La tragedia griega de Isaiah Thomas


Podría decirse que Isaiah Thomas ha surcado todas las caras del negocio NBA. Ha sido “demasiado pequeño para jugar (mide 1,75 metros)”, una moneda de cambio permanente, levantó de sus asientos durante dos temporadas seguidas a los fieles de una catedral del baloncesto como es el TD Garden y fue rechazado, devuelto, negado, después de alcanzar niveles nunca imaginables en un jugador con su carrocería física.

All-Star en dos ocasiones (2016 y 2017), líder de unos chispeantes Celtics y hasta quinto en las votaciones para el MVP (2017), ahora Isaiah ha regresado a la casilla de salida. A donde todo a su alrededor es desconfianza. Sin crédito en ninguna parte, ha sido traspasado un sinfín de ocasiones (tres en los últimos dos años y medio) y ahora se ha quedado sin equipo tras ser cortado por los Clippers. La suya es la tragedia de quien estuvo a punto de hacerse con un contrato máximo y terminó mendigando minutos donde pudo. Con los bolsillos medios vacíos —comparativamente con sus compañeros de profesión— vuelve a ser ese agente libre que roga una oportunidad.

La historia ha vuelto a empezar para el menudo base, ahora de 31 años. Isaiah se pasó toda la vida en una reivindicación permanente. Sofocando los incendios de desconfianza que provocaba su físico. Ya antes de entrar en la universidad (Washington) los técnicos habían augurado que no llegaría muy lejos con una estatura tan parca. Se equivocaron. A fuerza de talento y esfuerzo Thomas estuvo tres años en la NCAA (30,4 minutos y 16,4 puntos). Un trienio que le valió asomar la pata al profesionalismo. Número 60 del draft 2011, la última elección por los Sacramento Kings, haber clausurado la ceremonia tampoco le valió un hueco en la NBA. Tuvo que ganárselo a sangre y fuego, a dentelladas, durante el verano del lockout; entre entrenamientos, competiciones estivales y otoñales. Muy pocos en los Kings daban un duro por que pudiera hacerse con un puesto en el equipo en junio, pero lo consiguió.

Toda su vida había cargado con el pero de su altura. Y siempre había conseguido reponerse, desfigurar ese eterno prejuicio sobre su juego para que terminaran dándole una oportunidad. Ocurrió en la universidad y más tarde en los Kings, donde empezó su carrera en la NBA.

Había llegado a donde deseó toda la vida, sin embargo un par de temporadas notables (20,3 puntos de media en su último curso en California) no eran suficientes para convencer al entorno. Los Kings le traspasaron (sign and trade) a Phoenix y de ahí, solo unos meses después, le largaron a Boston, donde recogería la mejor cosecha de toda su carrera.

En los Celtics disputó sus dos All-Star, siendo el primer jugador que lo conseguía desde la última posición 60 del draft, y figuró en las conversaciones para el MVP. El gran sueño americano interpretado por el jugador con el que mucha gente empatizaba. Resultaba tan diminuto que era imposible no celebrar sus puñaladas al aro rival. En Boston hasta entró en el segundo mejor quinteto de la temporada y dejó registros como el mayor anotador en últimos cuartos (casi 10 tantos de promedio) desde 1996.

Isaiah era The King in the Fourth, parodiando a otro eterno proscrito de la pequeña pantalla como John Snow en Game of Thrones. Tocaba el cielo con unos inesperados Celtics que hasta jugaban finales de conferencia en aquel frondoso 2017.

Playoffs, la cadera y su hermana

En aquella temporada 2016-17, Isaiah conmovió al mundo. Lo hizo porque continuó jugando a gran nivel pese a que una latosa lesión en la cadera estaba poniendo en peligro el resto de su carrera. También lo hizo cuando falleció su hermana Chyna Thomas. Del funeral, en Washington, a la cancha haciendo casi mil kilómetros para seguir dejando actuaciones increíbles en los playoffs. Antes del partido posterior al entierro de su hermana, Isaiah se derrumbaba en plena cancha. Con Avery Bradley sin saber qué decirle en medio del chaparrón de lágrimas. Devastado por el dolor, todavía en shock, Thomas no dejó de jugar ni de invocar actuaciones memorables en la semifinales del Este ante los Wizards. Ronda que su equipo terminó ganando.

Ninguneado durante toda su vida hasta entonces, Thomas había encontrado alojamiento a largo plazo en un lugar que le veneraba y donde había podido despertar su mejor versión. Además, había llegado a las finales del Este antes de tiempo, con un grupo de verdes que no estuvo engendrado para tal fin. Estaban todavía en proceso de cocción, pero Isaiah adelantó varios pasos.

Traspaso a Cleveland

Haber sido All-Star, promediando 28,9 puntos y 5,9 asistencias, candidato a MVP y todo un símbolo de la ciudad de Boston no impidió volver a colgarle el sambenito de siempre. No era suficiente para que los Celtics dieran el arreón final que deseaban. Al igual que en Sacramento o Phoenix, tampoco tenía sitio en el futuro de los verdes. Otra vez.

La lesión en la cadera le había erosionado el físico de gravedad y se dudaba de si podría volver a ser el mismo. Lo había dado todo por los Celtics pero en julio de 2017 era traspasado a los Cavaliers a cambio de Kyrie Irving.

La triste herencia física que le dejaron aquellos playoffs de 2017 le impidió debutar con su nuevo equipo, los Cavs, hasta enero. Tal era el problema en su fisionomía que el traspaso estuvo paralizado más de una semana hasta que en Cleveland pudieran constatar hasta qué punto Thomas estaba roto por varias partes. Como consecuencia de esa investigación, Boston tuvo que añadir una segunda ronda del draft extra en el traspaso, como compensación por el pecaminoso estado físico de Isaiah.

Había pasado de ser un All-Star, uno de los jugadores más respetados de la Liga, a parecer, de nuevo, mercancía. En este caso hasta un producto roto, defectuoso. Con los Cavaliers solo disputó 15 partidos y entonces volvió a ser traspasado, en febrero. A los Lakers, que estaban en plena reagrupación de filas para poder intentar hacerse con LeBron James el verano siguiente.

Renovación máxima, al garete

Isaiah terminaba contrato aquel verano de 2018 y tras un año en el que su rendimiento e influencia habían descendido (15,2 puntos y 4,8 asistencias) no olió ni una décima parte de los millones que le hubieran correspondido si hubiera tocado renovar contrato un año antes.

No eran solo los números, la sensación era de que Thomas estaba gravemente afectado por su problema en la cadera, que no era el mismo. A eso se unía la eterna cantinela de que su presencia en cancha minaba las artes defensivas de cualquier equipo (algo cierto, por otra parte). De ese modo, en su mejor momento con Boston, Isaiah podría haber autografiado una extensión de contrato de hasta 170 millones de dólares por cinco años en el mejor de los casos (máximo). Otro escenario menos optimista, pero sí más realista, resultaba un contrato abundante pero no cumbre: unos 100 millones en cuatro años (25 por curso). Los podría haber firmado sin problemas.

Un año después de aquellas cábalas, su realidad era bien distinta. Todos sus problemas de los 12 últimos meses le privaban siquiera de las migajas de lo que hubiera podido conseguir. Nuevamente con turbulencias físicas graves (dichosa cadera, que tenía origen en una artritis aguda y problemas de cartílago), Isaiah firmó con Denver por un año y el mínimo salarial. La vida le había golpeado con contundencia pero tendría que coger impulso en aquella temporada 2017-18 para volver a su mejor caudal. Al nivel y contrato que había merecido No fue así. Pasó por los Nuggets sin apenas importancia en la rotación (solo 12 partidos) y sí muchos problemas físicos.

En el verano de 2019 volvió a plantarse como agente libre que mendigaba un hueco donde recordar su mejor arsenal. Lo encontró en Washington, lugar donde había ido a la universidad. No es que ese viaje haya sido un desastre, pues Isaiah completó buenos partidos (12,2 puntos, 3,7 asistencias), pero sí estaba lejos ya, una caricatura, de su explosión en Massachusetts.

La semana pasada volvía a ser traspasado, por quinta vez en su carrera y tercera en los últimos dos años y medio, para terminar siendo cortado por los Clippers. Isaiah ha regresado a la casilla de salida, en la que muy pocos o nadie confiaban en sus habilidades.

En parte, el base puede haber perdido la chispa, esa confianza individual, esa pasión, desencantado por haber conocido el lado más cruel del negocio. Tanto en forma de salida de Boston como de lesiones. También ha influido su descenso de explosividad física que se dejó por el camino con la lesión de cadera sufrida en 2017. Eso y la eterna tara de la defensa.

Una tragedia griega la del que fuera jugador más menudo de la NBA, que de poder ganar 100 millones de dólares o más, solo ha acumulado cinco en los últimos dos años. No firmará ya nunca ese gran contrato que mereció durante un par de cursos seguidos. Como tampoco es probable que volvamos a verle en plenitud.

(Fotografía de portada: Patrick Smith/Getty Images)


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