Una rosa es una rosa es Derrick Rose


A veces me sigue dando por mirar las estadísticas de los partidos de la NBA. Es una costumbre que tengo desde que era niño, cuando leía con avidez la revista Basket USA. Yo entonces lo sabía casi todo de la NBA. Todos los datos. Hacía mentalmente toda clase de comparaciones entre los jugadores. Sumas y restas y divisiones y multiplicaciones. Miraba los porcentajes de tiro, el tiempo en la cancha. Sus puntos, sus rebotes, sus asistencias, sus robos de balón y sus tapones. Luego dejaba caer una especie de velo liviano sobre su papel en el juego y luego echaba unas gotas de colonia que eran los intangibles, las personalidades, los gestos, los movimientos.

Era excitante ver correr a Magic Johnson con sus piernas largas y finas, como si amortiguara todas sus zancadas en las caderas mirando a todas partes igual que si su cabeza fuera un periscopio. Luego el balón salía de algún lugar imprevisible bajo la superficie de ese mar para que lo machacase en la canasta Worthy o Kareem o Michael Cooper. Recuerdo a Barkley y su figura anchurosa recorrer la cancha como un gato de un lado a otro mientras sobre el parqué sonaba como si avanzase un elefante furioso. ¿Qué eran las suspensiones de Jordan, y sus entradas milimétricas de estética suicida y poética? Para mí eran la belleza máxima.

Yo observaba a Larry Bird como si observase a la chica más guapa del instituto salir de clase con el pelo al viento en cámara lenta. Larry Bird era capaz de todo con esos movimientos de pato. Qué hermoso pato. Todo el mundo confiaba en Larry Bird. Larry Bird era Dios. Ágil en su aparente torpeza, letal, duro, inteligente, artista, ligero como si fuera de bambú hasta que se chocaba con él y se comprobaba que era de hierro. Veinticuatro puntos, once rebotes y seis asistencias de media en su carrera.

Diecinueve puntos, doce asistencias y siete rebotes de media en la carrera de Magic Johnson. Treinta y dos, cinco y cinco en la de Michael Jordan. Junto a estos tres coexistieron jugadores irrepetibles: el citado Barkley, Karl Malone, Stockton, Olajuwon, Ewing, Mullin, Drexler, Kevin Jonhson y muchos otros de mi memoria estadística y sensible e infantil y adolescente. Luego vinieron Shaquille y Anfernee Hardaway (escribo de memoria, sin consultar). Mi debilidad Iverson, Duncan, Garnett, Mourning… LeBron, Carmelo y Wade. Y de repente apareció Derrick Rose.

Yo siempre pensé que a Rose lo impusieron como MVP aquella temporada. Nunca pensé que fuera para tanto. Yo creí que ese MVP se lo merecían LeBron o Wade. Sus porcentajes de tiro no eran demasiado buenos. Sus números tampoco eran los mejores. El gesto, la forma, la actitud no me convencían. Me parecía que lo habían ungido sin merecimiento con tan sólo veintidós años. A Derrick Rose lo veía como una anomalía, un decrecimiento de la NBA. Era bueno, sí, pero ese encumbramiento era prematuro y arriesgado. Y por ello pensaba que injusto.

De pronto se lesionó en plenitud. La recuperación se alargó con sucesivas recaídas. Reapareció renqueante y volvió a caer. Los Bulls lo esperaron durante años, pero las rodillas no respondieron. Rose había desaparecido como estrella, Comenzó un peregrinaje por distintos equipos. Una vieja historia triste. Se convirtió en un jugador indisciplinado y sin futuro al que afectaron sucesivos problemas de diversa índole. Yo, como todos, como tantos, al final deje de interesarme en él. Le había seguido en los últimos tiempos esperando ver una resurrección, una señal, un pilotito rojo parpadeante en ese baloncestista convertido en el ojo inerte de un Terminator.

Hace unas semanas, al empezar la temporada, lo vi (con alegría, ya no lo esperaba) en las filas de los Timberwolves agarrado al brazo amigo y creyente, quizá el único, de Thibodeau, el entrenador de los buenos tiempos. Descubrí que sus números no eran malos. Sentí vida en la rosa después de tantos momentos marchitos, de los vientos de la decadencia retransmitida y del principio del olvido.

Fue como si Derrick estuviera al fin tranquilo lejos de los focos, con su salario modesto y su papel secundario en la fría Minnessota. Un día anotó veintiocho puntos con buenas cifras en rebotes y asistencias y me pareció percibir la luz roja en ese ojo muerto. Esa actuación indicaba algo. Su camino era estable, al fin, algo absolutamente novedoso en los últimos siete años. Catorce, once, doce puntos; cuatro y cinco asistencias; cuatro y cinco rebotes en unos veinte minutos por partido eran unas cantidades casi reveladoras. Había un silencio sepulcral, prudente. Miradas de reojo hacia ese seminuevo jugador peinado con trencitas.

Nadie parecía querer cometer otra vez el error de tenerle esperanza hasta que ayer anotó 50 puntos (la mayor anotación de su carrera) ante los Jazz de Utah, el equipo que el pasado invierno decidió dejarlo al lado de unos contenedores de vidrio y de cartón. 19 de 31 en tiros de campo, resolviendo un partido igualado en los instantes finales. 6 asistencias y 4 rebotes. La emoción de sus compañeros, su propia emoción, la emoción del público rival, antiguo público suyo, estallando al término del encuentro. Esta mañana lo he visto todo como petrificado.

La de Derrick Rose se ha convertido en una historia maravillosa con un final (ojalá sea otro principio, en cualquier caso escrita está) como el de ayer. Un final memorable. Inédito. El regreso apoteósico de un talento que se creía perdido para siempre. Nada más emocionante y verdadero y bello que ver el rostro enrojecido por las lágrimas de un hombre al que nunca pensé ver llorar de ese modo, quizá por eso no me gustaba. “Una rosa es una rosa es Derrick Rose” hubiera escrito Gertrude Stein de haber conocido a este jugador. Derrick Rose me ha devuelto el sabor de la vieja NBA, la de mi niñez de Basket USA y todas esas estadísticas que siempre fueron poemas de amor.


Firma invitada: Mario de las Heras ha trabajado en Marca y colabora en revistas como Jot Down, Frontera D o Leer, entre otras. Escribe sobre el Real Madrid en La Galerna.


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