Sobre desiertos inacabables y otras formas de frustrar a George Karl

Era la primera semana de mayo cuando recibía una más que gratificante llamada. En ella se le informaba de que había sido elegido como Mejor Entrenador del Año de la temporada 2012-13, tras su desempeño en la regular season, donde consiguió un récord global de 57-25; una cifra que se colocaba en la cima de la historia de la franquicia.

El anuncio del galardón llegó cuando a los ya les habían eliminado de playoffs, un duro varapalo de consecuencias catastróficas en su banquillo. Ese momento de felicidad pasajera por el reconocimiento individual daría paso un mes después a su despido, principio de un largo y frustrante camino que aún hoy prosigue sin saber su final. El desierto comenzaba entonces para Karl.

Cuatro son los meses que han pasado desde entonces. Tiempo de reflexión en el sino interior del técnico. Si Denver buscaba un mayor rendimiento del equipo en playoffs, si Karl presionó demasiado para extender su contrato o si directamente las desavenencias entre organización y entrenador fueron insalvables son algunos de los motivos que se barajaron para su salida de Denver. Sean cuales fueran las razones, lo único cierto con total rigor fue que desde las oficinas se decidió no volver a contar más con sus servicios.

Desde el mismo momento en el que se anunció su marcha de los Nuggets, parecía cuestión de niños que Karl encontrarse una nueva franquicia en la que trabajar. Currículum y experiencia no le faltan, y pronto la cascada de rumores le situó a uno y otro lado de los Estados Unidos. En Memphis fue donde más se apretó el acelerador. Reuniones, llamadas y negociaciones, muchas negociaciones, se dieron entre ambas partes. Llegó a cantarse como algo hecho, pero nada. Y lo que se antojaba como un sencillo asunto, acabó siendo un oasis.

Entre la mala salida que tuvo de Denver, los líos legales que ha tenido al ser demandado por el agente que le representó durante 20 años y el haber dejado de recibir llamadas de las franquicias preguntando por su disponibilidad, Karl no ha podido hacer otra cosa que agriarse. Una frustración que ha puesto de manifiesto en diferentes declaraciones, en las que ha dejado de irse mordiendo la lengua de manera cada vez más progresiva.

Primero calificó su despido como algo “estúpido”, después habló de que no comprendía “muchos contratos y traspasos” que se daban en la liga, y al final decidió no ocultar que había algo de “enfado y frustración”. Y no es para menos. Él siempre entendió su despido como un acto injusto, una muestra de que en el seno de los Nuggets no se sabía qué se quería, y él acabó siendo el damnificado.

Quizás lo más interesante de todo este punto sea extraer una lectura que se va intercalando entre todas sus palabras públicas. Y es que Karl nunca ha dejado de decir que quiere seguir entrenando. Su hambre por el día a día con un equipo sigue intacta, puesto que profesa un amor incondicional por este deporte. Toda una admiración a sus 62 años, y tras una carrera en la que usar la palabra extensa es quedarse algo corto.

Las sensaciones que debe tener Karl casi rozan la impotencia. Desde la temporada 1984/85 en la que se hizo cargo de los Cavaliers, sólo ha tenido dos períodos fuera de la . Y en uno de ellos, por ejemplo, saltó el charco y se fue a entrenar al Real Madrid, con lo que parado no estuvo. La siguiente experiencia sin dirigir fue en la campaña 2003/04, preludio de su periplo de nueve años en los Nuggets.

Lógicamente no se trata de un entrenador perfecto. Cuando lo construyan, dentro de los que hay en activo, entonces se podrá seguir hablando. Mientras tanto, se hace difícil comprender que Karl no haya encontrado acomodo en algún equipo. Más teniendo en cuenta que este verano muchas franquicias han buscado aire fresco en los inquilinos de su banco.

Durante el curso siempre hay franquicias que deciden acabar con la relación que mantienen con su entrenador. Cuando esto pase, Karl estará ahí, seguro. Su nombre volverá a sonar en los mentideros, porque pensar en los técnicos disponibles conlleva de manera inherente pensar en él. Sólo ha de guardar paciencia e intentar calmar el rencor que ha acumulado en estos meses.

Si Karl ha subrayado su debilidad por volver al coaching, parece complicado que el destino no le guarda una nueva oportunidad de llevarlo a cabo. No sería justo que un técnico con el recorrido que guarda y lo que significa para esta competición no regrese al que es su sitio natural. El ciclo de frustración ha de tornar a su fin, aunque no tenga fecha aún para ello. Los desiertos, por largos e inacabables que parezcan mientras se están cruzando, también tienen sus límites.





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