Hay carreras que se apagan poco a poco a partir de los 30. Y hay otras –las menos– que, cuando parecen entrar en esa fase, nos reservan un último giro inesperado.
El Paul George de Philly del último mes (3-3 ante Boston), podría encarnar la agónica expresión de esto último.
CJ McCollum, una versión más reposada… pero no por ello menos sorprendente. Eterno segunda espada en Portland, cuando su nombre empezaba a deslizarse hacia ese terreno del ‘veterano útil pero prescindible’, ha podido hacer por fin lo que durante años le estuvo vetado: liderar. A su manera.
Buen jugador, sí. Profesional como la copa de un pino, también. Y cada curso, un poco más lejos de los focos. Washington, como destino ideal para claudicar con dignidad, creciendo en el papel de mentor a la par que menguaba el de jugador.
¡Y boom! Aquí está otra vez. Revalorizado. Vigente. Con mercado. Contra pronóstico.
Merecidísimo. Ganado a pulso.
La rebelión de los renegados
Su paso por Atlanta, a donde llegó un 8 de enero, se fue convirtiendo en rescate silencioso que en playoffs ha tenido su traca final fruto de un de impacto real.
Y lo ha hecho en un equipo que decidió dinamitar su estructura —adiós a Trae Young, adiós a Porziņģis— y que, sin embargo, no se derrumbó. Al contrario: cerró la fase regular con un 19-5 que cambió por completo su valor de cotización. No iban a tenerlo nada fácil en primera ronda los Knicks.
Sin necesidad de ser la primera opción –como más a gusto está– pero sí como ese combo guard que ordena, que anota cuando hace falta y que entiende el juego cuando todo se atasca. Sus dos actuaciones en las dos victorias ante los Knicks tuvieron poco de vintage y sí mucho de lo que lleva siendo C.J. durante toda su carrera. Jamás All-Star (duele). Opacado, obviado… más por el dónde que por el qué.
Y es que cuatro años en la intrascendencia competitiva de New Orleans, le habían hecho muchísimo daño. Su traspaso a Washington, solo acentuaba esta sensación de rendición. Y Atlanta (en pleno despiece) apuntaba a ser más de lo mismo.
Pero a veces, lo que no está ideado ni construido para funcionar, súbitamente cuadra. Y aquellos que disfrutan del visto bueno para entregarse al confort del tanking, demuestran que está para mucho más que acomodarse a aguardar el vilo de un nuevo Draft.
McCollum, con 76 partidos disputados esta regular season (mejor marca desde 2018) nunca ha sido de escurrir el bulto. Estadísticamente jamás ha dejado de cumplir. De hecho, en Atlanta no ha mejorado sus cifras de temporadas pasadas (es la primera vez desde 2015 que baja de los veinte puntos de promedio).
Solo que en esta ocasión, el entorno (Kuminga incluido) sí se reveló en su favor.
Y él, jugador de sistema, como efecto multiplicador. Temporadón el suyo.
Un mercado abierto… y una decisión real
Ahora, tras la honrosa eliminación a pesar de cerrar con paliza, llega el verano. Y con él, las preguntas.
Porque Atlanta, no importa cuán de pie haya caído, no es el equipo de McCollum. La franquicia de Georgia no ha tenido tiempo ni para guardar el luto post-Young. Tenía otras cosas más urgentes que hacer, como competir y callar bocas.
Una vez se han dado cuenta de que sin el base son igual o más autosuficientes, el nuevo rumo está claro: Jalen Johnson como eje, Dyson Daniels a su vera, Nickeil Alexander-Walker escarbando un nuevo techo, Okongwu aportando desde dentro, y Kuminga ante el reto de convertirse en aquello que los Warriors siempre supieron que escondía en su interior.
Un núcleo joven, en expansión, con contratos razonables y margen para seguir creciendo.
McCollum, en ese dibujo, podría tener continuidad… pero no a cualquier precio.
Es útil, sí. Incluso podríamos añadir que necesario a corto plazo. Pero pronto estará fuera del arco temporal del proyecto (¿o nos volverá a callar la boca?). Atlanta necesita algunas mejoras para aprovechar la inercia del momento (creación en estático, tiro, tamaño…). Y lo mejor es que tiene el escenario para hacerlo: economía (razonablemente) sana, un pick alto y ningún contrato que pueda ser considerado tóxico.
La decisión, por tanto, no es trivial. Renovarle implicaría mantener una solución inmediata, una red de seguridad. Dejarle salir supondría acelerar el proceso, asumir más riesgo y confiar en que lo que venga —vía draft o mercado— encaje mejor con el medio plazo.
Pero hay otra parte a tener en cuenta en esta la historia. Al propio McCollum.
Porque su situación ha cambiado. Donde hace unos meses había dudas, incluso algo de abulia, ahora hay interés. De un cierre progresivo, las puertas vuelven a abrírsele de par en par, no ya para franquicias que busquen un mentor con quien reconstruir, sino las que persiguen un activo ofensivo con quien competir. Porque a sus 34, ni All-Star ni campeón de la NBA.
Ejecutivos de la liga, según fuentes del New York Times, sitúan su valor en contratos cortos en el rango de 15–20 millones de dólares anuales, algo por encima de la mid-level exception. Nada mal para un ‘2’ de corte agresivo nacido en 1991.
Puede elegir quedarse en Atlanta, asumir un rol decreciente y con varias noches –que las tendrá– fulgurantes, o puede buscar otro escenario. Quizá uno más exigente y exigido. Quizás más… ¿inmediato que el de Atlanta? –quién sabe qué habría podido pasar de salir airoso esta primera ronda–.
Ante sí, en cualquier caso, no está solo un (pen) último buen contrato. También el tramo final carrera con margen aún para añadir algo de peso (y como jugador de peso) a la vitrina.
Por tanto, agencia libre clave para C.J. Y va a tener donde elegir.
Merecidísimo. Ganado a pulso.
(Fotografía de portada de Brad Penner-Imagn Images)





