La última frontera en Damian Lillard

Los Blazers representan una de las grandes historias de la temporada. Viviendo casi permanentemente bajo el radar caminan hacia un lugar de privilegio en el Oeste, en forma de ganar su División y conseguir el factor cancha en primera ronda de playoffs. Tal y como está su conferencia, sería una circunstancia de enorme valor.

Lo están logrando además de un modo muy particular, porque si bien son conocidos por sus recursos ofensivos, especialmente de su pareja de perímetro, en esta ocasión su éxito parte a menudo de cómo se comportan cuando defienden. Portland está controlando partidos de una forma que pocos esperaban, justamente ese mismo modo con el que Terry Stotts —arquitecto del éxito y de nuevo cuajando un curso sensacional— soñaba.

Nada lo ejemplifica mejor que el caso de su líder, . Un jugador al que seguramente conoces bien por acciones como esta:

… pero uno que es ya mucho más que eso.

Lillard apuntando a su muñeca y preguntando retóricamente al aire qué hora es supone un rito clásico para revelar su influencia cuando el balón más quema. El jugador formado en Weber State vuelve a estar este curso entre los diez hombres que más anotan en el clutch (situaciones de cinco minutos finales de partido con diferencias de +/-5 puntos), mientras rebasa los 26 puntos por noche con porcentajes solventes para su enorme volumen (y dificultad) de tiros. En ello es de sobra conocido. Que eso pueda estar aún subestimado es ya otro tema.

Pero Lillard, y aquí lo verdaderamente decisivo, ha dado un paso adelante más que notorio atrás. Sí, atrás.

No sólo él, también C.J. McCollum, su socio de perímetro y con el que forma uno de los combos más devastadores de la NBA en el costado ofensivo (48 puntos por partido entre ambos). Ellos son dinamita en ataque. Pero del mismo modo eran vistos como potenciales agujeros que perforar en defensa, a través de los cuales castigar la competitividad de los Blazers. En el fondo así sucedía. Daban mucho adelante, pero también quitaban lo suyo atrás. La balanza a menudo compensaba pero no lo suficiente como para buscar el escenario ideal en Oregon: crear un equipo candidato de verdad.

Debido a una cuestión de tamaño (forman un backcourt pequeño y ligero) e implicaciones ofensivas (adquieren gran peso ahí y, por fatiga, su nivel se resentía en el otro lado), cada adversario de Portland ha solido estos años hallar grietas en esa pareja para, especialmente eliminando sus marcas con simples bloqueos, atacar de forma más cómoda. En la NBA más perimetral de la historia, con la mayor amenaza exterior conocida, ese hándicap suponía una tortura para Portland.

Eso ha cambiado.

Comenzó a hacerlo en la fase en la que suelen sembrarse los grandes avances en jugadores NBA: el verano. Al contrario que otras veces, ambos evitaron rutinas centradas en manejo de balón y tiros tras bote para centrarse en ejercicios defensivos. Sesiones de anticipación, de lectura de la acción rival, visionado constante de jugadas para analizar. El objetivo no era otro que mejorar atrás, usar su experiencia en la Liga para entender mejor qué sucedía en ese costado y cómo minimizar daños. A la vez, buscaban borrar el estigma que les perseguía ahí.

“Estaba ya cansado de escuchar lo mismo: ‘Es capaz de hacer esto, esto y esto otro… pero no defiende’. Y eso importa. Es una de las cosas de mi juego que es sencillo criticar. Puedo jugar muy bien en ataque pero tampoco puedo quejarme cuando después la gente dice cosas sobre mi defensa, porque soy consciente de que en muchas tienen razón”, reconocía Lillard. Identificar el problema, no negarlo, es el primer paso para su solución.

“Siempre digo que parte de esto se debe a mi responsabilidad en ataque, a veces estoy muy cansado, me encuentro un bloqueo duro, al mismo tiempo alguien corta por el otro lado y me pierdo en la acción. Mi concentración debe ser mucho mejor en ese sentido. Pero también creo que con los años vas aprendiendo detalles, los movimientos de los rivales, sus jugadas… no creo que realmente sea un mal defensor, debo decir. El esfuerzo nunca ha sido un problema ahí pero tener mucha responsabilidad en ataque ha tenido impacto en mi rendimiento y juicios posteriores”, explicaba a medios locales.

Lillard se presentó en el training camp con menos peso, mejor preparado que nunca en lo físico y más mentalizado que nunca en lo táctico. Quería dejar de restar atrás. McCollum apuntaba en su misma dirección, su verano había circulado por el mismo sendero.

“Trabajamos mucho con el cuerpo técnico, en lo físico y analizando vídeo, tratando de saber ángulos mejores para defender y un modo más apropiado de pasar los bloqueos que nos ponen. También entender mejor los esquemas y tendencias del rival ayuda. En la NBA debes tener una cosa clara, hay jugadores muy buenos que pueden anotar incluso ante una gran defensa, pero la cuestión es ser capaz de ponérselo lo más difícil posible”, contaba McCollum a diarios de Oregon hace meses.

Stotts recibió el trabajo veraniego de su perímetro, centrado en lo defensivo, como un niño la mañana de Reyes. Supo rápidamente que de ahí podía partir un progreso real en su equipo. Fue consciente de las nuevas dinámicas y las alimentó de forma inteligente. Aprovechó la oportunidad y proyectó esas buenas nuevas de dos formas. Iba a llevar algo de tiempo pero la espera no iba a ser en vano.

Primero lo hizo apoyado en Aminu y Nurkic atrás, sus dos piezas vertebrales atrás por su peso en las ayudas. Mención especial para el nigeriano, un portento atrás todo el año y a menudo infravalorado en ese aporte. Segundo, relativizando en lo posible secuencias ofensivas para bajar algo la carga que asumían Lillard y McCollum, para lo cual también ha ido involucrando más a Napier, otra alternativa creativa que usar también en la baraja junto a Turner y diseños ofensivos para jugar con sus hombres altos en el poste alto.

Servida la idea, después la constancia del dúo exterior y la gestión técnica ha posibilitado el cambio.

Portland ha pasado de tener su defensa en el vagón de cola de la Liga el curso pasado, con 107,8 puntos recibidos por 100 posesiones, a acreditar la séptima mejor esta temporada, con un rating defensivo de 104. Desde el triple, agujero atrás la última campaña (entre los cinco peores datos), también se ha mejorado el dato hasta acercarlo a la media NBA. Alteraciones importantes desde un punto de vista competitivo.

Lillard, de nuevo, vuelve a abanderar ese cambio:

TemporadaDefensa de PortlandDefensa con LillardDefensa sin Lillard
2017-18104 (7º)103,5105,1
2016-17107,8 (21º)108,9105,7

Pero no es sólo que el equipo no padezca atrás con su líder en pista, sino que sus propios datos defensivos han mejorado notablemente. No es tanto brillar como evitar el castigo. Es decir, no es que Lillard haya pasado a ser élite en defensa, en absoluto, pero su salto adelante sí es reseñable porque refuerza la estructura colectiva. También sucede con McCollum. Que no se les pueda atacar tanto hace, de forma indirecta, mucho mejores a los Blazers.

El cambio de Lillard, en cifras:

LillardTiros defendidosAcierto permitido al rivalMedia NBA acierto bases
2017-1810,442%44,1%
2016-1711,445,3%44,1%

Su socio de perímetro también ha mejorado prestaciones atrás:

McCollumTiros defendidosAcierto permitido al rivalMedia NBA acierto escoltas
2017-18 11,244,6%44,8%
2016-17 11,846,1%43,9%

Ambos pasan mejor los bloqueos, saben cuánto incomodar líneas de pase amenazando el robo y son bastante más efectivos en sus rotaciones desde el lado débil. La traducción a esos detalles es muy simple pero no precisamente de poco valor: condicionan menos atrás y provocan que el atajo de antaño para castigar a Portland, involucrar a su perímetro en bloqueos para lograr superioridad, desaparezca con frecuencia.

Ed Davis, compañero en los Blazers, advertía la tendencia ya muy pronto este curso. Hablaba sobre el cambio de mentalidad atrás, especialmente de Lillard, según recogía el insider Jason Quick. “Lo que están haciendo ambos en defensa es tremendo, especialmente Dame. Lidera el ataque pero luego también está siendo capaz de dar grandes jugadas atrás. Ataca mejor líneas de pase, tiene más intensidad. Y ésta es su franquicia. Normalmente no quieres que tu jugador de referencia tenga que hacer todo ese trabajo sucio atrás pero él está marcando el tono. Y si él lo hace, ¿cómo no lo vamos a hacer los demás? Nos eleva la exigencia al resto con esa actitud”, valoraba.

Los Blazers han elevado, efectivamente, su tono físico atrás. Stotts mantiene rotaciones abiertas y profundas, especialmente en los interiores, piezas clave a la hora de mantener el despliegue atlético en las ayudas defensivas y a la hora de poner bloqueos a sus referencias de perímetro en el ataque. A excepción de Lillard y McCollum, ningún otro jugador de Portland alcanza los 30 minutos de promedio, buscando máximo esfuerzo en tramos más cortos.

El sistema defensivo ha ido incrementando su solidez a medida que pasaban los meses, sirviendo el parón del All-Star como punto de inflexión. Tras él, Portland acredita la segunda mejor defensa de toda la NBA, por debajo de 100 puntos recibidos por 100 posesiones, únicamente superada por la picadora de carne de los Jazz. El resurgimiento atrás es real y directamente nacido del compromiso de sus dos grandes referentes, en especial del líder. Que tenía claro que quería predicar con el ejemplo.

Así, en un Oeste como siempre cargado y con dos monstruos como Warriors y Rockets en apariencia intocables de cara a la fase final, emerge en silencio la obra de Stotts. Edificada de forma más fiable e ilusionante para el futuro, en base al sacrificio y constancia de dos enormes talentos ofensivos que asumen que se les necesita también atrás.

Es su base All-Star quien encabeza ese cambio, el más consciente de cuánto puede propulsar el mismo a la franquicia. Y con esas aspiraciones, las globales, las que lleven a poder competir en mayo, acomete el nuevo objetivo. Porque él, capaz de resolver una serie de fase final sobre la bocina, es animal de adrenalina. Seguramente afronta ese reto sabiendo igualmente que un constante salto defensivo, unido a su espectacular despliegue en ataque, le convierte ya en alguien por completo imposible de ignorar.

Que eso supondria, en definitiva, cruzar la última frontera, la más ardua de todas: poder aspirar al trono en la posición más exigente del mundo.