Cómo reír y llorar varias veces en 10 minutos


Algunos de los hombres y mujeres que han marcado el baloncesto americano desde 1950 se reunieron ayer en un mismo lugar:

Kareem Abdul-Jabbar. Pau Gasol. Candace Parker. Kyle Kuzma. James Harden. Magic Johnson. Shaquille O’Neal. JaVale McGee. Bill Russell. Doc Rivers. Devin Booker. Elgin Baylor. Russell Westbrook. Jerry West. Byron Scott. Diana Taurasi. Brian Shaw. Manu Ginóbili. Phil Jackson. Gregg Popovich. Tim Duncan. Tony Parker. Jason Kidd. Paul Pierce. Jayson Tatum. Derek Fisher. Stephen Curry. Gary Payton. Klay Thompson. Anthony Davis. Gary Vitti. DeMar DeRozan. A.C. Green. Kentavious Caldwell-Pope. Rudy Gay. Alvin Gentry. Scottie Pippen. Lamar Odom. Kyrie Irving. Adam Silver. Sabrina Ionescu. Mychal Thompson. Rick Fox. Draymond Green. P.J. Tucker. Kurt Rambis. Nick Young. Dwyane Wade. Sasha Vujacic. Quinn Cook. James Worthy. Spike Lee. Rob Pelinka. Luke Walton. Rajon Rondo. Mitch Kupchak. Geno Auriemma. Lionel Hollins. Kemba Walker. Dwight Howard. Steve Nash. 

Y Michael Jordan.

La semana pasada critiqué a Michael Jordan en el episodio 35 de El podcast de nbamaniacs por su ausencia en el All-Star de Chicago. Una ausencia que se notó demasiado y que iba contra el mensaje que la NBA ha querido enviar al mundo desde hace décadas.

Hoy no me queda más remedio que escribir para hacer todo lo contrario. Para homenajearle y darle las gracias por un discurso que nos partió el corazón y nos alimentó el alma a partes iguales durante el funeral de Kobe Bryant celebrado ayer en Los Ángeles.

Jordan tomó el micrófono y esos primeros momentos cuando alcanzó el estrado, se preparó y comenzó a hablar fueron durísimos. Todavía me emociono al recordarlo porque fue un momento de catarsis. Fue la constatación de que el destino, una vez más, había actuado contra natura y Jordan, como hermano mayor, tenía que ponerse hablar ante el mundo para decir adiós al pequeño. Jamás debería haber sido así. Jordan nació quince años antes que Kobe. Dentro de décadas hubiera tenido que ser Kobe quien se subiera a un púlpito para hablar de Jordan, para contar anécdotas sobre él y volver a recordarnos que MJ fue parte fundamental para poder convertirse en la leyenda en la que se convirtió.

Ver a Jordan ahí subido era irreal, no correspondía. Vanessa Bryant no podía ni mirar al principio; ella sabía mejor que ninguno de nosotros lo que ese momento representaba. Se había roto el orden natural de la NBA y de la vida y a Jordan le tocaba ser el notario que lo firmase. A pocos metros estaban los MVP de 1958, 1971, 1987, 1996, 2005 o 2015, pero el jugador que había metido 60 puntos en su último partido en 2016, no.

Si sigues la NBA desde la época de Jordan y viste esas imágenes ayer, sabes de lo que hablo.

Por fortuna el discurso de Jordan resultó enriquecedor y confortante. Nos hizo llorar cuando vimos cómo se le caían las lágrimas al suelo y nos hizo reír cuando revelaba algunas de las constantes preguntas que su little brother le hacia desde finales del pasado siglo. Jordan desgranó en parte la relación entre ambos y terminó diciéndole adiós con el corazón encogido. Si puedes apartar diez minutos de tu día para ver el discurso tranquilo y sin interrupciones, hazlo. Así fue como lo terminó:

“Kobe Bryant fue para mí una inspiración ya que era alguien que realmente se preocupaba por el modo en el que yo jugaba al baloncesto y en el modo en que él quería jugar. Quería ser el mejor jugador de baloncesto que fuese capaz de ser. Y según le fui conociendo, yo quise ser el mejor hermano mayor que pudiese. Cuando Kobe murió, una parte de mí también murió. Y viendo este pabellón, al país, al mundo, una parte de todos también se ha ido. Todos los recuerdos que tenemos ahora nos deben servir para aprender. Os prometo que desde hoy viviré con los recuerdos de que tuve un hermano pequeño al que quise ayudar lo mejor que pude. Descansa en paz, hermano pequeño”.


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