El “caso Harden”. Una reflexión

Se esperaba de un sacrificio. Pero existe un límite en cuanto a hasta dónde se puede esperar que un jugador ceda.

Los individuos deben sacrificarse por el bien del conjunto. Esa es la filosofía de trabajo que la dirección de los tiene. Y, en este caso, eso significaba ver a Harden aceptando menos de la cantidad máxima que una extensión de contrato por cuatro temporadas más podía darle, que era de 60 millones de dólares. Según recientes declaraciones del propio jugador a NBA TV, “acabaron ofreciéndome 52. Yo quería algo más y creí que podíamos seguir negociando durante los siguientes días, pero ellos no quisieron esperar más y me enviaron a Houston”.

Si ponemos sobre la mesa el año extra que Harden obtiene por firmar un contrato de máximos, estamos hablando de una renuncia de 24 millones de dólares por continuar en Oklahoma City. Y poco importa aquí lo que Harden pueda cobrar, renunciar a 24 millones es mucho renunciar. Hedge funds a un lado, la gente no suele despreciar esta suma fácilmente.

De hecho, la única vía razonable para los Thunder de convencer a Harden en sacrificar esta cantidad de dinero era poner un plan deportivo encima de la mesa de negociaciones basado en la promoción del jugador dentro del roster. Pero según Adrian Wojnarowski de Yahoo! Sports, la idea de la front office de los Thunder era que James Harden iba a continuar siendo suplente. El mejor suplente de la Liga, sin duda, pero suplente.

Pensemos en ello un instante. Las expectativas en Oklahoma City eran que un gran jugador (de 23 años) renunciara a 24 millones de dólares para seguir siendo el suplente de durante las cuatro próximas temporadas. Quizá la condición de “titular” pueda parecer arbitraria, pero Harden, en realidad, estaba jugando 31 minutos por partido desde el momento en que entraba en pista normalmente para otorgar al rol ofensivo y/o un primer descanso.

Se puede entender que OKC quisiera hacer coincidir el máximo tiempo posible a Durant, Westbrook y Harden en pista a un bajo coste de este último, pero cuesta dinero mantener a un jugador de nivel All-Star como Harden perpetuamente dentro de un vaso de cristal. Y más cuando lo que hay que explicarle al jugador es que el titular será Thabo Sefolosha.

Unos no quisieron pagar lo que cuesta eso, y el otro no quiso seguir haciéndolo a un coste menor al que el mercado valora su juego. “Simplemente, no funcionó”, añadió el jugador a NBA TV. Sin más.

En realidad, no sabemos si a Harden le importaba mucho el tema de la titularidad o no, aunque pudimos intuirlo cuando en su presentación con los habó varias veces de “más minutos”, “más oportunidades de anotar” y “más opciones con el balón”. Una cosa es decir que te sientes cómodo en tu rol de sexto hombre y otra bien distinta es saber convivir con la frustración de no poder llegar al status de titular que tu juego merece.

Muchos, sino todos, de los que ahora critican a Harden por abandonar el “legado” que viene asociado a los “anillos”, darían todos los elogios a Kevin Durant llegado el supuesto primer campeonato a Oklahoma City. Así funciona la NBA hoy en día, entre la cultura del “¿de quién es el equipo?”.

Solemos reducir el reconocimiento, al final, a solamente un protagonista, haciendo parecer a los valiosos colaboradores, a menudo, como parte del decorado que rodea a la rutilante estrella. Pero sin embargo, en el caso contrario, cuando lo que conviene es criticar, no nos olvidamos de todas y cada una de las partes que conforman un conjunto, incluso de las que provienen del banquillo. Y esa es una brutal lección que James Harden aprendió en las pasadas Finales de la NBA y que, por bien seguro, ha tomado en consideración ahora, a la hora de decidir no aceptar lo que los Thunder le ofrecían.





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