Cómo las jugadoras de la WNBA metieron (de nuevo) al deporte en política


A finales del pasado mes de marzo, las selecciones masculinas de fútbol de Noruega, Alemania y Países Bajos llevaron a cabo protestas de diverso grado contra el Mundial de Qatar de dicha disciplina, que se celebrará en 2022 y donde, según el diario británico The Guardian, ya han muerto 6500 trabajadores migrantes en la construcción de los estadios. Fue un acto de aplaudir. Pero uno que, al mismo tiempo, dejaba ver lo tarde que el fútbol masculino se unía a un barco que había zarpado tiempo atrás: ese que estaba llevando al deporte de vuelta a la reivindicación social.

Se podría decir, en cierto modo, que el gesto era el último en una cadena de eventos que había comenzado cinco años antes. Pues en julio de 2016, con un acto que pasó mucho más inadvertido, las jugadoras de la WNBA habían iniciado el camino hacia colocar su deporte en el centro del debate social y político. Tal evento marcó el devenir de esta liga, que se acabó tornando en estos tiempos en una especie de faro ético. Sirvió, también, como el primer paso en un proceso que tuvo su auge en la movilización del voto contra Donald Trump, ya en 2020. Y, visto en perspectiva, fue la primera ficha del efecto dominó que politizaría de nuevo todo el deporte de EEUU y, por extensión, el del resto del mundo.

Las protagonistas fueron las cuatro capitanas de las Minnesota Lynx: Maya Moore, Seimone Augustus, Rebekkah Branson y Lindsay Whalen. Y en ese 9 de julio de 2016 inscribieron su nombre en la historia del deporte.

El inicio en Minnesota

En 2016, el mundo de las principales competiciones deportivas vivía todavía estacado en lo apolítico, esa palabra que, hasta hace no mucho, venía a decir que nos conformábamos con lo que había: neoliberalismo y nada más. Pero resultó que llegaron las crisis. Las diferentes formas de protesta social e indignación ante sus consecuencias. La certeza de que no, la historia no se había acabado. Y el deporte —un espacio que demasiado a menudo se ve como una isla apartada de lo social pero que no lo es, y que en otras épocas sí ejerció de altavoz social— estaba a punto de replicar esas ondas.

El día 6 de julio de 2016, Philando Castile, afroamericano de 32 años, murió asesinado por la policía delante de su mujer e hija mientras circulaban en su vehículo en el estado de Minnesota. Castile, después recibir el alto por parte de la policía y explicar que llevaba un arma para la que contaba con licencia, recibió siete tiros por parte de uno de los agentes, que pensó que la víctima iba a sacar el arma de la guantera pese a que este afirmase que no.

Tres días después del asesinato, Maya Moore, Seimone Augustus, Rebekkah Branson y Lindsay Whalen, capitanas de las Minensota Lynx de la WNBA, convocaron una rueda de prensa. Salieron a ella con las camisetas y los lemas “#BlackLivesMatter” y “Justicia y responsabilidades. El cambio empieza con nosotras”. Portaban, asimismo, los nombres de Philando Castile, Alton Sterling —otro afroamericano asesinado por la policía estadounidense en esa semana— y una placa en homenaje a seis agentes tiroteados en Dallas en esos días.

Fue un evento disruptivo, que cortó con lo que venía siendo la tendencia desde finales del siglo XX: la de que los deportistas debían dedicarse a jugar y a callar. Símbolo de sus tiempos para bien o para mal, Michael Jordan había definido a la perfección esa norma no escrita cuando dijo aquello de “los republicanos también venden zapatillas”. Y en resumen, el mensaje era que, para el deporte y sus estrellas, lo mejor era no meterse en fregaos, priorizar beneficios por encima de cualquier reivindicación de justicia. Shut up and dribble, como una presentadora de Fox le dijo un día a LeBron James.

Sin embargo, ante una situación insostenible como la de la violencia de la policía estadounidense ante la comunidad afroamericana, una que cada vez estaba generando mayores oleadas de protesta social en EEUU, las cuatro capitanas de las Lynx decidieron no callarse. Y marcaron, así, el comienzo de una nueva época en el deporte norteamericano.

Rodilla al suelo

Como ocurre a veces, lo que se interpretó como una pequeña gota fue mucho más que eso. Y el acto de las capitanas de las Lynx, aunque de apariencia insignificante, ejerció de preludio para un torrente de agua que estaba por romper la cañería.

A los meses, Colin Kaepernick, junto con algunos compañeros de los San Francisco 49ers, echó la rodilla al suelo durante la reproducción del himno de los EEUU en un encuentro de la NFL de fútbol americano. Ante el himno, homenaje habitual en los eventos deportivos a los soldados estadounidenses caídos en combate, Kaepernick dijo que “no iba a mostrarse orgulloso por la bandera de un país que oprime a los negros y a la gente de color”.

La acción se convirtió, por multitud de razones —por su mayor reconocimiento, por ser una estrella de la liga más seguida de EEUU y, en definitiva, por ser hombre; pero también porque Kaepernick pagó con su carrera deportiva por su activismo—, en un símbolo de la movilización social en el deporte estadounidense. Este, como su misma sociedad, estaba dejando de ser apolítico. Empezaron a brotar muestras de dicho cambio, cada vez más. Y el siguiente, otra vez, se daría en la WNBA, en el origen del proceso.

A los pocos días de que Kaepernick se arrodillase, en un encuentro de la WNBA entre las New York Liberty y Phoenix Mercury, las jugadoras de ambos equipos emularon a Kaepernick. Ante el himno, rodilla al suelo. Eran los comienzos. Pero en ellos, por partida doble, estuvieron presentes las jugadoras de la WNBA.

Hasta el Covid-19

Los años que van desde ese movimiento de las capitanas de las Minnesota Lynx en 2016 hasta la irrupción del Covid-19 están regados de actuaciones de las jugadoras de la WNBA en temas de esos que, hasta hace no mucho, se les recomendaba a los deportistas que no se metiesen. Protestas ante la desigualdad racial y el racismo de la policía estadounidense, por la visibilidad de los colectivos LGTBI+, por el fin de la brecha salarial entre el deporte femenino y masculino.

El proceso se mimetizó en otras ligas y disciplinas. Y, finalmente, la aparición del Covid-19, marcó la eclosión de esta nueva época, en la que la concienciación social de los deportistas ha dejado ser algo residual para convertirse en mainstream. En los meses de encierro, George Floyd y Breonna Taylor fueron asesinados por la policía. La causa del #BlackLivesMatter aumentó hasta alcanzar una intensidad nunca vista. Y en las burbujas en las que la NBA y la WNBA dirimieron su temporada 2020, el mensaje político de ambas fue inequívoco. Se llamó al voto en las elecciones presidenciales de 2020, se ejerció de altavoz para la causa frente a la desigualdad racial. Toda una serie de movimientos que en 2016 podrían parecer increíbles pero que, ya en 2020, semejaban ser una consecuencia lógica de que el deporte no viviese de espaldas a la realidad.

El último tramo en esta escalera hacia la concienciación social que ha vivido el deporte de EEUU lo subió, también, la WNBA. Fue en el caso de Kelly Loeffler. Esta, senadora republicana, ferviente apoyo de Donald Trump y dueña del equipo de las Atlanta Fever, afirmó en su momento estar en contra de la causa del #BLM y de toda la movilización social en al que había participado la liga. “La verdad es que necesitamos menos política en el deporte, que se acabe”, dijo Loeffler, que, sin duda, estaba mucho más cómoda con el deporte como algo apolítico, la forma para que gente como ella campe a sus anchas.

El caso es que, en enero de 2021, Loefler se jugaba su asiento en el senado de EEUU por el estado de Georgia frente al candidato demócrata Raphael Warnock. Eran unas elecciones clave para el devenir del país, pues la victoria de Warnock podría otorgar una mayoría en el senado al Partido Demócrata de Joe Biden, victorioso dos meses ante Donald Trump. Y resultó que varias jugadoras de su equipo, las Atlanta Fever, así como muchas otras jugadoras de la WNBA —lideradas por Sue Bird—, hicieron campaña en contra de su jefa: Vote Warnock fue el lema que se vio en las camisetas de calentamiento durante parte de la temporada 2020.

El espejo

Desde Europa, se suelen ver muchos aspectos de la sociedad de EEUU, deporte incluido, con cierta condescendencia. Como si fuesen productos más frívolos, superficiales, ingenuos; menos arraigados a la realidad que a este lado del Océano. Pero la verdad es que, al menos en el deporte, la visión es injustificada.

Tras la movilización de las jugadoras de la WNBA y las de su propio equipo en su contra, Kelly Loeffler perdió las elecciones frente a Raphael Warnock. Curiosamente, uno de los principales beneficiados fue Joe Biden, el señor mayor del que nadie se esperaba mucha cosa, y que, pese a las grandes dosis de condescendencia desde este lado del charco, acabó por adelantar por la izquierda a la autodenominada socialdemocracia europea.

La sensación, cuando las selecciones de Noruega, Alemania y Países Bajos dieron un pequeño paso adelante hace unos meses, fue el mismo. Hacía años que las jugadoras de la WNBA y, por extensión, el deporte EEUU habían adelantado por la izquierda al de aquí. Exactamente, desde aquel 9 de julio de 2016, día en el que Maya Moore, Seimone Augustus, Rebekkah Branson y Lindsay Whalen tiraron a la basura la idea de que deportista profesional fuese sinónimo de no meterse en fregaos.


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