Unos Wolves sin rumbo


Qué rápido cambian las cosas en la NBA. La desolación se transforma en esperanza y rápidamente esta vuelve a sumirse en el pozo de la desesperación y la incertidumbre. En apenas un parpadeo. Nada es seguro en una competición tan volátil e impredecible. Sin una identidad perceptible, una filosofía difusa y una situación salarial comprometida, los Timberwolves miran con pesimismo su futuro.

Hace dos años, en Minnesota alcanzaron los Playoffs por primera vez en catorce años. Un reclamo para la afición que anunciaba la llegada de vientos favorables impulsados por la incorporación de Jimmy Butler a un núcleo joven repleto de talento y en aparente crecimiento. En tres años, los Wolves habían protagonizado una visible evolución, pasando de 16 tristes victorias en 2015 hasta unas prometedoras 47 en 2018, una cifra que no registraban desde 2004 con Kevin Garnett al frente. Sin embargo, el rumbo de la franquicia inició una aparatosa caída libre desde entonces.

Jimmy Butler fue traspasado a Filadelfia después de enfrentarse a la franquicia, Tom Thibodeau sería despedido poco después y Gersson Rosas tomaría el mando de las operaciones de baloncesto después de finalizar el pasado curso con un récord de 36-46. El ejecutivo marcó las primeras directrices del nuevo proyecto de los lobos manteniendo a Ryan Saunders en el banquillo y enviando a Dario Saric a Phoenix para poder ascender puestos en el draft. Un sexto pick que sería utilizado para seleccionar a Jarrett Culver. Posteriormente, Rosas daría comienzo a una pequeña revolución en el roster. Derrick Rose, Taj Gibson, Anthony Tolliver y Tyus Jones no recibirían ninguna oferta de renovación y en su lugar la agencia libre traería consigo las firmas de Noah Vonleh, Jake Layman y Jordan Bell. Además, Shabazz Napier y Treveon Graham llegarían vía traspaso. Savia nueva con la que fortalecer el equipo e intentar construir un proyecto alrededor de Andrew Wiggins y, principalmente, de Karl-Anthony Towns.

Más de dos meses de temporada consumidos, el panorama no invita a la celebración. Ni siquiera a un mínimo entusiasmo o perspectiva positiva. Los Wolves ocupan el 13º puesto de la Conferencia Oeste con un récord de 11-20 después de perder doce de sus últimos trece partidos. La lesión del propio Towns no ha hecho otra cosa que empeorar la situación. En defensa no consiguen cerrar la pintura y permiten demasiadas canastas tras segunda oportunidad, principalmente tras rebote ofensivo. En la ofensiva cuidan mejor la bola y cargan con eficacia el rebote, pero el porcentaje de acierto en el lanzamiento tira por la borda cualquier tipo de ventaja: un 43,7% en tiros de campo (quinto peor registro de toda la liga) y un 32,2% en triples (penúltimos clasificados). Sin ningún tirador fiable, Towns está asumiendo la mayor carga de lanzamientos desde más allá del arco (8,5 por encuentro, con un 41,8% de efectividad) ante la incapacidad de Wiggins (32,6%), Covington (32,9%) o Culver (23.5%) de abrazar cualquier tipo de regularidad. El desplazamiento de Towns al exterior no solo limita su impacto en la pintura sino que, además, perjudica la circulación del balón y alternativas de anotación al poste.

Así, la pregunta que todos nos hacemos es, ¿hacia dónde van estos Timberwolves? Deambulando en tierra de nadie, la confección de la plantilla no permite acentuar las fortalezas ni minimizar las debilidades de su jugador franquicia y principal estrella. No hay suficientes tiradores, solo Wiggins supone una amenaza real más allá de Towns, la dirección precisa de un base capaz de suplir y complementar a Teague y Covington (muy irregular, por otro lado) es el único perfil que entra dentro de la definición natural de especialista defensivo.

Hacen faltas nuevas piezas, intercambios, mover el mercado. Pero no será nada fácil. Los contratos de Towns y Wiggins acapararán 59 millones de dólares de las cuentas de la temporada 2020-21. La salida del alero plantea la dificultad de la elevada cuantía de su salario y Minnesota no es un destino atractivo para los agentes libres, lo que significa que tendrán que elegir muy bien en el draft y recopilar futuras rondas a través de operaciones por sus activos más atractivos.

Su valor más interesante y negociable es Robert Covington, tanto por salario (36 millones de dólares) como por duración del contrato (tres temporadas). Su capacidad para defender cualquier posición de la cancha supone un gran valor para cualquier contender, que podría no escatimar en gastos para hacerse con sus servicios. Su salida, sin embargo, supondría desprenderse de su principal baluarte defensivo, lo que profundizaría en las grietas estructurales del equipo. Otra alternativa es cerrar una operación por Jeff Teague, cuyo contrato se encuentra en su último año. El base podría formar parte de un paquete más grande a cambio de un activo a largo plazo, aunque sus 19 millones de dólares suponen una cifra demasiado elevada en relación a su rendimiento, sus 31 primaveras y las posibilidades financieras de los equipos interesados. Los Wolves, a su vez, no están en posición de permitirse sacrificar futuras selecciones de draft, tampoco deberían renunciar a Culver tan pronto y Okogie, Keita Bates-Diop y Dieng son cebos insuficientes para cerrar una operación por un jugador del nivel necesario para impulsar la pareja estelar del equipo y ofrecer un salto de calidad al mismo.

La pregunta, de nuevo, se repite, ¿qué rumbo deberían tomar los Wolves? No todo es fatalismo y es cierto que todavía es bastante temprano para evaluar el mandato de Rosas y un plan de trabajo que todavía se encuentra en su fase inicial. Parece prematuro preocuparse en exceso dado que Towns se encuentra bajo contrato hasta 2024 y sobre él debería girar todo movimiento que se realice en los despachos. No obstante, recalcó las palabras que daban comienzo a este artículo. Qué rápido cambian las cosas en la NBA. Si los Wolves no consiguen dan con la tecla más pronto que tarde, es muy posible que el interior dirija su atención hacia otras ciudades más apetecibles. De momento, ya hay rumores que sugieren un posible interés procedente de Nueva York. Y ahí sí que ya no habría vuelta atrás.

(Fotografía de portada de Ezra Shaw/Getty Images)


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