Lo imposible en Anthony Davis

Puede que a priori rutina y volumen no parezcan ser aspectos diferenciales. Pero lo son. En cualquier ámbito, además. El baloncesto de élite no es excepción y basta un ejemplo para explicarlo.

Imagina anotar treinta puntos y capturar diez rebotes en un partido NBA. No es sencillo. Ahora imagina lograrlo cada partido. Es decir, una rutina en la que lo extraordinario pase a ser habitual. Sin embargo el ejercicio no ha terminado, sumémosle ahora el volumen: imagina que lo anterior, marcar una rutina de treinta-diez, no resultase suficiente. Y que ahora, viviendo un contexto adverso, en lugar de un treinta-diez se demandase un cuarenta-quince. Parece un abuso, injusto y hasta cruel.

En realidad no hace falta imaginar. Basta observar a .

Establecer la rutina de la excelencia es la línea que suele separar a los grandes de entre los más grandes. Sostenerla con volúmenes muy elevados es directamente tarea heroica, ya que a medida que aumenta la exigencia con la cantidad más complejo suele ser sostener la productividad.

Cuando DeMarcus Cousins cayó lesionado el pasado 26 de enero en New Orleans, una baja que se confirmó poco después como definitiva para este curso, la percepción general fue tachar a los de la carrera por la fase final en el Oeste. Borrar su candidatura de un plumazo atendiendo al peso estructural que el caído tenía en el éxito colectivo.

En aquel momento podía tener sentido. Era simplemente una baja demasiado relevante.

El deporte volvió a demostrar raudo su grandeza, rompiendo pronósticos. Porque cuarenta días después de la tragedia la franquicia aparece no ya en puestos de playoffs sino aspirando también a conseguir el factor cancha en primera ronda. Inaudito. En la resurrección, que tardó en llegar después de unos primeros partidos depresivos tras la noticia (1-5 en los siguientes seis duelos), ha emergido Anthony Davis como un factor casi más divino que humano. Uno que en la mayor dificultad posible ofrece la mejor de las respuestas.

La temporada de Davis, como la de Cousins, estaba siendo monstruosa hasta ese punto. Confirmando no sólo la viabilidad de la pareja, en proyección de convertirse en la primera interior en la historia NBA en la que ambos promedian al menos 25 puntos y 10 rebotes por partido, sino además sirviendo a esa misma pareja como cimientos para un proyecto competitivo y ganador. La coexistencia entre ambos era posible y dominante. Y lo era incluso en una estructura con múltiples deficiencias en muchas otras áreas. En la era más perimetral y versátil de la historia, dos interiores (especiales y modernos, pero interiores) brillaban por separado e integrados en un equipo.

Hasta que el físico de uno de ellos dijo basta.

Sin embargo lo que sucedió entonces fue asombroso. Tras el citado revés inicial (1-5), los Pelicans han ganado nueve partidos seguidos, en los que Davis ha estado aparentando ser un mortal más cuando quizás no lo sea. En ese tramo Davis se está yendo a los 39.3 minutos de media y registrando 37,7 puntos, 14,5 rebotes, 2,8 recuperaciones y 2,7 tapones por partido. Todo ello con un 53,2% en tiros de campo, un 41,9% en triples y un 85,4% desde la línea de personal, a la que ha acudido diez veces por encuentro. Eso en un momento de máxima agitación y necesidad colectiva. Como si coronar un ochomil no fuese suficiente y en su caso sólo sirviese coronarlos todos.

En febrero, mes que incluye el parón por el All-Star, se fue hasta al menos 40 puntos y 10 rebotes en cinco ocasiones, algo no visto en treinta y cinco años. Y cerró el mes con promedios igualmente de otra época. En el fondo, quizás él lo sea.

“Cuando DeMarcus cayó, supe que el plan iba a ser volver a lo de antes. Antes de que él llegase a nuestro equipo. Muchos minutos y el peso del mundo sobre mis hombros. En ese momento te tienes que echar el equipo a la espalda, tienes que tratar de llegar a cuarenta puntos cada noche para dar una oportunidad de ganar”, reconocía Davis a Rachel Nichols hace unas semanas. Aceptando lo que estaba por venir.

Eso lo englobaba todo, incluyendo una mentalidad caníbal. “Es duro. Tienes que asumir ese tipo de mentalidad de Russell Westbrook. Cuando Kevin Durant se marchó de Oklahoma, Russ sólo salió ahí fuera cada noche y lo entregó todo. Lanzó 40 veces en ocasiones, pero hacía lo que fuese necesario para ayudar a su equipo a ganar. Como equipo hemos tomado esa mentalidad”, explicaba.

Davis ha pasado a lanzar casi siete veces más por partido. Sus minutos se han disparado, su peso ofensivo también. Y no obstante lo más llamativo ha sido acompañar el salvaje incremento de volumen de una puntualidad más obscena aún en la eficiencia. Porque Davis ha elevado, como sin esfuerzo, su impacto deportivo del mismo modo que subían sus cifras. Ha ligado excelencia, rutina y volumen de forma insultante.

Lo ha hecho como apresurado en recordar que de entre toda la (abundante y fascinante) fauna de nuevos interiores que buscan el trono de la Liga él sigue siendo el mejor de todos.

No ha variado un ápice las formas, el único cambio (que no pequeño) ha sido llevar su dominio habitual a algo aún más evidente, dotarlo de mayor presencia. El equipo, que cambió al caído Cousins con la irrupción de Nikola Mirotic (dando aire en forma de espacio por su amenaza exterior) más el veterano Emeka Okafor (opción al cinco para descargar algo atrás a Davis), se enganchó más aún a Davis. Y su perfil ha vuelto a demostrar que está lejos de la normalidad.

Davis está siendo este curso el mejor interior de la NBA en transición, entre todos aquellos jugadores con al menos tres posesiones por encuentro ahí. Produce 1,25 puntos por posesión en esos escenarios, marca que le hace integrar asimismo el Top-5 global de la Liga. Es un interior tan de vanguardia que por momentos ni siquiera parece un interior, sino el más largo posible de los aleros.

Explosividad, técnica individual y tiro:

Obliga al cinco rival a salir a siete metros del aro:

Pero también domina cuando recibe para jugar uno contra uno. Aquí ante Capela:

A la vez, forma parte del Top-5 NBA en situaciones de pick&roll en las que acaba finalizando tras poner la pantalla (entre jugadores con al menos tres posesiones por partido). Sus 1,11 puntos por posesión baten a Aldridge, Whiteside o Porzingis, entre muchos otros. Y sólo Adams y Capela, ambos por encima del 1,2 de promedio, le superan con claridad. Jugadores que, no obstante, se dedican en buena medida a ejecutar de ese modo y tras ventajas previas. El caso de Davis es diferente, esa acción es solo una más de su repertorio.

Davis produce de cara al aro, pero también de espaldas. Es capaz de salir de bloqueos indirectos para tirar, pero también de ejecutar suspensiones tras bote desde larga distancia. Es capaz de botar, de pasar, de bloquear, de jugar por encima del aro. Es el primero en transición pero también lee perfectamente cuándo llegar como tráiler. Es un arma de destrucción masiva en ataque que, para colmo, se aplica atrás.

JUGADORPARTIDOSDFGMDFGADFG%
Porzingis482,55,249,2
Embiid513,15,753,9%
Davis5735,455,5%
Nurkic623,25,855,6%
Gobert383,66,357,3%

Porque de entre aquellos jugadores que están defendiendo al menos cinco tiros por partido en las inmediaciones del aro (y han participado en al menos 30 partidos promediando al menos 20 minutos), sólo dos en toda la Liga están bajando más los porcentajes rivales que Davis. Es decir acompaña su cóctel mortal ofensivo con protección de aro de élite, interminables secuencias de ayudas defensivas desde el lado débil y una capacidad innata para defender hombres más pequeños lejos del aro. Todo ello con minutadas noche tras noche y una exigencia mental máxima y constante.

En el baloncesto actual, proyectado cada vez más como un juego sin posiciones definidas, aquel del que proliferan perfiles como Giannis Antetokounmpo en los aleros o Joel Embiid entre los interiores, Davis sigue siendo quien mejor une las bondades de ambos bandos hasta convertirlos en uno solo. Es el interior más alerizado y el alero con mayor potencial interior.

De igual modo es justo reconocer que, siendo monstruoso su despliegue, durante la racha ganadora no ha estado solo. Por mucho que haya marcado el camino, que lo ha hecho, los pasos adelante del colectivo, en lo mental, y de Jrue Holiday, en lo individual, han sido también notorios.

En el despertar de los Pelicans, la versión más agresiva de Holiday ha absorbido peso ofensivo hasta exponer su pico de carrera. Con 26 puntos y más de 7 asistencias de promedio en ese tramo, porcentajes fantásticos (55% de campo y por encima del 40% en triples) y un desequilibrio masivo en el juego de aclarados, donde pisa el Top-10 NBA produciendo 1,05 puntos por posesión, marca comparable a la de Lillard o Durant y superior a la Irving o McCollum. Holiday también ha aceptado el reto y se ha servido de la cara más solidaria de Rajon Rondo, que le busca y le sirve situaciones donde su uno contra uno puede imponerse.

La respuesta coral de los Pelicans, intratables con su cinco inicial (el formato Rondo-Holiday-Moore-Mirotic-Davis supera a sus adversarios por 16 puntos cada 100 posesiones durante la última racha ganadora) ha devuelto algo que de antemano podía parecer perdido: la esperanza por volver a playoffs, escenario que han tocado una sola vez en los últimos seis años. Aquella ocasión (2015) es precisamente la única que ha permitido ver a Davis competir en la fase final, una ínfima muestra de cuatro partidos ante un equipo mágico que acabaría conquistando el anillo semanas más tarde.

Aquel Davis, de 22 años recién cumplidos, torturó a los Warriors como ningún otro interior podría, dejándoles 31 puntos, 11 rebotes y 3 tapones de media en sus primeras noches de playoffs con, más allá, la permanente sensación de imposibilidad de defenderle. Colectivamente no había color, Golden State barrió a New Orleans porque ambos equipos no compartían escalón competitivo, pero en lo individual Davis dejó muy claro ser ya entonces —en su estreno— un portento. Y sin embargo lo era mucho menos de lo que es ahora.

Por eso la lesión de Cousins y la nueva estampida de la ‘Ceja’ han servido, además de para realimentar la esperanza en New Orleans, para refrescar la memoria de forma puntual con el molde de interior más devastador que contempla el baloncesto actual. Para recordar que un contexto complejo y una sequía colectiva prolongada no han de nublar el juicio con el monstruo.

Que Davis es pura rutina de la excelencia, con picos de volumen y producción impensables para cualquier otro perfil de interior. Que Davis es, en definitiva, el único que realmente puede plantear la duda de si es posible sostener en el tiempo algo tan desmedido. Y el simple hecho de sembrar la incógnita ya revela su condición.


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