La odisea de los familiares de jugadores hasta la burbuja NBA


El 14 de junio, poco antes de convertirse en uno de tantos chicos-burbuja propiedad de la marca Disney, Danny Green propuso matrimonio a su novia, Blair Bashen, en la playa de Southern California. Una dicha infinita si no hubiera sido porque, tres semanas después del arrodillamiento, el jugador de los Lakers tendría que abandonar el nido para concentrarse: primero, con su equipo y, después, confinarse en el resort de lujo que la NBA improvisó para liquidar la temporada y no armar una catástrofe todavía mayor.

A principios de esta semana, Green pudo citarse de nuevo con su prometida en persona. Casi dos meses después en los que él mismo, y todo el gremio de jugadores, han estado más solos que la una dentro de la burbuja. Es un decir, pero sí es cierto que se han tirado los casi dos meses de Disney sin ver a ningún miembro de su familia o amigos no referidos al baloncesto.

Con la llegada de las semifinales de conferencia, entró en escena el protocolo que la NBA inventó para estas alturas de los playoffs: todos los equipos que avanzaran a la segunda ronda tendrían el premio de poder reunirse con una reducida avanzadilla de familiares. Ese momento ha llegado y, en los últimos días, la burbuja ha recordado en muchos casos al plató de Sorpresa, sorpresa.

Los jugadores tenían más ganas de familia que el alto mando vaticano durante la fiesta del Orgullo.

 

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