerarquías, sino de añadir una capa que el equipo necesitaba a la espera de que el tiempo vaya poniendo a cada cual en su lugar (Khaman Maluach y Rasheer Fleming, picks de peso del pasado Draft, por el momento ni cuentan en la rotación).
Cuando Booker descansa o las defensas cargan sobre él, los Suns ya no dependen únicamente de circulación y ejecución exterior; Jordan Ott (temporadón en los banquillos el suyo) ha decidido que Brooks asuma posesiones de creación propia, que juegue el uno contra uno y que recurra al pull-up. De hecho, los pull-ups han pasado de representar en torno al 29% de sus tiros a superar el 50%.
Nunca el escolta ha anotado tanto y lanzado tanto. Hasta la fecha, su campaña más productiva (cuantitivamente) era al 2021-22, su penúltima en los Grizzlies. Pues bien, ahora encesta más (de los 16,4 a los 17,6 tiros) y encesta mejor (true shooting que sube del 51,5 al 54,9%).


Conociendo su propio techo
Ahora bien, ¿supone esta mejora una que implique niveles repentinos de All-Star? No necesariamente en términos absolutos. No estamos ante una conversión milagrosa en anotador élite, no nos volvamos locos.
Lo que vemos es una más que aceptable redistribución del riesgo y de la responsabilidad en un jugador de sus virtudes, singularidades y limitaciones. Motivo más que suficiente para un brindis.
Al reducir el peso del triple puramente asistido y aumentar el de las acciones creadas por él mismo, el equipo asume una cuota mayor de variabilidad, lo que convierte a los Suns en un conjunto menos predecible para sus rivales. Hay noches en las que esa agresividad genera ventajas claras, ataques a la pintura y tiros de media distancia liberados; otras, el margen es más fino (en pull ups cumple con un 42%).
Pero lo relevante es que Phoenix ha decidido que esa variabilidad merece la pena si a cambio obtiene un segundo generador capaz de sostener tramos de partido. Y ahí están los resultados: séptimos del Oeste con Brooks como segundo jugador con mayor usage del plantel (28,7%).
Punto de fusión: cambiar para que nada cambie
Con una mentalidad –o sentido del autocontrol– tantas veces tan al filo de la navaja, toca más que nunca poner en valor este éxito inesperado.
Porque en Phoenix, Dillon Brooks ha alcanzado su punto de fusión: lo suficientemente importante como para influir en el rumbo del partido, lo suficientemente subordinado como para no quebrantarlo desde el caos.
Esta no es la historia de un jugador que de repente ha aprendido a elegir mejor, ni la de un especialista reconvertido en estrella. Esta la historia de un equipo que ha detectado que su vacío ofensivo podía potenciarlo quien ya tenía la pólvora. Y no estaba mojada, solo infrautilizada.
Porque al igual que hay cosas que no cambian –como su obsesión por LeBron o que, otro año más (y ya van tres) vuelve a liderar la NBA en técnicas– hay otras que nunca debieron cambiar.
Datos obtenidos de NBA Stats y Basketball-Reference
(Fotografía de portada de Arianna Grainey-Imagn Images)





