Quién nos lo iba a decir. Los Philadelphia 76ers han encontrado un estado de placidez que resultaba imposible imaginar hace no demasiado. En una franquicia que ha vivido al borde de la histeria catastrofista desde el día que se decide que termina The Process para comenzar a competir desde los frutos recogidos, la actual quietud se percibe como un remanso de paz.
Hace un año, y menos, era normal escuchar a quien los definía como la franquicia más desesperada de la liga. Había razones para ello. Con más del 69% de su masa salarial absorbida por dos jugadores con un historial interminable de lesiones y en obvio declive físico. El proyecto ya no podía ser el de Joel Embiid y Paul George suponía un lastre para las opciones del equipo de moverse en el mercado en busca de una restructuración.
Mucho motor para tan poco chasis
Lo que sucede entre ese análisis y el que se pueda hacer hoy es que lo heroico en Tyrese Maxey se ha vuelto rutinario. Por encima de todo, que el base esté jugando como un All-NBA o MVP a ratos, cambia el prisma de todo. Ya lo hizo a la salida de James Harden, cuando un equipo a priori desahuciado por la salida de su segundo mejor jugador siguió siendo aspirante hasta la fatídica lesión de Embiid porque Maxey carga a la espalda cuanto escombro encuentre en el camino.
Este año Tyrese está siendo el mejor anotador de la NBA restando el factor de los tiros libres, promediando 25,2 puntos por partido sin contar las visitas a la personal. Hay que decir que también está empatado con Luka Doncic como el jugador que más tiros de campo intenta por noche (22,4), pero es que no hay dato que le quite razones para no hacerlo.
Tiene el segundo mejor porcentaje de acierto en triples entre los jugadores que lanzan 8 o más por noche con un 40,9%, solo por detrás de Kon Knueppel. Mantiene el tipo con un más que digno 37,5% en los que lanza tras bote, únicamente superado por Stephen Curry (40%) y Jamal Murray (45%) en jugadores que intentan más de 5 precedidos de dribbling.
Además Maxey también es el base dominante con balón que más tiros ejecuta (6,2), y anota (3,9) en el aro aunque su acierto (63%) está por debajo de la media de la liga (66%). Y en la media distancia, aunque no la practique con demasiada frecuencia (2,5 intentos por noche, convierte un 46,7% superior al de especialistas consumados como Jamal Murray, Jaylen Brown o Kawhi Leonard.

Viendo todas estas cifras se esperaría ver a Maxey entre los anotadores de mayor volumen en penetraciones, aclarados y jugadas como manejador en bloqueo directo. Y no. Ni está en el top 20 de frecuencia de aclarados ni en el top 10 de acciones al pick-and-roll ni en el top 15 de penetraciones por encuentro. Por eso es tan especial Maxey, porque es un jugador sistema (el comportamiento del equipo claramente se asemeja a sus formas) sin crear tiros de manera convencional.
La naturaleza de Maxey, de virtudes que se pueden adaptar e imponer en cualquier contexto, permite que todo pueda brillar a su alrededor. Porque aunque su gusto sea el baloncesto en vuelo y lleve con él en volandas a todo el grupo, su anotación y creación para el resto saben convivir en cualquier otro tipo de baloncesto. Y ahí entra el actual Joel Embiid y, en menor medida, Paul George.
Dos agradables sorpresas
Empecemos por el segundo, que ha podido sanear su carta de tiro haciendo mayormente de ejecutor que, cada ciertas posesiones, recibe su premio en forma de aclarado desde la media distancia. O lo que es lo mismo, que mantiene sus dos mayores virtudes (aunque no intactas por el paso del tiempo) sin que ahora perjudiquen al equipo y con un tono defensivo bastante mayor de lo esperado.
Yendo al caso de Embiid, todo se podría resumir en que ha dejado de ser el centro gravitatorio del equipo en ataque. Lo cual, a su actual versión, le viene de perlas. Es sencillo de explicar. Antes, el primer plan de cualquier ataque en Philly era limpiar el lado fuerte a través de algún bloqueo o corte para que Embiid recibiese en el poste bajo lo más solo posible. Ahora, esa secuencia se repite menos y, cuando se da, no hace falta limpiar de forma concienzuda porque las defensas están mirando principalmente a Maxey. Lo mismo en cualquier secuencia de mano a mano, donde los espacios antes emanaban de la amenaza de continuación del pívot, ahora nacen del miedo que produce el triple de Maxey.
De esta forma Embiid se puede permitir seguir siendo eficiente en situaciones de aclarado (76,7 percentil) aunque no tenga la capacidad de arremeter contra sus defensores posesión tras posesión ni la agilidad para castigar de cara al aro con consistencia.
A todo esto, o quizás como mecha que prende el resto, se le suma la irrupción de VJ Edgecombe. Otro jugador que por condiciones atléticas, inteligencia y fundamentos, cabe en cualquier idea de juego que se quiera llevar a cabo. Porque su valor, de momento, está en ser una precoz fábrica de jugadas ganadoras a ambos lados de la pista. Un rasgo que va más allá de la regularidad de sus estadísticas.
Computado todo lo anterior, y por increíble que parezca, el juicio con los 76ers es calmo incluso en una afición tan exigente como la de Philly. Los de Nick Nurse han encontrado un oasis en la debacle para poder pararse y disfrutar del paisaje. Quintos del Este a partido y medio de los puestos de factor cancha y con todos los jugadores sanos por primera vez en más de un año. En este contexto, es bienvenido celebrar los pequeños destellos que George va dejando aquí y allá cada noche y la producción de Embiid volviendo a un nivel reconocible (27 puntos, 8 rebotes, 3,5 asistencias en los últimos 12 encuentros).
Sin embargo, nada de lo argumentado borra los problemas de la actual estructura salarial de la plantilla. Y lo que es incluso amenazante para el presente del equipo, que por lejos que estén del abismo imaginado con ellos, sigue siendo un conjunto de evidentes defectos de cara a pensar en algo más. De lo primero emana la falta de profundidad de la plantilla, que solo cuenta con Quentin Grimes (expiring) como garantía desde el banquillo. Jared McCain, de momento, se ha quedado por el camino en su segunda temporada y, más allá de la energía de Adem Bona, el resto son apaños que cuesta proyectar en escenarios exigentes.
Esto sin factorizar las bajas posibilidades de que logren mantener el núcleo medianamente sano para cuando llegue el momento de batirse el cobre en postemporada.
Ahora, el gran problema de los 76ers, más allá de la fragilidad de alguna de sus piezas y su recortada rotación, es estilístico. Porque en una NBA marcada por las transiciones, la agresividad defensiva y la velocidad general a la que sucede todo, jugar con el actual Joel Embiid durante más de 25 minutos es complicado de sostener sobre el papel.
Esta misma semana, Tony Jones realizaba un reportaje sobre el momento que vive el pívot. El artículo viene a reflejar un sentimiento de alegría más o menos colectiva por ver a un MVP volver a sostener un gran nivel durante un tramo nada desdeñable de curso. “Lo significa todo. No puedo sentarme aquí y decir que pensaba que esto iba a pasar de nuevo. Era escéptico de volver a tener la oportunidad de ser consistente. Por eso me emociono”, cuenta en The Athletic. Hay algo de nostalgia sobrevenida al ver algún que otro baile al poste bajo, enchufar dos o tres suspensiones desde la media distancia o incluso colocar un tapón que ni siquiera podría haber hecho a inicio de campaña.
Disfrutar de esta versión de Embiid se siente necesario porque, inconscientemente, percibimos que pueden ser sus últimos coletazos de gran baloncesto. Pero justo cuando se cree estar en la cresta de esa ola, la suspensión de la incredulidad se desploma para caer en la cuenta de estar proyectando en el actual Embiid un jugador que no existe y probablemente no vuelva a existir. Y es que, aunque ya no sea el centro de todo, Joel sí representa el techo de estos 76ers.
No son las tendencias, eres tú
Por mucho que las tendencias vayan en otra dirección, no es imposible ganar sin ser vertiginoso y agresivo en defensa. Houston es aspirante a ritmos bajos, Denver puede bajarle pulsaciones al partido si lo desea y Nueva York encuentra maneras de imponerse en el barro o a altas revoluciones. En plenitud y con los complementos adecuados, Joel Embiid podría rentabilizar a cualquier equipo que decida bajar el ritmo de sus partidos para atacar y defender a media pista. De hecho, con él como estrella el equipo siempre ha sufrido a horrores en transición defensiva.
Sucede que esto ha dejado de ser sostenible. Porque con la presencia de Maxey en ataque, su radio de acción se puede acotar a una baldosa y seguir siendo provechoso. Pero en defensa es insalvable. Durante toda su carrera, Embiid ha sido un sistema defensivo en sí mismo. Su mera presencia en la pintura lo condicionaba todo. Ahora, bien asentado, aún alberga instinto y timing. Con él, los Sixers reciben 10 puntos menos por cada cien posesiones. Pero sacarle medio metro de su sitio implica que llegue siempre tarde a la acción y es un objetivo demasiado evidente para equipos que sepan atacar sus deficiencias.
Conceder transiciones ha dejado de ser un mal menor porque no se puede compensar con el dominio en parado. Y con Embiid en cancha, el rival anota 9,7 puntos más en transición por cada 100 posesiones que sin él.
Otro de sus grandes Aquiles desde que al fin pudo poner un pie en la liga han sido las pérdidas. A menudo se ha dicho que Embiid es un mal pasador, y aunque haya parte de verdad, lo más preciso es definirle como un pasador irregular y un deficiente lector de situaciones. El interior de origen camerunés siempre ha tenido problemas al enfrentar dobles marcas desde el poste. Sobre todo cuando llegan los playoffs, el silbato se endurece y no puede sacar faltas atacando los brazos gachos del jugador que llega a hacer la ayuda. Muchas veces, lo salvaba con su agilidad para girar o salir de posición para dar el pase fácil de nuevo a cabecera o la diagonal.
En estas lides, la lentitud actual de sus movimientos se está cebando con él y ahora mismo tiene el ratio de pérdidas (porcentaje de jugadas que acaba extraviando el balón) más alto desde 2020 y sin contar la temporada pasada. Muchas veces es como si quisiese ir más rápido de lo que su cuerpo le permite.
Proyectar cruces y emparejamientos de playoffs en enero es un ejercicio absurdo. En enero de 2026, toda una ciudad está pudiendo disfrutar de su equipo como pensaban que no harían en mucho tiempo. A lo cual no se le termina de dar el valor que tiene. Sé que lo recomendable en estos casos es dejarse llevar y disfrutar de lo que acontece. Pero en esta ocasión me resulta muy complicado esquivar el cinismo. Y esta vez sin ni siquiera pensar en las lesiones.
(Fotografía de portada de Bill Streicher-Imagn Images)





