La fórmula de la revolución

El tiempo es relativo y a menudo caprichoso, especialmente cuando no se puede concretar con exactitud la dimensión histórica de la época en la que uno vive. Por pura falta de perspectiva futura, sobre todo. Ese escenario genera un vacío a la hora de poder juzgar adecuadamente obras que son atemporales incluso a falta de que el propio tiempo acabe reconociéndolas de esa forma. Lo histórico siempre sucede antes de que pase a ser valorado como tal.

Posiblemente ocurriese del mismo modo con la influencia adquirida por Magic, Bird o Jordan, incluso con la de los propios Celtics de Auerbach, pues todos ellos se encargaron de jugar perversamente con el reloj. Siempre fueron más grandes de lo que su propia época pudo asumir y no en vano la prueba aún hoy lo deja claro: su legado sigue vivo. El presente es difícil de calibrar, salvo esas contadas ocasiones en las que se puede intuir, incluso anticipar, que eso que hoy sucede marcará decisivamente el futuro.

Como ahora.

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Desde el origen del baloncesto (1946, fundado como Basketball Association of America; ya en 1949 con sus siglas actuales) y hasta 2014, es decir durante casi siete décadas de profesionalismo, sólo cuatro franquicias diferentes habían logrado concluir una fase regular con un margen de victoria medio superior a los diez puntos (el denominado MoV, Margen of Victory). Esa proeza de dobles dígitos la alcanzaron Bucks (por dos veces) y Lakers a inicios de los setenta, posteriormente Bulls en sus mágicos noventa y más tarde Celtics en 2008, la última de sus muestras de anillo.

Desde entonces sólo ha habido dos irrupciones más al selecto grupo. La lograda por los Spurs de 2016 es una de ellas. La otra llega de la única franquicia en la historia que ha acumulado tres temporadas consecutivas por encima del umbral. Los Golden State de 2015, 2016 y 2017 han finalizado campañas con ventajas medias superiores a los diez puntos. Su última versión, de hecho, registró los 11,63 puntos de promedio sobre el adversario, la cuarta marca más alta de todos los tiempos.

Fuente: Basketball Reference.

No es sin embargo el dato lo que determina su impacto sino en buena medida el efecto que acompaña a ese número. Los Warriors de Steve Kerr, herencia defensiva del trabajo de Mark Jackson y fuerza ofensiva que nació bajo el paraguas del que fuera discípulo de Phil Jackson y Gregg Popovich, condicionan por completo la forma de competir en la actualidad.

En cierto sentido esto —obligar a readaptarse al resto— es algo común, cada equipo dominante marca las reglas del juego y cada aspirante que quiera derrotarlo trata de cruzar una frontera por entonces desconocida. Sucede cada época alrededor de los grandes equipos dominantes, que parecen inabarcables hasta que dejan de serlo. Precisamente uno de los puntos más maravillosos del baloncesto es que cada revolución viene acompañada necesariamente de otra nueva, porque sólo la segunda es capaz de acabar con la primera. Y no tanto es acabar con ella como perfeccionarla.

Es justo ese el momento actual.

Todos buscan la forma de acabar con una obra en apariencia intocable. No únicamente por talento sino por aplicación práctica del mismo. Sin embargo la parte no común del asunto es la forma de exhibir ese dominio por parte de los Warriors, porque ni las fiebres de ritmo y espacio que vive el baloncesto estos días se bastan para explicar lo que sucede. La llave maestra del equipo de la Bahía está siendo hacer desaparecer, mejor que ningún otro antecedente, la frontera de la posición en el juego.

Los Warriors son un equipo ubicuo en el que (casi) todos sus jugadores en pista pueden hacer de todo a una velocidad de ejecución (física y mental) lo suficientemente alta como para castigar siempre al rival. Sus cinco hombres en cancha representan un cúmulo de funciones y piezas intercambiables. Y así su baloncesto resulta difícilmente alcanzable. En una NBA donde reina el mismatch, es decir tratar de ocultar tus carencias y buscar explotar siempre una concreta del rival, nadie puede generarlo como ellos. Es el equipo con jugadores más preparados para asumir diferentes funciones en ambos lados de la pista y al mayor nivel.

Por supuesto el don individual acentúa el sistema. Sin el mayor rango de tiro tras bote conocido (), el anotador más elástico y versátil de la época moderna () o el salvaje cóctel de flexibilidad posicional defensiva y talento pasador que aporta , los Warriors no serían lo mismo. Sin embargo es el cóctel que generan cuatro bestias aposicionales como Thompson, Iguodala, Durant y Green, junto al poder atómico de Curry en ataque, lo más relevante. El sistema proyecta el don.

A día de hoy se conocen dos formas posibles de batirles, pero por desgracia una de ellas no es válida para 28 de los 29 equipos que pueblan la Liga. Se trata de contar con LeBron James, el mayor comodín de esta era, el mejor ejemplo de jugador sin posición que acaba condicionándolas todas. Así los veintiocho restantes buscan entre la baraja de sueños aspirar a replicar el modelo que más cerca estuvo de quebrar la dinastía: el último ejemplo de los Thunder de Durant.

Plagados de aleros, versatilidad y recursos defensivos para competir contra la amenaza múltiple que ofrecían los Warriors, aquellos Thunder de Donovan expusieron a Durant como alero alto (falso cuatro) y Steven Adams (en su pico de carrera) como un molde replicable al baloncesto de los aleros que defiende Golden State, con interiores extremadamente móviles y atléticos. Un sistema muy agresivo atrás en el que todos los jugadores cambiaban asignaciones, siendo capaces de defender cada rincón de la pista y —lo esencial— reducir el desajuste. Acompañando la mezcla con la dinamita ofensiva de Russell Westbrook (a sumar a la de Durant), acariciaron la hazaña.

Es por ello que las nuevas sendas conocen ya horizonte. Que se asume que los Cavs de James, —y únicos— en lograr lo imposible (2016), le acompañarán a la hora de la verdad con aleros y un pívot lo más móvil y versátil que sea factible. En definitiva por cuatro piezas que puedan evitar el mismatch tanto en defensa como en ataque, pues es justamente esa grieta la que genera sangre y alerta al predador. Se necesitan cinco jugadores útiles y autosuficientes en ambos lados de la pista.

Los Warriors castigan lo completamente unidimensional. Castigan al exterior tirador de turno (Korver), porque están preparados para atajarle en defensa y en el otro lado de la pista no hay forma humana de ocultarle. Castigan al mismo molde solo que interior (Frye, incluso por momentos Love). Castigan incluso las medias tintas, puestas de manifiesto si Shumpert, aplicado atrás, no es capaz de conectar tiros. No permiten usar a esos jugadores y alteran las rotaciones, los recursos tácticos, todo. Cualquier rotación, por profunda que parezca, parece más desnuda en el momento clave. Los Warriors lo acaban castigando casi todo.

Una de las principales cuestiones para batirles pasa no tanto por atacarles como por el hecho de hallar el modo de sobrevivir rutinariamente ante ellos. Atacarles es el mejor de los escenarios, pero antes hay que asegurar la vida. Ni ritmo (bajarlo), ni rebote (dominar el ofensivo), ni tiro de tres (seguirles el ritmo) son soluciones finales. No se trata de jugarles lento o de atacar mucho su pintura, se trata de generar sistemas versátiles. Y así todas las combinaciones parten de aleros (indistintamente de su tamaño) creando estructuras donde se pueda reducir al mínimo el mismatch. Es por ello que en la nueva etapa de formación de superequipos, o al menos equipos con acumulación de jugadores de primera línea, lo crucial no es juntar ese talento… sino el modo real de aplicarlo. Se necesitan estrellas solidarias a tiempo completo.

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Una de las fórmulas más recurrentes, usar un solo interior, no se efectúa por preferencia. Cobra sentido porque es muy complejo encontrar ya solo uno que pueda aguantar el envite. Cómo usar entonces dos, si difícilmente se encuentra uno. Es decir no es que jugar con dos grandes sea negativo ante los de Kerr, es que esos dos grandes deben poseer características muy particulares, resultar cierta amenaza ofensiva y (sobre todo) sobrevivir defendiendo tanto cerca como lejos del aro. Y la realidad es que todavía no hay equipos que los tengan. El tamaño no es un problema en este escenario, el punto clave es que se necesita que ese tamaño sea explosivo y además esté instruido técnicamente. Se necesita tamaño del futuro (Towns, Porzingis, Embiid) para combatir el presente.

No obstante, y bajo ese molde alerizado, se puede competir. Los Spurs de Green, Leonard y Gay, lo intentarán. Los Thunder de George, Anthony y Roberson, liderados por Westbrook, lo intentarán. Los Celtics de Hayward —terriblemente lesionado en el estreno de curso—, Brown y Smart, con el respiro ofensivo de Irving, tenían esa misma idea. Como los ya citados Cavs, ahora con Crowder para sumar a James y Smith/Wade. Todos ellos acompañando esos cócteles de aleros con pívots lo más móviles que puedan (Aldridge, Adams, Horford, Love/Thompson) y bases para responder (en mayor o menor medida) en ataque.

De entre los principales candidatos, son de hecho los Rockets el único molde convencido de que vencerles pasa por llevar al extremo su propia idea. El equipo seducido por el valor del especialista y la analítica del sabermetrics al amparo de (ahora dos) monstruos que aglutinen todo el juego. Es un riesgo, en cierto modo actuar contra natura. Pero de momento una apuesta tan válida como las otras, al menos hasta que pueda llegar a demostrarse lo contrario.

No hay de hecho un remedio del todo seguro para vencer a estos Warriors en una eliminatoria a siete partidos llegado el mes de mayo. De momento no hay forma imaginable de sofocar la revolución. Y si la hay, si existe, no pasará por acabar con ella sino, como siempre con el baloncesto, por acabar encontrando el camino más fiable a su siguiente escalón.

Hacer esa revolución aún mejor.


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