Sue Bird, sinécdoque de la WNBA


No es lo mismo ser la mejor que la más importante. Un concepto crucial para la vida, por ende para el deporte, pero que en ambos casos se le aplica a Sue Bird, la capitana, base y líder de uno de los mejores equipos de la historia de la WNBA: las Seattle Storm, que en este 2021 aspiran a su quinto anillo. Una mujer que ha devenido en referencia social por todo lo que significa más allá de las pistas. Que, en parte por ello, representa como nadie a esta liga, que cumple un cuarto de siglo convertida en faro ético y político del deporte estadounidense. Y pese a todo, una jugadora de la que se podría decir que no es la mejor.

¿Es posible? Pues puede que sí. Porque la diferencia entre la mejor y la más importante es una simple cuestión de perspectivas, de objetivos. Y al menos en el caso de Sue Bird, radica en que ella siempre ha sido la parte clave en un plan. Mientras que a su lado siempre ha habido otra, la que muchos consideran la mejor, que ha estado ahí para ejecutarlo.

Un buen ejemplo se produjo en octubre del año pasado. Fue en las finales en las que las Seattle Storm arrasaron (3-0) con Las Vegas Aces para lograr su cuarto título, empatando el récord de la WNBA. En ellas, Sue Bird, que había liderado el ataque arrollador de su franquicia, que a sus 40 años sumaba otro dato más a su ingente palmarés —cuatro anillos de la WNBA, dos títulos de la NCAA, cinco Euroligas, cuatro oros olímpicos y cuatro mundiales, además de un larguísimo etcétera de reconocimientos individuales—, que había batido el récord de asistencias en un partido de las finales con 16, que se había convertido en una de las deportistas, sin importar el género, que más tiempo había pasado en el deporte estadounidense entre su primer y último título. Ella, que sumaba otra razón más para ser la mejor base de la historia, que era la pieza clave del engranaje Storm. Ella, pese a todo, partía en un segundo plano en la celebración. Gran parte de los focos eran para Breanna Stewart, su compañera y merecida MVP de las finales, la mejor jugadora del momento, la que más puntos mete, la más decisiva en ataque y en defensa.

Y sin embargo, como dijo la propia Breanna Stewart: “No estoy segura de que pudiese estar en esta posición sin ella”. O como afirmó el entrenador de ambas en aquellas finales, Gary Kloppenburg, “Sue hace que todo sea fácil para el resto”. O puesto de otra forma: puede que Bird no sea la mejor, pero sí la más importante.

Influye que Sue Bird es a su manera, discreta. Porque tampoco es lo mismo ser importante que darse importancia. Y los que la conocen afirman que así ha sido desde pequeña, desde que nació en 1980 en Syosset, Nueva York, a unos 50 kilómetros de Manhattan, en esa America ya suburbial donde pasan muchas menos cosas que en las películas. Y como el lugar que la vio nacer, a Sue Bird le gustó durante mucho tiempo alejarse de la controversia, de los focos. Mientras que pudo. O quiso. Mientras que su carácter público no se alineó con el que siempre ha mostrado en la pista.

Porque desde que cogió el balón en las manos, Sue Bird ha sido una de esas bases que dirigen el cotarro, que ordena todo y a todos en la pista. Que tiene el show bajo control. Una líder. Lo fue primero en el instituto de Syosset, luego en otro high school del distrito de Queens, cuando ya apuntaba a estrella del básket. Más tarde en la Universidad de Connecticut, el mejor programa en la historia del baloncesto universitario femenino, al que lideró a dos títulos de la NCAA: 2000 y 2002. Y en todo ese trayecto mostró su madera de gerifalte en pista. De meter canastas en los momentos más calientes.

Sería ya años después, en la WNBA, donde empezaría a hacer lo mismo fuera de las canchas.

Los dos primeros anillos

Sue Bird llegó al profesionalismo en la temporada 2002. En el draft de ese año, las Seattle Storm la escogieron en el primer puesto. En el anterior, la franquicia de Washington había seleccionado, también con el número uno, a Lauren Jackson, una dominante pívot australiana. Y ahí estaban, la importante y la que sería la mejor. Una combinación de oro para las Storm.

Era aquella una WNBA que vivía años su consolidación. La competición había sido creada en 1997 como un experimento, pues hasta ese momento muchas voces clamaban que era imposible que una liga profesional de baloncesto femenino sobreviviese en EEUU. Y Sue Bird fue parte de una primera generación —junto con su excompañera en Connecticut Diana Taurasi, la propia Lauren Jackson, Chamique Holdsclaw y otras muchas más— que la vivió ya como una opción factible de trabajo en EEUU.

Gracias al tándem que esta formó con Lauren Jackson, las Seattle Storm ganaron sus dos primeros títulos de la WNBA en 2004 y 2010. Por supuesto, los MVPs siempre fueron para la pívot australiana. Pero ahí estaba Bird, siendo parte sin la que no se podría entender el proceso, la pieza clave del engranaje. La importante. La mejor directora de juego que tenía la liga.

Quizás, ese papel de elemento crucial ganó más relevancia a partir de 2012. Fue ahí que Lauren Jackson dejó la liga y Sue Bird, tras una lesión que la apartó de las pistas durante el 2013, parecía que entraba en el ocaso de su periplo. Tenía ya 33 años, y en el básket femenino no era extraño que las carreras —por circunstancias familiares, por menores incentivos económicos; por la precariedad, en definitiva— comenzasen en esa edad su cuesta abajo. La WNBA, además, entraba en una nueva fase, en la confirmación, en la que pasaba a ser ya realidad asentada. Y Bird parecía pertenecer a una generación anterior, que su final llegaba.

Pero no. Pues parte de una nueva hornada de jugadoras apareció por Seattle Breanne Stewart, MVP de los campeonatos de 2018 y 2020 con las Storm, también salida de UConn, y ahora pupila de Sue Bird. Otra estrella joven, como Jewell Lloyd, escolta titular de las de Seattle. Y ahí, otra vez, tuvo a Sue Bird a las que podían cumplir a su lado el papel de mejor, para que ella se dedicase simplemente a ser la más importante. Y de paso, seguir liderando a esta nueva época de la WNBA, rodeada de jugadoras con diez años menos en su contador.

La cara de la liga, todavía

Cosas de la edad, que a veces funciona al revés, Sue Bird empezó en esta nueva etapa a darse también algo más de importancia. Y tal y como fue el rostro anteriormente de los diversos cambios de época de la WNBA —en ese proceso de ser un experimento a una realidad consolidada—, Bird también participó en una nueva era en la que la liga se ha convertido en la cabecilla de la movilización social en el deporte de los EEUU. Y en realidad, es difícil discernir quién se subió al carro de quién: si ella al de la WNBA, la liga al de Sue Bird, ambas al de los tiempos. O estos, lo más probable, a lo que ellas representan.

Porque en un momento histórico que así lo ha requerido, Sue Bird ha dejado de ser la deportista que no quería saber nada de la controversia y se ha puesto ahí, al frente, haciendo ruido. Primero hizo pública su relación con la futbolista Megan Rapinoe, anunciando al mundo que era lesbiana. Pasó a defender los derechos LGTBI en el deporte, igual que luego lideró la movilización de la WNBA en las burbujas de 2020, portando todas las franquicias con los lemas de #BlackLivesMatter y Say her name¸ así como llamando al voto en las elecciones presidenciales de ese año. Encabezó la protesta contra la senadora republicana Kelly Loeffler, propietaria de las Atlanta Dream. Y además, fue un elemento clave, como vicepresidenta del sindicato de jugadoras de la WNBA, en el histórico acuerdo colectivo que incrementó el salario de las jugadoras de la liga en 2020.

Hoy, a meses de cumplir los 41 años, Sue Bird parece dispuesta a seguir representando épocas de la WNBA. No es solo la directora en la pista del principal candidato al título en este 2021, las Seattle Storm, que buscan la gesta del quinto anillo, algo que nadie ha conseguido. O una jugadora que esté rompiendo barreras de longevidad. O la principal cara del papel social de la liga. Sino que ella, con su biografía, lo explica todo. Es la sinécdoque de la WNBA, la competición que ha pasado de experimento, a realidad consolidada, a faro social; a quién sabe qué en la siguiente estancia. Opiniones hay para todos los gustos, y la mayoría afirmará que la WNBA no es la mejor liga de los EEUU. Sin embargo, al menos en su papel fuera de las pistas, es innegable que sí ha sido en estos años la más importante. Como la parte de su todo que tan bien la representa: Sue Bird.

(Fotografía de portada de Abbie Parr/Getty Images)


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