El horizonte en Donovan Mitchell

Siempre llamó la atención de la misma forma. De la más primitiva. Aún hoy resulta así.

Contaba Jason Smith, técnico de en el instituto, que una vez decidió abrir las puertas de las instalaciones de la Brewster Academy a preparadores y ojeadores universitarios, las gradas del gimnasio comenzaron a recibir visitas de ilustres tratando de encontrar al próximo gran talento que reclutar. Era el año 2013.

Sin embargo, de igual modo reconocía al periodista Christian Red que había un punto en común en todos aquellos presentes: a menudo estaban más pendientes de sus teléfonos y dispositivos digitales que de lo que pasaba en cancha. Casi una paradoja con respecto a la vida actual también fuera de las pistas.

Sucedía así por costumbre hasta que algo alteró por completo esa dinámica. Mitchell, que hasta sólo unos meses atrás compaginaba su formación deportiva con el beisbol, comenzó a usar el calentamiento para hacer mates. En su caso, a decir verdad, no eran simples mates.

Aquello era una embestida tras otra, poco menos que desahogarse contra el aro. Un hierro que sufría los envites de un perfil explosivo y que parecía haber nacido para ese arte. Fue entonces cuando el constante sonido del martillo de Mitchell provocó que los ojos, clavados en los móviles, levantasen vuelo y se fijasen precisamente en él. La rutina pasó a ser distinta. La mirada inicial ya no apuntaba al teléfono sino al joven que reventaba el aro antes de comenzar los entrenamientos.

Así le conocería Jim Boeheim, por ejemplo. Así llegó también al radar de Rick Pitino, para el que jugaría dos años en Louisville, en la primera división universitaria. El mate ha solido ser su carta de presentación. Pero esconde mucho más.

Mitchell, limitado en cuanto a tamaño para ser un combo guard (1,91 metros), ha mantenido intacta su etiqueta de potencial fiera defensiva y jugador solidario en lo colectivo en el paso a la . Su extraordinaria envergadura (2,08) y desplazamiento lateral, felino en tramos cortos, le ha ayudado a lograrlo. “Es lo que soy. Mi anotación está solo arrancando, en mi vida nunca he sido un anotador. Quizás el último año universitario lo fuera un poco, pero siempre he sido un gran compañero que defendía y trataba de elegir las opciones correctas. Es lo que siempre he intentado ser”, explicaba.

Fue precisamente eso, el compromiso y nivel atrás, lo que más enamoró a los el pasado verano, cuando se lanzaron a por él ofreciendo su elección de Draft y a Trey Liles, a los Nuggets, para hacerse con sus servicios. Al mismo tiempo, su perfil bajo y moldeable convenció a gerencia y cuerpo técnico de que era posible pulir un diamante bajo el radar.

Combustión inmediata

Su estreno defensivo, integrado en una estructura sólida como la de Utah, es más que meritorio en lo individual. Mitchell está bajando el acierto del rival en todas las zonas de tiro, concretamente un 5,2% con respecto al acierto medio del atacante en la Liga, según el archivo de datos de NBA. Y resulta especialmente llamativo el hecho de que logre reducir porcentajes tanto lejos del aro (3,9% desde el triple) como cerca de él (4,2% a menos de tres metros).

Si bien la cohesión colectiva le está costando algo más (con aún falta de pleno entendimiento sobre timing y espacios de ayudas), algo a lo que no ayuda el hecho de que Rudy Gobert —ancla defensiva— se haya perdido la mitad de temporada por lesión, la adaptación atrás es más que prometedora. Cuando Mitchell ha compartido pista con el pívot francés, los datos defensivos de los Jazz se ubican en 103 puntos recibidos por cada 100 posesiones, una marca que pondría al sistema dentro del Top-5 NBA.

La envergadura y explosividad del novato proyectan sus posibilidades atrás, ya que si bien resulta pequeño para determinadas marcas de escoltas, es un jugador acostumbrado a retos defensivos, que no evita el contacto y complementa su perfil con un instinto fantástico para atacar líneas de pase en la circulación rival. Para un novato siempre es complejo adaptarse a la defensa NBA, al final distinta a toda otra competición por cuestiones físicas, de ritmo y supervivencia en el uno contra uno, pero Mitchell invita a salivar con su acción en ese lado de la cancha. Precisamente el que más convence a su técnico.

Pero su impacto no queda ahí.

Lo sugerido en Las Vegas durante la Summer League (28 puntos por partido) no era un espejismo. Y así incluso en una camada de novatos fantástica, con multitud de perfiles dejándose notar, ninguno supera a Mitchell en anotación (19 puntos por encuentro) esta temporada. Su progresión está siendo meteórica en un apartado en el que no estaba previsto que asumiese tanta responsabilidad… y menos tan pronto.

La marcha de Gordon Hayward y —en menor medida la de George Hill— dejó un escenario ofensivo demasiado ligero en Utah, carente de referencias de peso que asumiesen mucho volumen de ataque para desahogar un ataque agarrado al talento, tanto creativo como en la ejecución, del alero hoy ya en Boston. Hayward era ofensivamente demasiadas cosas para los Jazz.

No obstante la vacante ha encontrado en Mitchell, el último en llegar, el mejor candidato a la sucesión. El novato absorbe un 28% de uso ofensivo (volumen de jugadas que un perfil finaliza con tiro de campo, tiros libres o pérdida), tope del equipo, mientras recibe tutorías personales con los técnicos sobre cómo mejorar la toma de decisiones en secuencias de ataque a media pista.

Es el propio Quin Snyder quien las promueve. De hecho mantiene con el novato una rutina de sesiones diarias de vídeo para instruirle sobre la faceta ofensiva, especialmente para que tome conciencia de que como generador puede (y debe) mejorar también las opciones de tiro del resto. No sólo las propias, donde su tren inferior le precipita al aro como un purasangre. Quieren preservar lo visceral incorporando una gama de recursos acorde a su potencial. Mitchell apenas da sus primeros pasos como arma primaria con balón, director de juego desde el bote, pero no pierde detalle. Está aprendiendo a ser algo nuevo mientras ya brilla siéndolo.

“Cuando comete un error, se lo decimos claramente, somos exigentes. Y lo acepta. Por eso sus compañeros le respetan y así es cómo tú consigues crecer, no sólo en tu juego sino en tu contribución al equipo. No pensamos en él como novato sino como un jugador al que intentamos ayudar y al que tenemos que emplear de la mejor forma posible para que nos ayude a nosotros”, expresaba Snyder.

El carácter de Mitchell se está ganando desde el principio al resto, que comienza a verle además como referencia del sistema y no sólo por sus cualidades en cancha. “Es muy poco egoísta. Tiene un componente  de liderazgo porque su compromiso con el equipo, siendo tan joven, es único. Normalmente eso lo percibes con el tiempo en los jugadores, a él no se le está pidiendo que sea líder, él tampoco está tratando de serlo… pero es la forma en la que juega la que está permitiendo que el resto lo vea como un proceso natural”, explicaba el técnico.

Tras unos primeros partidos de toma de contacto, Mitchell se fue hasta los 18 puntos de promedio en noviembre y los 23 en diciembre, mejorando sus porcentajes y abriendo ese mes —diciembre— metiéndole 41 puntos a los Pelicans, la mejor marca de un novato en la historia de los Jazz y la primera vez en siete años que un rookie se iba a esas cifras. Este mes, mantiene los guarismos mientras se asienta como primera opción ofensiva del libreto.

Descifrar el auténtico perfil de Mitchell es quizás lo más sugerente con él, más allá de su fulgurante inicio como profesional. Porque si bien los deseos del cuerpo técnico pasan por hacerle progresar en su toma de decisiones con balón (produce de forma inconsistente para el resto), circunstancia ideal que le abriría por completo el liderazgo ofensivo, abre la posibilidad a coexistir con cualquier tipo de guard a su lado. No importa su posición real, algo que ya definía el propio Snyder con el concepto guard, sino su función y compañías.

Por una parte, contar con perfiles más directores (como Ricky Rubio) le quita responsabilidades en la dirección, permitiéndole jugar más sin balón, donde de momento es mucho más efectivo, tanto desde el triple como cortando hacia el aro. Mitchell es activo e inteligente en acciones de lado débil y su explosividad a menudo hace el resto.

Por otra parte, emplearle como uno y complementarle con un jugador de perfil más tirador o de tamaño para la defensa, es perfectamente factible una vez él va aprendiendo como jugador que produce ventajas desde el bote. Mitchell apunta a un perfil de combo capaz de llevar un ataque sin condicionarlo en demasía.

Durante el último mes, el novato de los Jazz rebasa el 70% de acierto en la zona restringida (la más cercana al aro), un dato de élite, consolidándose como una de las grandes amenazas de penetración en toda la Liga. Acaricia el Top-10 en puntos producidos en ese tipo de acciones, que asume con frecuencia, pero lo hace además con un acierto inusual para un recién llegado a la Liga.

De hecho integra la selecta lista de nombres que realizan al menos doce penetraciones por encuentro y están por encima del 48% de acierto en tiros en ellas:

Las consecuencias no se hacen esperar. Su poder atacando la canasta comienza a generar espacios en la zona del midrange, es decir le ofrece posibilidades de lanzamiento con el fin de que evite finalizar la penetración. De ese modo Mitchell está conociendo el primero de los pasos que le sirve el adversario para evolucionar en su capacidad de ejecución: como medida preventiva a que ataque el hierro, los interiores rivales se hunden y le conceden tiros más librados.

Su preferencia se distribuye entre atacar el aro o lanzar de tres (un 77% de sus tiros llegan en uno de esas dos situaciones), planteamiento acomodado además a la vanguardia ofensiva de las nuevas métricas ofensivas, pero los rivales comenzarán a ajustar mucho más. Es por tanto ahora cuando la inteligencia y toma de decisiones, justo en lo que inciden con él en Utah, comienza a manifestarse. Porque el potencial ofensivo está insinuando un jugador de élite, capaz de y generarse sus propios tiros y ejecutar tanto cerca del aro como en el perímetro (2,2 triples por encuentro, con 34% de acierto), pero su andadura apenas da sus primeros pasos y la exigencia no hará salvo aumentar.

Mitchell es un portento en su arrancada que bien pudiera ser réplica de otros casos de moldes pequeños pero muy explosivos (como Oladipo o, en el más idílico de los casos, el primer Wade). Sin embargo lo apasionante con él es descubrir si puede incrementar su peso creativo y no perder su sello defensivo al mismo tiempo que prosigue su mejora en la ejecución. Comprobar en definitiva si es factible el salto de potro salvaje a perfil dominante. El mejor de los sueños de los Jazz encuentra esos tres pilares en esplendor, un caso que le proyectaría al primer escalón de la Liga. Pero tal escenario requerirá trabajo, paciencia y un contexto saludable en unos Jazz que aún buscan reencontrar su rumbo tras el golpe sufrido en verano.

Su llegada ha devuelto no obstante la esperanza. Sus estampidas hacia el aro han sido y son su forma de darse a conocer, aquello que genera la primera impresión y cambia el gesto. Pero es el horizonte en Donovan Mitchell, lo que puede llegar a ser, lo que verdaderamente puede grabar su nombre en la memoria.

Bien conviene por tanto no olvidarlo.

Nota: este artículo fue originalmente publicado el 24 de enero de 2018.


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