Kevin Love, Paul Pierce… cuando la ansiedad y la depresión golpean la NBA

Las enfermedades mentales en la NBA siguen siendo un grueso tabú que aún hoy en día es difícil normalizar. Como en su día pudiera ser la homosexualidad hasta que temerarios —valientes— como John Amaechi o Jason Collins tiraran la puerta abajo, el desasosiego psíquico está muy presente en la NBA (“casi uno de cada dos jugadores podría sufrirlo”, dice un técnico letrado en la materia); y al mismo tiempo es un tema incómodo, desagradable y sobre el que resulta atractivo pasar de puntillas antes de introducir el bisturí para tocar fibra. Más si se está implicado en uno de los actores principales de la competición. Así fue hasta ahora, con infinidad de profesionales a lo largo de la historia padeciendo los golpes de una enfermedad invisible que destruye rendimiento, primero, después tiempo privado y más tarde carreras y vidas. Y sobre el tema ha querido alzar la voz , jugador de los Cleveland Cavaliers que admitió haber atravesado duros reveses por culpa de la ansiedad y la depresión.

“Pensaba que me moría”, ha llegado a admitir el ahora jugador franquicia de los Cavs, después de sufrir un ataque de pánico como punta de un iceberg que amenazaba con destruirle por dentro. No lo hizo, por fortuna, y por ello ahora Love ha cogido el altavoz y hecho pública su historia (que recoge de manera magistral ESPN). Love ha puesto nombre a sus problemas y ha hecho que copen titulares para poder servir de ejemplo a otros jugadores que solo ven la cruz del problema. Al mismo tiempo, su confesión pretende concienciar al mundo de que los deportistas de élite no son robots, sino que sienten, padecen y sufren enfermedades de todo tipo, también mentales, que pueden llegar a arruinar sus vidas.

Su agalluda confesión se remonta a último All-Star de la NBA, el de 2018. Después del encuentro, la constelación del partido entre los mejores celebraba el final del ilustre fin de semana. LeBron James, Kevin Durant o James Harden estaban por ahí agasajándose a sí mismos en una cena conjunta entre jugadores y miembros cercanos a ese exclusivo círculo. Pero no Kevin Love, que por primera vez se estaba sincerando con la periodista Jackie MacMullan (ESPN). Era la primera vez que el jugador contaba a alguien que estaba sufriendo reveses serios fruto de la ansiedad y la depresión. Fue una primera toma de contacto con el problema, con alguien que además no era de excesiva confianza para él, pero las confesiones helaban la sangre de su interlocutora.

Ataque de pánico: “Me moría”

Tres meses antes de eso, Love vivió uno de los peores momentos de su vida. En un partido ante los Atlanta Hawks, el ala-pívot empezó a sentir un irrefrenable un ataque de pánico y tuvo que, de repente, abandonar el encuentro. Prensa, fans o compañeros no entendieron nada mientras él sufría prácticamente en silencio. No había sido la primera vez, pues tras otro encuentro (en enero) ante Oklahoma, Love también sintió la imperiosa necesidad de que tenía que abandonar el ritmo normal de su equipo. Y lo hizo. Su ansiedad podía en ese momento más que su profesionalismo y compañeros como Dwyane Wade o Isaiah Thomas llegaron a explicitar su falta de entendimiento con el problema. No estaban cómodos con la situación ni el secretismo sobre qué ocurría con Love, pero es que nadie sabía nada acerca del desafío mental que se libraba dentro de la cabeza de su compañero.

“Vino de repente”, explica Love. El jugador manejaba problemas familiares, falta de sueño y presión por las expectativas en Cleveland. Eso fue la tormenta idílica para que su cabeza explotara. “Mi corazón se me salía del pecho. No podía tomar aire para mis pulmones. Estaba tratando de liberar mi garganta metiendo mi mano en ella. Me vi corriendo de cuarto en cuarto intentando buscar un algo que no podía encontrar”, recuerda Love. Era un ataque de pánico, el peor que había sufrido hasta entonces, y llegó en mitad de un partido oficial de temporada —el citado ante Atlanta—. La descripción alcanza lo tétrico.

“Fue terrorífico. Pensé que me estaba dando un infarto. Estaba muy asustado. Realmente pensaba que iba a morir en ese momento”, confesaba Love de aquel ominoso momento, que acabó con el jugador en el hospital. Para colmo, como los análisis sobre su corazón no ofrecían ningún punto negro, sus compañeros estaban confusos y hasta algo enfadados con él. “No tenían ni idea de por lo que estaba pasando”, subraya el ala-pívot de los Cavs.

Herencia familiar y tema tabú

Esa crisis, su punta del iceberg particular, no había llegado sin avisar, pues en su familia ya había pedigrí de enfermedades mentales y el propio Love había tenido tímidos brotes cuando era adolescente. “Tengo ansiedad, pero también vengo de una familia con una historia con la depresión. Es difícil hablar de ello, difícil de afrontar. Tuve que decirme a mí mismo que si no quería que eso afectase a toda mi vida, tenía que dirigirlo”, contaba Love en aquella noche post All-Star, justo en el momento en el que empezaba a hacer público su problema. Comenzaba a ganar la batalla que hoy aún asegura librar pero, eso sí, desde otra perspectiva de mayor privilegio.

Y, como profeta del ejemplo que pretende ser haciendo público su caso, Love tiene claro que un enemigo natural de la ansiedad y la depresión es la discreción. “Lo último que esto debería ser es un tabú, pero es así. Pienso en mi padre (también jugador de la NBA, Stan Love) y en su generación. No hablaban de nada. Lo soportaba todo dentro”, hablaba Love aquella noche de febrero en la que empezó a ganar.

Para hacernos una idea de la dimensión que tuvo aquella confesión de Kevin Love a MacMullan justo después del All-Star 2018, el jugador habló de este taimado asunto antes con la citada periodista que con su propia familia. Estaba empezando a liberarse.

Muy valiente fue Kevin Love, que meses después hizo pública —del todo— su situación en un artículo para The Players Tribune (con título “todo el mundo está pasando por algo“) en el que exteriorizaba la agonía que venía cocinándose en su cabeza en los últimos tiempos. Con eso y el artículo de MacMullan en ESPN la figura de Kevin Love asciende a un completo pionero en cuanto al tratamiento público de las enfermedades mentales en la NBA. El tabú lo es hoy menos gracias a su confesión y a la concienciación que pretende establecer con su casuística.

No está solo: DeRozan, Okafor, Pierce…

Como hemos comentado al comienzo de este artículo, Kevin Love no está ni mucho menos solo en los achaques mentales de un jugador profesional. John Lucas, otrora jugador NBA y ahora asistente en los Rockets, comentó la pasada temporada que hasta un 40 por ciento de los jugadores de la liga sufren algún contratiempo mental, pero que solo el 5 por ciento pretende ahogarlo buscando ayuda. El problema, por soterrado, no es inexistente, como pretende hacer ver Kevin Love en su proclama.

Otros jugadores con cierto peso en la liga también han hecho públicas sus turbulencias mentales en algún momento, como es el caso de (ahora estandarte en San Antonio), Channing Frye o el del joven Jahlil Okafor, que la semana pasada sorprendía con un post de Instagram en el que aseguraba haber aprendido una valiosa lección en la vida del profesional: “Aprender a identificar y combatir la ansiedad“.

“La gente piensa ‘por qué tienes depresión si puedes comprar todo lo que quieras. Me gustaría que todo el mundo fuera rico para que vieran que el dinero no lo es todo”, aporta DeRozan, como decimos, otro superviviente confeso de episodios severos de ansiedad.

“Si se cree que no hace falta coraje para confesar algo así, entonces no conoces la mentalidad de la NBA”, comentaba al respecto la leyenda Charles Barkley, jugador por cuya cabeza pasaban todo tipo de ideas en sus días como jugador, quién sabe si alguna relacionada con algún trastorno mental pasajero.

Ya se sabe, la NBA y su juego de egos (también de Tronos), estamentos diferenciados y persecución eterna del respeto de toda la liga son un enemigo de cuna para este tipo de confesiones. Muchos pueden ver la exteriorización de este problema como una debilidad, pero no lo creen así Love y los demás jugadores que hablan sin arabescos del tema. Otro claro ejemplo fue Markelle Fultz la pasada temporada.

El curioso caso de Fultz

El número 1 del Draft 2017 se las prometía bien felices a comienzo de la temporada pasada en Philadelphia pero una dichosa y extraña dolencia en el hombro le alejó de su mejor nivel y de los halagos que coleccionaba desde junio. Tras multitud de pruebas y escándalos por su cambio en la mecánica de tiro, una revelación de Fultz arrojaba algo de luz en todo el problema.

“La depresión, ansiedad y los ataques de pánico no son un signo de debilidad. Son signos de haber permanecido fuerte durante mucho tiempo. Uno de cada tres de nosotros atraviesa depresión, ansiedad o ataques de pánico una vez en la vida. ¿Compartirás esto en tu muro? Muchos no lo harán. Para los que sí, gracias por compartir el apoyo. Hagamos saber a los que sufren que no están solos”, escribía Fultz en su cuenta personal de Instagram. Una traducción aliviada de lo que había venido sufriendo —problemas físicos en su hombro aparte— durante su temporada inaugural en la liga. Otro, pues, con una batalla invisible y peligrosa dentro de sus fronteras.

El infierno de una leyenda: Pierce

Más ilustres. Un nuevo jugador que tuvo que ingeniárselas para anotar delante de la ansiedad y los problemas mentales fue la leyenda .

El símbolo verde empezó a atravesar esa clase de revés después del episodio —de sobra conocido— sobre su apuñalamiento en un local nocturno de Los Angeles en el año 2000. Después de eso, su cabeza comenzó a dar señales de que le iba a costar mucho recuperar el sosiego personal y profesional del que había disfrutado antes.

“Fui apuñalado 11 veces. Me sentía como atrapado en una caja. No podía ir ningún sitio público. Luché contra la depresión durante un año. Lo único que me salvó fue el baloncesto”, reconocía Paul Pierce.

Todo se remontaba a su noche fatídica en Los Angeles, con su vida en el alambre luchando a toda velocidad de camino a un hospital. Después de ganar aquella batalla y superar el trago de ser apuñalado en 11 ocasiones, Pierce salió del hospital pero seguía con síntomas de nerviosismo y ansiedad; tampoco se llevaba demasiado bien con el sueño. Así que los Celtics le instaron a buscar la ayuda de un profesional. Pero el orgulloso verde se negó. “Pensé que podía hacerlo por mí mismo. No quería a nadie externo dentro de mí”.

Las cosas no mejoraban para Pierce y estuvieron lejos de hacerlo después de otro episodio que disparó su enfermedad: se encontraba cenando en un restaurante en Boston y el encargado del local le dijo que alguien le llamaba por teléfono; cuando recibió el aparato, al otro lado un interlocutor anónimo le dijo “voy a matarte”. Y la estabilidad Pierce crujió con rotunda sonoridad.

En los meses siguientes estuvo paranoico, sin querer ir a ninguna parte y con miembros de la policía delante de su casa durante varios meses. “Yo mismo era un desastre”, admite años después el propio Pierce.

“Creo que esa fue la razón por la que volví tan rápido a las pistas (después del apuñalamiento). Sentarme en casa a pensar sobre el incidente no funcionaba. Iba entonces a cada entrenamiento, me sentaba en la banda durante horas porque era donde me sentía seguro, a salvo. No quería que esos entrenos acabaran porque después tenía que volver a un mundo que me aterrorizaba”, sigue confesando Pierce.

Tal punto alcanzó la patología de Paul que el alero no soportaba permanecer en lugares públicos. Aquella temporada 2000-01 los Celtics habían ideado un formato de interacción fans-jugadores por los que ambas partes interactuaban en los aledaños del pabellón de juego antes de algunos partidos y entrenamientos. Pierce aceptó participar en un principio pero una vez ante los leones, rodeado de gente, tuvo que soportar las iras de los ataques de pánico. “No podía estar al lado de una multitud. Me llevó años superar eso”. “Le dije a los Celtics que no podía hacer eso. El segundo año (de esa iniciativa) pensé que estaba algo mejor, pero duré dos minutos y ese sentimiento de pánico empezó otra vez. Estaba como seguro de que algo malo iba a pasarme”, pudo comentar ya años después, claro, Pierce.

Mirando hacia atrás, Pierce se arrepiente de no haber atendido los consejos de los Celtics y haberse puesto al servicio de un profesional de salud mental. Su decisión de llevar él mismo todo el peso de sus fantasmas le alejó, de hecho, de familia, amigos y compañeros. “Tenía que haberme abierto antes de lo que lo hice. Me estaba comiendo vivo. Cuando finalmente me decidí a hablar con alguien de mi familia, eso me ayudó”, finaliza Pierce. Y no es el único gran jugador con episodios reconocidos de este tipo de enfermedad, pues Chris Bosh también admitió haber tenido que huir de los tormentos que llamaban con fuerza desde su cabeza.

Normalización y tratamiento

Precisamente en esa línea pretenden ir todas las confesiones de Kevin Love para con la depresión y la ansiedad. La normalización, identificación, conocimiento y debido tratamiento son los mejores puntos que cualquiera con fantasmas de ese tipo puede anotar.

Tal vez en unos años se recuerde a Love y compañía como los pioneros que empezaron a llamar a la ansiedad por su nombre en la esfera del alto deporte estadounidense. Como ocurriera con Amaechi o Jason Collins en el lado de la orientación sexual, han puesto nombre al problema para que generaciones posteriores puedan encajarlo de una mejor manera.