Grant Hill y el tobillo maldito de Michael Jordan


1994 no era un año propicio para dar el salto a la NBA. No al menos para un jugador que había completado su etapa universitaria en Duke haciendo historia. Seleccionado por los Pistons en la tercera posición de aquel draft de mediados de los 90, Grant Hill fue empujado a la difícil tarea de llenar el vacío dejado por dos leyendas. Por un lado, aterrizaba para tomar el testigo del jugador más importante y querido en la historia de la franquicia, Isiah Thomas. Por el otro –y todavía más exigente– su nombre fue uno de los primeros en ser equiparados al del mejor jugador de todos los tiempos, Michael Jordan.

No sólo se trataba de unas expectativas inmensas, sino también de una carga sobrehumana para un recién llegado. En retrospectiva, fue víctima de las circunstancias de una narrativa escrita entre esos dos frentes.

Antes de que las comparaciones con Jordan se transformaran en una discusión inevitable, Hill ya era el aparente heredero original de His Airness. No sería el único, en una década repleta de talento y una necesidad voraz por evitar que la llama del mítico ‘23’ de los Bulls se apagara jamás. No solo fue Grant Hill, sino también Jerry Stackhouse, Penny Hardaway, Vince Carter, Tracy McGrady, Vince Carter, Kobe Bryant y, un poco más tarde, LeBron James, los llamados a recibir su corona.

En otoño de 1994, el de Dallas ingresó en una NBA cuyos cimientos se seguían tambaleando tras la retirada de Jordan un año atrás. La desesperada búsqueda de un nuevo Mesías no ofrecía respuesta celestial. Los grandes compañeros de generación –Charles Barkley, Hakeem Olajuwon o Karl Malone– no eran ya unos chavales y la nueva oleada de promesas –Shaquille O’Neal, Chris Webber o Latrell Sprewell– diferían demasiado en estilo, posición o liderazgo.

Así, Grant Hill fue poco menos que un auténtico regalo de los dioses del baloncesto. Alguien aparentemente capaz de llenar el vacío dejado por Jordan y, al mismo tiempo, saciar la sed de una liga destrozada tras su partida. Técnicamente componía un paquete baloncestístico impresionante. Un todoterreno. Era rápido y muy atlético. Podía controlar la pelota, anotar con pasmosa facilidad de mil formas diferentes y abarcar toda la cancha. Además, era un perro de presa en defensa. También compartía con Jordan dos cualidades antagónicas. Fuera de la pista era un compendio de carisma, elocuencia y magnetismo. Dentro de ella, era un caníbal y no tenía piedad de nadie. En definitiva, un soplo de aire fresco para la liga.

Sin embargo, la urgencia era mayor en Detroit. Cuando Hill pisó la cancha del Palace por primera vez habían pasado cuatro años desde que los Bad Boys conquistaron su segundo anillo consecutivo y apenas unos meses desde que Isiah Thomas y Bill Laimbeer, alma y corazón del equipo, colgaran las zapatillas. Así, no era de extrañar que los aficionados señalaran al recién llegado con escepticismo y cierto recelo.

En una muestra primigenia de descaro, el rookie obligó a los seguidores a tragarse sus propias palabras desde el primer salto inicial de aquella temporada 1994-95. Al amparo de mentores como Joe Dumars o Johnny Dawkins demostró estar listo para un reto tan exigente.

En su primer año en la NBA compartió el premio al Rookie del Año con Jason Kidd tras promediar 19,9 puntos, 6,4 rebotes y 5 asistencias por velada. No solo eso. El 12 de febrero de 1995 salto al parqué del America West Arena de Phoenix para participar en el All-Star Game. Apenas un año después repetiría presencia en la cita estelar tras recibir el mayor número de votos de toda la NBA. Siendo apenas un sophomore ya era una estrella y así lo atestiguó su epílogo aquella temporada: 20,2 puntos, 9,8 rebotes y 6,9 asistencias, además de su incorporación al Segundo Mejor Quinteto del curso al lado de ilustres como Olajuwon, Stockton o Payton.

La prensa protagonizó otra oleada de titulares que lo situaban, aún con más ahinco, como el nuevo Jordan. Él se reía de manera distendida y hacía caso omiso a aquellas líneas. Pero el vínculo estaba ahí. Tenía un talento especial. Y una cena con Mike tras un partido en Chicago no hizo más que espolear a la multitud. Hill y Jordan en la misma mesa. Espacialmente y, según los cantos de sirena, quizá también baloncestísticamente.

Pero fue en la temporada 1996-97, su tercera en la liga, cuando Hill se consolidó como el jugador favorito para portar la antorcha de la NBA en el nuevo milenio. Aquel fue, posiblemente, el mejor año de su carrera. Alcanzó su cumbre estadística y con 24 años se convirtió en el primer jugador desde Larry Bird en registrar 20 puntos, 9 rebotes y 7 asistencias. Lideró a los Pistons a un total de 54 victorias –26 más que dos años atrás– y fue el líder en gran parte de las principales categorías estadísticas. Como recompensa a su gran desempeño fue incluido en el Mejor Quinteto de la temporada y tan solo Karl Malone y Michael Jordan recibieron más votos para el premio al MVP. Así, el de Texas pareció borrar cualquier tipo de duda sobre su capacidad para erigirse como la cara visible de una franquicia.

Meses antes de su vigésimo-quinto cumpleaños, Grant Hill apenas había arañado la superficie de su potencial. Era el vértice más alto de un boom de jóvenes sobre la que recaía el peso de completar el relevo de una de las mejores generaciones de la historia: Shaquille O’Neal, Chris Webber, Kevin Garnett, Allen Iverson, Rasheed Wallace o Stephen Marbury eran algunos de ellos. Otros como Kobe Bryant, Tim Duncan, Dirk Nowitzki o Steve Nash no tardarían mucho en llamar a la misma puerta. Pero, hasta entonces, esa nueva era de estrellas emergentes estaba liderada por Hill.

Un tobillo que casi le cuesta la vida

Sin embargo, las cosas se fueron torciendo paulatinamente. Mientras su reputación ascendía todavía más en la liga, su relación con los aficionados se enfrió. Después de sumar 54 triunfos en 1997, los Pistons dieron un paso atrás en 1998, quedándose fuera de los playoffs tras ganar 36 partidos. Un año más tarde, la temporada ya había empezado torcida a causa del cierre patronal y finalizó todavía peor: eliminación, al igual que ocurriera dos años atrás, ante los Hawks en cinco partidos. Una decepción que terminó por devolver una realidad muy dolorosa: Grant Hill era muy bueno pero no había sido capaz de liderar a los Pistons más allá de primera ronda en playoffs. Aquella edición del lock-out terminaría siendo la mejor y última oportunidad del alero de ganar una serie de post-temporada en Detroit.

El principio del final llegó un año después. 15 de abril del 2000. Una semana antes de que comenzaran los playoffs, Hill se torció el tobillo izquierdo en un partido en Philadelphia. Ansioso por demostrar que sí era capaz de cargar con el peso del equipo, forzó en exceso su tobillo hasta que este dijo basta en el Game 2 de primera ronda ante los Heat. La serie acabó con barrida a favor de Miami y Hill nunca más vistió la camiseta de los Pistons.

Joe Dumars relevó a Rick Sund en el puesto de general manager en junio y dos meses después envió a Hill a Orlando, poniendo el punto y final a una era una vez prometedora que nunca llegó a materializarse. Al menos fue una operación que benefició a ambas partes: el sign-and-trade permitió un contrato más lucrativo para Hill mientras los Pistons no se iban de vacío. Curiosamente, aquel movimiento abrió las puertas al que terminaría por convertirse en la próxima cara de la franquicia: Ben Wallace.

A partir de ese momento, el destino de Hill y los Pistons siguió direcciones opuestas. El primero se convirtió en la figura trágica de la generación posterior a Jordan. Las lesiones destrozaron su carrera –solo disputó 47 partidos en sus cuatro primeros años con los Magic– y casi se cobran su vida. Tras una operación de tobillo, una grave infección estuvo a punto de causarle la muerte. El jugador tuvo que ser ingresado de urgencia tras sufrir fiebres superiores a los 40 grados, convulsiones y espasmos. Hill se recuperó pero la dura y prolongada rehabilitación lo dejó muy débil, física y psicológicamente. Paralelamente, los Pistons superaban la primera ronda de los playoffs en 2002, al año siguiente alcanzaban las Finales del Este y en 2004 conquistaban el campeonato. Completamente destrozado, Hill estuvo a punto de retirarse pero el amor por el baloncesto le animó a regalarse a sí mismo una nueva oportunidad.

La era de Grant Hill se esfumó para siempre pero su deseo por seguir jugando le devolvió la pasión necesaria para terminar disputando más de mil partidos en la NBA. Tras la pesadilla vivida en Orlando daría comienzo a una estancia de cinco años en Phoenix y una última campaña a modo de homenaje con los Clippers. Nunca volvió a recuperar aquella magnífica versión que fue comparada con Michael Jordan pero demostró que el talento es algo que nunca se pierde. Un recorrido en el que aprendió a ver el baloncesto desde otra perspectiva: desde Mike Krzyzewski hasta Vinny Del Negro, pasando por Alvin Gentry, Doc Rivers y Mike D’Antoni serían algunos de los nombres que lo dirigieron desde el banquillo.

Y así fue como, en 2013, dijo adiós al baloncesto. A los 40 años de edad y, como era su deseo, cuando él quiso y no cuando la vida le quiso obligar.

(Fotografía de portada de Otto Greule Jr. /Allsport


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