52-81 era el resultado a los pocos segundos de comenzar la segunda mitad. El Madison Square Garden, que durante estos playoffs ha sido un hervidero en el que se celebraban hasta los saques de banda, ofrecía el mismo nivel de decibelios que el velatorio de un mimo. Y con razón. Lo que los presentes estaban viendo es a unos Spurs en estado de gracia arrasar a los suyos e ir camino de no solo colocar el 2-2, sino de hacerlo dándole un vuelco anímico a la serie.
Cómo esos mismos aficionados están, poco más de una hora después, celebrando la mayor remontada de la historia de las Finales es algo que resulta difícil de explicar. En un partido cargado de eventos, de jugadas decisivas cayendo para un lado o para otro y de giros argumentales, es imposible tener la perspectiva necesaria para analizar un clásico instantáneo cuando apenas has tenido tiempo de asimilar lo vivido. Por ahora, la única certeza la marca el resultado. Y ese señala un 107-106 a favor de unos Knicks que parecen elegidos por el destino.
Porque no hay otra manera de explicarlo. A ratos por baloncesto, a ratos por energía, a ratos por corazón. Pero llega un punto en el que toda gran proeza, aquella que merece ser recordada durante mucho tiempo cual cantar de gesta, requieren de algún tipo de fuerza que trasciende aquellas que puede explicar la física. Una fuerza que hoy se vistió de azul y naranja para dejar a Nueva York a un solo triunfo de un anillo que, ahora por mil motivos, sería histórico.
Miedo al éxito
Qué pasó. Es la pregunta que se repite una y otra vez en la cabeza de cada miembro de los Spurs que se veía ya volviendo a casa con la serie igualada cuando los texanos volaban sobre el parqué en la primera mitad. Porque si la remontada neoyorquina fue titánica, fue en parte porque la actuación previa de San Antonio fue igualmente colosal. Pero el problema de llegar tan pronto a la cima es que tienes tiempo de sobra para sentir el vértigo.
Y es que, viéndose con tanta ventaja después de anotar triples a un ritmo demencial (14/26 al descanso) y de imprimir un ritmo veloz que les dio por completo el control del choque, los de Mitch Johnson no supieron qué hacer para gestionar su ventaja. Así que hicieron una de las cosas más peligrosas que puede hacer un equipo: jugar a que pase el tiempo. Una táctica que, aunque sobre el papel suena coherente, en la práctica puede acabar resultando jugar con fuego.
Porque jugar a que pase el tiempo se parece mucho a no jugar. Y de repente te das cuenta de que tus cuatro últimas posesiones han consistido en no generar nada para acabar fallando un triple punteado, que el tiempo pasa bastante más lento de lo que recordabas, que has encajado un parcial de 0-10 en dos minutos y medio, que el equipo y la grada rival empiezan a creer y que el riesgo de meterte en un marrón con el que no contabas se va haciendo inexplicablemente grande.
Y eso, para un equipo que ha vivido sus mejores momentos en playoffs cuando ha acelerado y buscado jugar en transición, generó una contradicción para la que no encontraron solución. Sus piernas y su espíritu pedían volver a las esencias, pero la cabeza y el marcador decían que convenía más dormir el partido que agitar la coctelera. Y en ese choque entre ambas llegó el colapso. Ahí se forjó que unos jugadores que habían anotado 76 puntos en la primera parte sumaran solo 30 en la segunda.
Ahí se dejó la puerta abierta. Y ante un rival con la voluntad de estos Knicks, eso roza el suicidio.
The Tip
Y eso que los Knicks tardaron en meterle mano al pomo. La voluntad estaba ahí, y desde la salida del descanso se veía que los de Mike Brown no iban a tirar por completo el encuentro, pero durante muchos minutos la remontada consistió más en un trabajo de desgaste por erosión que en un asedio con ariete. Se percibía que la opción de engancharse estaba en el aire, pero entre la nula aportación de los suplentes, los fallos de Mikal, la escasa aparición de Towns… No terminaba de quedar claro que los locales fuesen a ser capaces.
Pero había dos hombres empeñados en creer. Los mismos que han liderado a los Knicks durante todas las Finales y que hoy se empeñaron en dar forma a lo que todos veían imposible pero ellos solo improbable. Jalen Brunson, capitán general con sus 36 puntos, y OG Anunoby, segundo de abordo con 33, fueron poco a poco entrando en ritmo a medida que la diferencia en el marcador se reducía y el ambiente empezaba a cambiar.
Bajó de los 20, de los 15, llegó a los dobles dígitos, a una sola posesión… Y entonces se desató el caos.
Habría que dedicar alrededor de 10.000 palabras a narrar lo ocurrido en los últimos minutos sin dejarse nada fuera. El triple de Brunson sobre Wemby para el 103-104, la bandeja fallada por Hart completamente solo en contraataque, los tiros libres fallados por Wembanyama, el floater de Brunson para culminar la remontada, la sangre fría de Castle para recuperar la ventaja, la decisión de Fox de intentar finalizar en vez de retener el balón y dejar correr el tiempo, el tapón milagroso de Anunoby…
Si entráramos en detalle, haríamos a Ken Follet parecer autor de micropoesía. Y no es cuestión. Sobre todo porque lo más importante de todas esas jugadas es que condujeron a un palmeo que tiene ya su sitio en el selectísimo Olimpo de las canastas más importantes de la historia.
OG ANUNOBY WITH THE PUTBACK.
— NBA (@NBA) June 11, 2026
KNICKS COMPLETE THE 29-PT COMEBACK FOR THE WIN.
LARGEST COMEBACK IN NBA FINALS HISTORY 🤯 pic.twitter.com/ZtWVWY6JsR
Con 5,7 segundos para el final, San Antonio quería empujar a Jalen Brunson todo lo lejos del aro posible, y decidió para ello poner a Wembanyama ante él para obligarlo a lanzar desde 9 metros. Y cuando tiro rebotó en el aro, parecía que el plan había sido un éxito. Pero había un cabo suelto. Porque sin Wemby en la pintura, ese balón estaba ahí para quien lo quisiera, y un hombre se dio cuenta antes que nadie.
Y mientras el banquillo visitante amagaba con celebrar, Anunoby voló sobre el Madison usando toda la fuerza de sus piernas y la sutileza de sus manos para llevar ese balón al aro. Y de paso, la explosión al corazón de todos los neoyorquinos.
El partido acabó ahí. A San Antonio le quedaban 1,2 segundo para intentar cambiar el curso de la historia, pero entre un mal pase y una peor recepción no llegaron ni a lanzar. Y lo cierto es que, aunque cuesta ser tan categórico con un equipo que ha demostrado tanto, también dieron la sensación de acabar ahí las Finales. Los Spurs están obligados ahora a una proeza, aunque hoy han aprendido precisamente que ni la mayor de las gestas es imposible en este deporte.
Y aunque la hayan aprendido por las malas, esa es la lección a la que deben aferrarse.
(Fotografía de portada: Vincent Carchietta-Imagn Images)





