Drew League, el baloncesto del que nos enamoramos


Mi pasión por el fútbol no fue ni mucho menos temprana. Como infante sabía que era madridista y me sonaba un tal Raúl, un tal Zidane, Figo, Casillas… Pero poco más. No fue hasta bien entrada mi niñez, ya rozando esos años de preadolescencia en los que uno da el salto del colegio al instituto, que me enamoré. Aunque, como en todo amor, ha habido idas y venidas.

Lo que sí recuerdo con bastante nitidez son dos cosas: los torneos de verano del estilo Teresa Herrera y Ramón de Carranza, y los anuncios plagados de superestrellas que hacían Pepsi o Adidas en aquella época. Obviamente, mi entorno sí era futbolero, y se han quedado en mi retina las calurosas noches de verano en las que me obligaban a quedarme un rato sentado en la mesa mientras cenaba y miraba con el rabillo del ojo como el capitán de turno alzaba al cielo gaditano aquel colosal trofeo. Sí, también recuerdo vagamente la exhibición de Robinho.

Tranquilidad. Aún estás en una página dedicada casi íntegramente al baloncesto NBA. He aquí mi punto. Con los años, el baloncesto comenzó a ocupar un lugar en mi vida similar o mayor al que ocupaba el fútbol. Aprendí a compaginar la tarde-noche con la madrugada y a acostumbrarme a consumir deporte en diferido con las primeras legañas del día. Y un tiempo después descubrí con asombro que este mundo albergaba el sentimiento que me despertaba ese primer encontronazo con el balompié. Me topé de frente con la Drew League.


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