Elena Delle Donne: picos de pasión, valles de sufrimiento en la WNBA


Son muchos los trazos en la historia de Elena Delle Donne (Wilmington, Delaware, 1989) que semejan una herencia de sus abuelos paternos. Él había emigrado a EEUU desde las afueras de Roma. Ella desde el Abruzzo. E igual que el apellido que porta, su biografía funciona como un homenaje a esas raíces italianas. Por la importancia que le ha dado a la familia. Por la convivencia con el drama. Por lo exagerado de los picos y valles de su relato, carne de película de Sorrentino.

Estrella de las Washington Mystics, doble MVP de la WNBA, una de las mejores basquetbolistas del mundo, todo en Elena ha sido un continuo pasar del todo a la nada. Con facilidad pasmosa, como si no costase. Del valle más profundo a la cima más alta. Una y otra vez, y venga y dale otra vez. Del drama. A la pasión. Y vuelta al drama.

Hoy sigue metida en ese permanente sube y baja. El pasado 22 de agosto, tras encadenar lesiones, enfermedades y pandemias, la de los Mystics jugó su primer partido oficial en dos años. Su punto más bajo quedaba atrás. Muchos, sin embargo, se preguntaron y preguntan si Delle Donne podrá volver a ser la que era. Si algún día se verá de nuevo a aquella jugadora que hizo cima en lo más alto en 2019, justo antes de iniciar su último descenso.

Echando un vistazo a su historia vital, la respuesta parece clara: seguro que lo hará.

La altura

Sucede que Elena Delle Donne y ser la más alta son conceptos que siempre han ido de la mano. Tal y como iba agarrada de su madre, allá en Delaware, chupete puesto, cuando una desconocida las asaltó. Una niña de ocho años no puede llevar chupete, les dijo. Pero si Elena tiene solo tres, señora, usted qué habla. Cositas que ya permitían intuir que el suyo no iba a ser un físico del montón.

No lo fue. Durante su niñez, también en su adolescencia, Elena vivió humillada por su tamaño. Con diez años era la más alta de clase. Con trece medía 1,83. Sus compañeros se burlaban. Un médico le comentó a su madre la posibilidad de darle pastillas para no crecer tanto. Y en esa cultura noventera en la que ser mujer y ser alta estaba muy bien para ser modelo siempre y cuando no te pasases de la raya, Elena se pasó, por mucho. No encontraba nada que hacer con tanto centímetro. Hasta que apareció el deporte.

Porque aquella niña, tan rubia, tan alta, era a la vez la más coordinada, la más rápida del colegio. Se salía en el voleibol, claro. Y qué decir del baloncesto. Puntos por aquí, canastas por allá, que si ahora posteo, que si ahora salgo y meto un triple, que si luego reboteo y subo el balón pasándolo por detrás de la espalda para acabar con una bandeja. ¿Acabas de ver eso? Es Nowitzki echa mujer.

Fue nombrada mejor jugadora de instituto en el estado de Delaware tres años seguidos. En su última temporada, los ojeadores la consideraron la mejor de todos los EEUU. El siguiente paso parecía claro: la universidad, un escalón más arriba.

Ahí comenzó su primer descenso.

La caída

Verano de 2008. Elena era por aquel entonces la jugadora de instituto más buscada del baloncesto norteamericano, ningún nombre desde el de Candace Parker había sonado tanto y tan fuerte a su edad. Como es la norma, a la puerta de los Delle Donne llamó la Universidad de Connecticut, grande entre las grandes del básket femenino.

La convencieron. Se fue a Connecticut, a jugar con las mejores. Pero la aventura de la nueva estrella duró poco. Poquísimo: un solo día. Tras marcharse de vuelta a su casa, Elena dio una rueda de prensa multitudinaria. Las explicaciones sobre su espantada, sucintas:

Tengo muchos asuntos personales por solucionar. Solo mi familia entiende lo que me pasa. Voy a tomarme un largo descanso personal.

La sorpresa fue mayúscula. Casi mayor, todavía, cuando afirmó que iba a traspasarse a la universidad de Delaware, cerca de casa. Para jugar al voleibol. ¿Cómo? Sí, sí, para jugar al voleibol. Explicó que estaba ya cansada de tanto baloncesto, de tanta exigencia, de tanto estar en lo más alto. No quiso decir que “nunca” volvería a jugar a básket, pero su pasión se había pasado al voleibol, a intentar estar cerca de su familia. Siempre la familia.

La familia

Y es que ese primer descenso al valle no se podría explicar sin el peso que la sangre, qué italiano todo, tiene en la vida Elena. Sin el hecho de que la única persona que no le hacía preguntas sobre por qué era tan alta, sobre por qué no volvía a jugar al baloncesto, por qué no se lo pasaba bien si era la mejor, era su hermana mayor, Lizzy. Su refugio.

Lizzy nació ciega, sorda, con autismo y parálisis cerebral. Y en ese verano de 2008 en el que pululaban los más diversos rumores sobre por qué Delle Donne había dejado el baloncesto —estaba embarazada, enferma, enganchada a las drogas y con depresión—, la verdad era muy distinta: la joven jugadora estaba pasando tiempo con Lizzie. Con su familia. Jugando a otro en deporte en el que nadie le exigía tanto. Viviendo a 30 minutos de casa. Olvidándose de las obligaciones que conlleva ser la mejor.

En una visita a la escuela de Lizzie, la futura estrella de la WNBA vivió una anécdota definitoria para su devenir, tal y como contó años después en un reportaje para ESPN. Fue en una conversación con una compañera de su hermana que también sufría de parálisis cerebral. Elena estaba con dudas respecto al baloncesto, a su cuerpo, a por qué no disfrutaba de un deporte que se le daba bien casi que por castigo. La mujer fue clara: “Elena, haz todo lo que puedas con tus habilidades, tal y como hacemos nosotros”.

Volvió a jugar. Primero en solitario, sin nadie más en la pista. Luego con su hermano. Las dudas se fueron apagando, apareció el hambre de jugar. Comenzó un nuevo ascenso en su vida.

El estrellato

Elena Delle Donne se unió al equipo de baloncesto de Delaware en su segundo curso universitario. El regreso al estrellato fue inmediato.

Año 2009: 26,7 puntos por partido, 54 en un encuentro frente a la Universidad de James Madison, premio de rookie del año y de mejor jugadora de la temporada en la división CAA.

Año 2011: 28 puntos por partido, máxima anotadora de toda la NCAA; la asistencia de público a los partidos de Delaware que se dispara un 250%. El nombre de Elena Delle Donne vuelve a retumbar en EEUU.

Año 2012: la Universidad de Delaware, que hasta aquel entonces vivía de espaldas al básket, qué decir del femenino, no deja de agotar entradas para sus partidos. Una locura, si hasta parecía que podían optar al título de la NCAA. Solo Kansas, favorito en el torneo, las pudo eliminar. Pese a los 33 puntos de Elena Delle Donne.

Todo ello le permitió ser la número 2 de un draft histórico en la WNBA, el de 2013. Inició en Chicago Sky su carrera profesional. Tenía 23 años. En Chitown fue Rookie del Año, tres veces All-Star, MVP en 2015, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río con EEUU. La franquicia alcanzó los primeros playoff de su historia en la temporada de debut de Elena. Lo haría también en los siguientes. Pero faltaba la guinda: el anillo.

Washington, enfermedad de Lyme, el Covid-19

Elena Delle Donne volvió a convivir en esa época con los episodios provocados por la enfermedad de Lyme, que había contraído en la universidad. Pequeños valles en su periplo. Dolores articulares, de huesos, fatiga. Un lastre importante en su carrera hacia el deseado anillo de la WNBA.

Hasta que, en 2017, llegó el cambio. Elena fue traspasada a Washington Mystics. Su nivel se disparó todavía un poco más. Nuevo MVP de la liga regular en 2019, el segundo de su carrera. Entra al exclusivísimo club del 50-40-90, única mujer en hacerlo. Y, por fin, el titulo en la mejor liga del mundo: en una apretadísima final frente a Connecticut Sun (3-2), las Mystics se convirtieron en campeonas de la WNBA 2019.

Elena llegó a aquellas finales con una nariz rota, la rodilla lesionada, tres hernias discales y esa enfermedad de Lyme que la llevaba persiguiendo tiempo. La máscara que tuvo que utilizar se convirtió en un símbolo en Washington. De su carácter, de su competitividad y pasión. Todo le dio igual: en los cuatro partidos que pudo disputar (en el segundo se quedó en tres minutos), Delle Donne promedió 17 puntos, 7 rebotes y 2 tapones.

Era la mejor del mundo, estaba en el pico de su historia. Semejaba una película. Y no había acabado.

Caída y regreso

Al año siguiente, nuevo descenso. La WNBA se iba a celebrar bajo formato burbuja al Covid-19 y la jugadora de los Mystics solicitó no acudir debido a las deficiencias inmunológicas de su cuerpo provocadas por la enfermedad de Lyme. La liga le denegó el permiso médico. No la consideraban grupo de riesgo.

En una carta a The Players Tribune, Elena dijo que tomaba 64 pastillas al día para poder jugar, que no iba a arriesgar su vida en una temporada. Se rebeló contra la WNBA. Al final, la propia franquicia de las Mystics acordó pagarle su salario íntegro —215 000 dólares—, pese a no acudir a la burbuja.

No pisó una pista en todo 2020. Tampoco al comienzo de la temporada 2021, el pasado mes de mayo. Se llegó a pensar que Delle Donne no volvería a jugar. Tenía que tirar a canasta descalza, para aliviar el dolor, momentos en los que un tal Russell Westbrook apareció por la pista de las Mystics y los Wizards para ayudarla.

No fue hasta la primera semana de agosto que su preparación comenzó a acelerarse. Entrenamientos. Partidillos. El parón olímpico le dio más margen. Finalmente, hace poco, hace nada, más bien, el debut; el comienzo de su nuevo ascenso. El 22 de agosto, Elena Delle Donne volvía a una pista con la camiseta de las Washington Mystics. Ahí estuvo su primera canasta. Que si te posteo. Que si ahora me doy la vuelta. Parecía aquella chica de instituto de Delaware. Chof.

Le queda camino para regresar a la cima. 2021 era el año para que las Washington Mystics reclamasen de vuelta su trono de mejor equipo de la WNBA.  Habían fichado a Alysha Clark, mejor defensora de 2020. Retornaban Tina Charles y Emma Messemman, MVP de aquellas finales 2019. Y, por encima de todo, volvía Elena Delle Donne, la hija pródiga.

Solo que Alysha Clark se ha lesionado para toda la temporada. Que Emma Messemman decidió quedarse por Europa para jugar con la selección de Bélgica y no volverá hasta 2022. Y que Delle Donne ha llegado más tarde de lo esperado. Todo ello hace que las Mystics, a falta de poco más de una semana para el fin de la liga regular, se encuentren lejos de aspirar al título. Puede que ni entren en playoff. En este momento son novenas. Su récord: 10-17.

El nuevo pico de pasión en la vida de Elena, la nueva cima de puerto en su particular Giro d’Italia, tendrá que esperar al próximo año. A la WNBA de 2022. Ahí, quizás, pueda vivir otro nuevo éxito, otro anillo. En una entrevista con La Gazzetta dello Sport, Elena dijo que se sentía “50% italiana”. Sabe a poco. Si vuelve a la cima con un anillo todo sería tan dramático, increíble, bonito, desmedido, tan italiano como ese apellido que le legaron sus abuelos.


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