‘El Proceso’ está aquí: ¿pueden ganar los Sixers su Conferencia… este mismo año?

Desde que las eliminatorias de Primera Ronda de playoffs pasaron a jugarse al mejor de siete partidos, en el año 2003, sólo en cuatro ocasiones se habían resuelto esas primeras series de la Conferencia Este sin ningún 4-0, el denominado sweep. Este curso se vive la quinta, sin ninguna barrida y con proyección incluso de nivelar la marca más alta de encuentros disputados en esa Primera Ronda (25).

El Este parece, dado el dato, muy abierto. Y realmente lo está. Quizás de hecho más que nunca debido a las circunstancias, esencialmente con los favoritos. Porque los Raptors, mejor balance en fase regular la presente campaña, aún tienen pendiente demostrar que han apartado los fantasmas, no pocos ni menores; los Celtics se encuentran sin Kyrie Irving ni Gordon Hayward, llamados a ser sus dos referencias y principales vías de oxígeno en ataque llegado mayo; y los Cavs, donde reina LeBron James, parecen menos armados y más inconsistentes que en cualquiera de las otras muestras en las que James pisó las Finales esta década, que son todas.

Incluso con el gran dominador histórico de la Conferencia este siglo en sus filas, Cleveland parece, como estructura, más agarrado que nunca a las heroicidades de la estrella que no parece envejecer. Parece sostenible pero en el fondo es un riesgo porque el Este tiende al lodazal y nadie, nunca, puede ganar completamente solo. Así la falta de autoridad en los tres conjuntos diseñados para llegar a las Finales, invita a abrir la mente más de lo normal en estos casos.

Ahí, en esa situación, es donde aparecen especialmente los Sixers como alternativa. Mucho antes de lo previsto, mucho más formados de lo que a simple vista debieran en estas instancias. Philadelphia acaba de llegar pero, desde un punto de vista deportivo, tiene argumentos que en el mejor de los casos bien podrían desembocar en un contexto plenamente competitivo a finales de mayo. O planteado de otro modo, ¿pueden los Sixers ganar ya el Este?

Resulta interesante valorar los cuatro puntos clave de su escenario.

Contra el factor experiencia

Salta a la vista que uno de los grandes obstáculos para esperar lo máximo de Philadephia es su (falta de) experiencia. En realidad no se trata de un elemento abstracto, la experiencia es un valor tangible durante muchos momentos de la fase final. Especialmente a la hora de superar situaciones adversas. A menudo un equipo necesita fracasar antes de llegar a la cima, nada sale bien de inmediato o a la primera. E incluso en casos donde el ajuste resulta inmediato (el exuberante caso de los Celtics en 2008) la cuestión tiene truco, porque igualmente aquel equipo estaba bien nutrido de experiencias negativas padecidas con anterioridad.

Esta década acude a la mente el caso de los Thunder, que pisaron las Finales en 2012 con una plantilla en la que Kevin Durant, Russell Westbrook, James Harden y Serge Ibaka no habían cumplido aún los 24 años. Aquello fue efectivamente algo poco normal, pero desde luego nada comparable a lo que supondría lograrlo este mismo año para los Sixers. Y es sencillo explicarlo.

Aquel curso los Thunder vivían su tercera experiencia consecutiva en playoffs. El núcleo clave era extremadamente joven, sí, pero ya contaba con dos años previos de vivencias en la fase final. Dos cursos con final amargo. En 2010 cayeron en Primera Ronda y en 2011 llegaron a Finales de Conferencia. A la tercera, alcanzaron su cumbre particular. Fue muy pronto, desde luego, pero a la tercera.

En los es distinto. Casi totalmente distinto. De los once hombres de rotación más usados por Brett Brown en Primera Ronda, seis se estrenan este mismo año en la fase final. Y de hecho observando a los seis jugadores del roster que acumulan más minutos, se comprueba que cuatro de ellos llegaron vírgenes a playoffs. es novato, y Dario Saric jugadores de segundo año y Robert Covington vive su cuarto curso (completo) con una franquicia. Ellos forman en buena parte la columna vertebral de los Sixers. Y no tienen ningún tipo de experiencia en playoffs a excepción de la que viven estos días.

En Philadelphia únicamente Redick, con once presencias totales en la fase final (las dos primeras testimoniales) aunque seis veces eliminado en Primera Ronda, acumula gran bagaje. Porque Amir Johnson posee seis experiencias (cuatro veces eliminado a primeras de cambio) y tanto Marco Belinelli (cuatro experiencias, siendo campeón en 2014 como hombre de rotación en los Spurs… pero cayendo otras dos veces en Primera Ronda) como Ersan Ilyasova (sus cuatro participaciones eliminado a las primeras de cambio) no han tenido gran continuidad ganadora.

En definitiva, estos Sixers deberían estar mucho menos formados para el escenario competitivo que arroja el Este en abril y mayo, uno en el que las batallas perdidas previamente ayudan, en perspectiva, a ganar guerras posteriores. Un Este en el que cada cicatriz acaba convirtiéndose en una futura ayuda. Los Sixers son, en apariencia, un bebé dispuesto a ver cine bélico.

Pero a veces las apariencias pueden engañar.

Cómo condicionan Embiid y Simmons

Para llegar lejos en la fase final se necesitan referencias, hombres que requieran ajustes diferenciales o resuelvan momentos de apagón. Incluso hasta el más coral de los bloques requiere jugadores que den pasos adelante cuando el contexto lo requiere. Y en Playoffs el contexto lo requiere bastante a menudo. ¿Los tienen los Sixers?

Joel Embiid no llega a los 100 minutos disputados en la fase final y su impacto está aún lejos de lo idílico, con evidentes molestias en su juego ofensivo a causa de la incomodidad de la máscara que luce estos días. Pero en condiciones normales es un factor que ya condiciona enormemente el juego en ambos lados de la pista. Embiid ofrece desahogo a media pista, para cuando los Sixers no puedan correr, pero al mismo tiempo es muy móvil para su tamaño y sirve como mástil atrás, protegiendo la zona.

El africano exige dobles marcas y ajustes particulares. Lo ha hecho ante los Heat y lo hará ante cualquiera de los rivales que pudieran estos encontrarse después. Y de hecho sólo Horford, por su experiencia y versatilidad atrás, podría encargarse de una marca (aunque condicionada a otros ajustes) en uno contra uno. Milwaukee —otro potencial rival en semifinales— sólo podría ofrecer a John Henson y para encontrar a la batería interior de los Raptors habría que llegar ya a Finales de Conferencia.

El otro gran foco de atracción es Ben Simmons. Más allá de su monstruosa facilidad para rellenar la hoja estadística, lo valioso en él es la madurez con la que afronta situaciones que no ha vivido. Es decir la innata capacidad para mantener la compostura y seguir produciendo de forma masiva, aislado por completo del entorno hostil. Simmons ha sido buscado por los Heat esta serie (lo fue directamente por Winslow de inicio, también por James Johnson o Goran Dragic después), obligado a vivir una eliminatoria de enorme permisividad en lo físico, muy embarrada y con  exigencia mental, pero el resultado ha sido majestuoso. Ha permanecido centrado en todo momento, buscando el beneficio colectivo.

Por su tipología de jugador, Simmons representa un ajuste muy complejo. Sin ser un anotador, supera los 18 puntos de promedio en su estreno en la fase final, con muy buenos porcentajes, en buena medida porque es demasiado rápido para jugadores grandes y demasiado poderoso para jugadores pequeños. La opción de flotarle, siendo válida, es enormemente más difícil ante un búfalo de ese calibre, que en todo juego de transición es dominante, en estático puede llegar al aro en dos zancadas y –además– está rodeado de una sinfonía de movimientos sin balón que acaba resolviendo desde el pase de forma clínica. El hecho de que no lance de fuera puede hacer pensar que sea sencillo defender a Simmons, que simplemente con darle dos metros sea suficiente. Pero está muy lejos de serlo.

Arrojar a Simmons un gran especialista defensivo no siempre lleva asociado éxito porque la trampa con él no indica cuántos puntos sea capaz de meter si activa su modo agresivo encarando el aro, sino cuántos lanzamientos librados es capaz de producir para el resto. A menudo pararle no depende de solo un defensor, por muy bueno que sea en lo individual, sino de (además) cuánto sea capaz toda la estructura rival de reducir sus vías de pase.

Dosis de sistema: el poder de la versatilidad

Uno de los grandes poderes de los Sixers reside en su despliegue defensivo, especialmente de acuerdo a su tamaño y versatilidad. El núcleo formado por Covington (2.,06), Saric (2,08), Simmons (2,08) y Embiid (2,13) ofrece cuatro hombres de gran altura y buenas capacidades atléticas, intercambiables y con buenos conceptos defensivos, tanto en colocación como en anticipación. En otras palabras, una pesadilla para el rival.

Esos cuatro jugadores juntos han permitido menos de 97 puntos por 100 posesiones a los rivales esta temporada, dato que equivaldría a la mejor defensa de la NBA el último lustro, al nivel de los Spurs de 2014 o los Pacers de 2012. La rotación sólo ubica a Redick como potencial foco a cubrir, algo de mucha importancia en playoffs (donde muchas veces la principal opción de un ataque pasa por atacar el emparejamiento del jugador más débil del rival atrás), pero mucho más manejable con tanto tamaño y polivalencia al lado.

Philadelphia es un conjunto en el que se aprecia la idea de Brown, su técnico. Una idea de predominio defensivo (Top-3 este curso), de rebote (mejor equipo NBA este año ahí) y producir situaciones a campo abierto, donde Simmons es mortal ya sea finalizando o alimentando a los tiradores. Y ese sostén que ofrece la idea, el orden y seguimiento de unas pautas inteligentes, ayuda a resolver situaciones difíciles con mayor naturalidad.

El cuarto partido de la serie ante los Heat, a domicilio, los Sixers perdieron un total de 26 balones y estuvieron por debajo del 23% de acierto en tiros de tres puntos. Dos datos que en condiciones normales, y más aún unidos, te pueden directamente hacer perder el encuentro a estos niveles. Los Sixers no sólo no lo hicieron, sino que de hecho acabaron anotando más puntos tras pérdida que sus rivales. En un día oscuro de la circulación de balón, el sistema sacó al rescate su transición defensiva. En el quinto, unos minutos de mayor fluidez ofensiva bastaron para resolver un encuentro de nuevo anestesiado por los Heat.

Y en ese tipo de detalles, de respuestas a escenarios complejos, se encuentra la clave para sobrevivir en playoffs. Es posible que no haya experiencia pero el sistema ayuda a generar otro elemento sustitutivo y hasta cierto punto inesperado: los Sixers han mostrado de inicio un notable oficio competitivo.

Multiplicar amenazas

La sinfonía ofensiva de Philadelphia requiere de secundarios, desde el mismo momento en el que uno de sus dos jugadores principales produce directamente para ensalzarlos. De ahí que la llegada de Marco Belinelli y Ersan Ilyasova, dos jugadores de rol concreto, haya adquirido tanto valor. Porque ambos son valiosos para un Simmons que se encarga de proyectarlos y ambos, como consecuencia, disfrutan del escenario.

El espacio que sirven (obligan a sus defensores a estar lejos del aro y moverse permanentemente por el lado débil), está siendo acompañado por acierto en el tiro (ambos por encima del 35% en triples) y por libertad de acción. Tienen licencia para ejecutar y de hecho se busca que lo hagan. Ellos son, junto a Redick, Saric y Covington, los factores que pueden marcar la diferencia desde la sombra. Ellos son la dinamita que busca detonar Simmons, variando según el día y el grado de acierto.

Philadelphia usa enormemente el triple (el 36% de sus tiros de campo son de tres), no sólo por el beneficio del sistema sino por la búsqueda de proyectar a más hombres en la anotación (los cinco citados lanzan más de tres triples por duelo, superando los seis Redick, Belinelli y Saric, todos por encima del 35% de acierto). Ahí reside su clave, en la erupción colectiva y no encomendarse únicamente a la diferencia que pueda marcar Embiid en juego directo con él.

La consistencia es reducida, la imprevisibilidad mayor. Los Sixers son el equipo que menos aclarados está usando en la fase final (sólo un 2,8% de sus jugadas) y el que menos finaliza acciones de pick&roll (por debajo del 12%), pero son el segundo que más ataca la transición defensiva rival (19,4% de acciones) y el segundo que más circula el balón, algo ya rutina desde la fase regular (donde lideraron la Liga).

Buscan que el movimiento haga brillar más y mejor a jugadores que en principio no deberían lograrlo, para lo cual utilizan numerosas secuencias de bloqueos indirectos para la salida del tirador y el corte hacia el aro, aumentando las opciones para que el cerebro (Simmons) reparta el pase final. Dificultar la defensa, exigirla plena atención con o sin balón, corriendo o en juego posicional, y multiplicar las amenazas es su mandamiento hacia el éxito. Creen en él y les va bien.

Más allá de los cuatro factores tratados, los Sixers han sido el primer equipo del Este en sellar su billete a Semifinales de Conferencia. El único en hacerlo en menos de seis partidos. En un Este tan aparentemente abierto, no han de detenerse aquí. Lo anunciaba Brown justo tras cerrar la serie ante Miami con un tajante “Queremos más”. ¿Pueden sostener su rendimiento de ahora en adelante? ¿Pueden todos los factores, tanto los de sistema como los particulares, ofrecer esa versión todo el tiempo en la fase final? ¿Están sus jóvenes ya listos para rendir sin bajones en un escenario tan exigente?

‘El Proceso’ ha dado motivos para creer en él. La cuestión es si se dan además los suficientes como para hacerlo tan pronto. Porque todos podían pensar que los Sixers estaban llegando. Pero quizás pueda existir otra opción.

Que los Sixers ya estén aquí.