James Harden rodeado de pragmatismo


El texto ha sido redactado antes de la lesión de isquiotibiales sufrida por el jugador.

La leyenda de James Harden comenzó saliendo desde el banquillo en un equipo tan histórico como efímero. Puede que aquel premio al Sexto Hombre del Año en Oklahoma quede como anécdota dentro de la carrera de uno de los mejores anotadores de siempre y, seguramente, el segundo nombre más importante de la historia de Houston Rockets. Sin embargo, su rol en aquellos Thunder sí que nos anticipaba su poder devastador como líder de una segunda unidad.

El periplo de La Barba en la franquicia texana fue un ascenso continuo hacia la eficiencia marcado siempre por la estadística avanzada. Daryl Morey, general manager del equipo durante la era Harden, encontró en el escolta el atajo perfecto para convertir el juego en un ejercicio de productividad. James era capaz de generar ventajas infinitas de cada aclarado, una acción poco eficiente cuando se utiliza con cierto volumen.

Sacarle el mayor rendimiento a ese don convirtió a Harden en un jugador casi industrial a ojos del público. Un autómata que repetía acciones de una factura técnica altísima como quien saca churros de la freidora. Una vez iniciado su característico bote bajo, solo quedaba seleccionar resolución. Triple en step-back o penetración, de la que podría elegir doblar a esquinas, lanzar un alley oop o acabar en bandeja o floater o falta. Las noches de cuarenta puntos llegaban a ser consecuencias lógicas.

Dicha percepción se hacía más acuciante cuando Harden no compartía pista con otro amasador de balón —Chris Paul o Westbrook—. Cuanto más unidimensional era el entorno, más sensación existía de que Houston funcionaba como una máquina en el sentido más literal que cabe imaginar. Perfiles como P.J. Tucker, Eric Gordon, Trevor Ariza, Patrick Beverly o Robert Covington eran chinchetas a la espera de recibir el balón para ejecutar. Jugadores como Clint Capela, Montrelz Harrel o Nené Hilario solo tenían que bloquear y continuar al aro para convertirse en herramientas de una eficacia pasmosa. Todos ellos teniendo su merecido protagonismo en el apartado defensivo, donde Houston también ha sido vanguardia absoluta haciendo del switch su piedra angular.

El proyecto, mostrando síntomas de agotamiento tras luchar durante varias temporadas contra la dinastía Warriors, decidió a mediados del curso pasado dar una última vuelta de tuerca. El small ball extremo que comenzaron a practicar a mitad temporada pasado rodeaba a Harden y Westbrook únicamente de perfiles tiradores y defensivos, donde el mencionado Covington —2.01— era el teórico pívot. Aunque solo en lo nominal.

Los números avalan el experimento de Morey como uno de los más rotundamente exitosos de los últimos veinte años de competición. Revolucionando la NBA por el camino. Pero las caídas en playoffs, por meritorias que fuesen, acaban pesando demasiado. Más aún con los rumores sobre el agotamiento de Harden en postemporada tras exprimirse hasta el extremo durante 82 jornadas de liga regular.

La liberación de Brooklyn

La pesadumbre y hartazgo del escolta no solo se vio a través de su petición de traspaso, sino desde el mismo momento que se enfundó su nueva camiseta para quitarse de encima todo el peso que se amontonaba sobre sus hombros. En su primer partido con unos Brooklyn Nets que recibían a Orlando en el Barclays Center, James Harden ya protagonizó una línea estadística apabullante —32 puntos, 14 asistencias, 12 rebotes y 4 robos—. Sobre el papel, otra actuación rutinaria de uno de los jugadores más prolíficos de la liga. Pero la realidad era otra. La de ver a La Barba en un papel de playmaker cada vez más insólito desde la llegada de D’Antoni al banquillo de los Rockets.

Harden demostró una creatividad en el pase y un flujo ofensivo junto a Durant que hacía años que no conocía. Como si ahora jugase sin cadenas. Desde esa primera noche asentó su papel como generador que hace jugar al resto por encima de convertir a sus compañeros en meras extensiones de una secuencia individual. Incluso Irving lo dejó claro, “tú eres el base aquí”.

Sin embargo, su gran poder como economizador de la simpleza sigue intacto. Para reunir a tres talentos como los de Durant, Irving y el propio Harden, es necesario dar muchas piezas a cambio y rellenar los espacios sobrantes de la rotación con recursos limitados. Las idas y venidas de Kyrie y la lesión de Durant, han provocado que el nuevo base de los Nets haya tenido que compartir pista con jugadores a priori muy limitados, manteniendo un ritmo de victorias que aúpa a Brooklyn al primer puesto del Este con un récord de 33-15 en el momento que se escriben estas líneas.

Aunque la muestra sea demasiado pequeña —únicamente 29.2 minutos— no deja de ser ilustrativo que el quinteto Nets que mayor ventaja saca a sus rivales por cien posesiones —45.8 puntos— sea el formado por Harden, Joe Harris, Tyler Johnson, Jeff Green y Claxton. No solo eso, sino que todas las alineaciones que rodean a Harden de secundarios, es decir, de jugadores que no son Irving o Durant, acumulan un ratio ofensivo superior al de la media de la liga, que se sitúa en 112 puntos anotados por cada cien posesiones. Todas las estadísticas presentes en el texto pertenecen a NBA Stats.

Así, la presencia de Harden hace que jugadores que en principio no serían protagonistas en ataques de élite, se conviertan en parte de un sistema que se sitúa entre los mejores de la liga en su parcela ofensiva. Pese a que determinadas combinaciones sufran demasiado en defensa.

Las estructuras son similares a las que se formaban en Houston. Tyler Johnson, Joe Harris, Landry Shammet y Luwawu Cabarrot abren la cancha; Claxton y Deandre Jordan para el bloqueo y continuación; y Jeff Green como perfil mixto entre ambos. La diferencia con los quintetos de especialistas de los Rockets la marca Bruce Brown y su tremenda lectura del corte desde lado débil, que Harden también es capaz de alimentar a la par que conecta todo lo demás.

Dicha clarividencia posibilita un encaje cómodo de jugadores como Blake Griffin y, aún está por ver, Lamarcus Aldridge. Cuyas carencias a estas alturas se ven disimuladas compartiendo pista con un generador como La Barba. En este punto de sus carreras, reducir su radio de acción puede dotarles de cierta utilidad. Al menos en un lado de la pista.

Un superequipo cuando el balón quema… y cuando no

Pero evidentemente, el techo del equipo no está en jugadores que regarían el banquillo de cualquier franquicia, sino en la unión de tres de los mayores talentos ofensivos que jamás jugaron en el mismo equipo. Encontrar un rendimiento sostenido sin contar con dos de tus tres estrellas es tremendamente valioso para Brooklyn Nets en una temporada apretada por la pandemia. Sin embargo, solo con la suma de Irving la diferencia es insultante, subiendo el rating ofensivo del equipo desde 112.3 sin él en cancha a un 120.9 con Kyrie en pista. Datos que incrementan la diferencia con el rival por cien posesiones desde un -0.5 a un 8.7. Y con Kevin Durant las cifras ofensivas se mantienen, pero las generales se disparan hasta 10.2 puntos por cada cien posesiones.

El diferencial de talento de Nets se hace más evidente cuando la situación es más delicada. Brooklyn es el segundo equipo de la liga que más situaciones de clutch —partidos que entran a los últimos cinco minutos de juego con una diferencia de cinco puntos o menos— ha disputado. En los 29 partidos que han afrontado esta tesitura, se han alzado con 21 victorias, suponiendo el número más elevado de la liga y el segundo en porcentaje.

A la espera de que la muestra junto a Kevin Durant aumente, durante estos tramos James Harden sigue siendo el foco absoluto del equipo. El base es el cuarto jugador de la liga que más puntos ha anotado en situaciones de clutch esta temporada con un total de 98. Y lo que es más importante para el momento en el que vuelvan a estar disponibles todas las piezas, sus 19 asistencias suponen el segundo mejor registro en este apartado.

En su nuevo hábitat, da la impresión de que Harden puede elegir a placer entre mostrar su versión más sanguinaria y autómata en la anotación o su redescubierta faceta como generador creativo. Dándole igual los jugadores que le rodeen o el momento del partido. Una variedad que dispara las opciones especialmente cuando el encuentro pende de un hilo. Esta misma semana, su nombre ha aparecido por primera vez entre los tres candidatos a alzar el MVP de la temporada. Algo habitual en la carrera de James Harden. Menos común es que su candidatura no se base de manera obligatoria en el volumen de sus números y la frialdad de sus porcentajes, sino en cómo llena el ojo verle jugar cada noche.

(Fotografía de portada de Sarah Stier/Getty Images)


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