Madison Square Garden: El Retorno


Nos estábamos engañando a nosotros mismos. Nos decíamos que, aún con los pabellones vacíos, esto seguía siendo el deporte que tanto amamos. Pero esa ilusión dura poco cuando se escucha el primer rugir del público y caemos en que aquello era conformismo. La realidad es otra. Los espectáculos deportivos no son tal si les extraes a las miles de almas que gritan al unísono cada noche. Sin ellas, esto es un mero deporte, y por el camino se pierde la clave de todo este tinglado: la comedia.

De cara a acoger de nuevo la gran obra que es la NBA, no hay teatro que celebre más su conveniente reapertura al gran público que el Madison Square Garden. Un coloso dormido cuyo despertar no podría estar más rodeado de romanticismo, pues su desvelo significa insuflar vida al mismo juego.

Durante años, la Meca del baloncesto se ha limitado a ser una premier por la que solo desfilaban estrellas invitadas a modo de cameo. El reparto local era más bien de serie ‘B’. De hecho, el caché de sus actores tampoco dista mucho del de tiempos recientes. Pero su director es de los que crean largometrajes de culto con poco más que palos y piedras.

La humilde obra de Thibodeau es de esas que cambian —o al menos matizan— las carreras de todos los que se embarcan en el proyecto. La desbordante actuación de un Julius Randle que había hecho sus pinitos pero que ahora se come cada plano para hacerse un nombre entre las estrellas. La vuelta de Derrick Rose a la gran pantalla para el que quien sabe si será su último gran papel. O la presencia perenne de Taj Gibson a modo de un Morgan Freeman que nunca falla, siempre está ahí. Incluso hay espacios para el lucimiento de secundarios como Reggie Bullock, Alec Burks o Nerlens Noel, que solo necesitaban un buen guion para mostrar sus capacidades.

El rodaje, como lo son todos, ha sido largo, agotador y a puerta cerrada. Cinco meses que discurren entre interminables jornadas de casa al estudio y del estudio a casa como si no existiese nada fuera de esas ocho paredes. Pero, una vez filmada la última toma y sabiéndose un trabajo bien hecho, queda presentarle la pieza al mundo mientras se celebra. La noche es larga, la noche neoyorquina es infinita.

Y primero Quickley y después Toppin acompañan a Barret para disfrutar de sus primeros cócteles de etiqueta en la Gran Manzana. Con el ansia típica de la juventud desvirgada piden otro combinado antes de apurar el que tienen en las manos. Pero manteniéndose en pie porque la cita es demasiado importante como para caer a la tercera copa. Irradian un vitalismo desbordado que comparten con las 15.000 personas que vitorean a escasos metros. Hasta el punto de que la halitosis de algún fan crea sensación de anhelo por no haberlo disfrutado en largo tiempo.

El fervor del Madison por saberse al fin el centro del baloncesto mundial por primera vez en demasiados años, ya se ha encargado de ensalzar a la figura que se necesita para redondear cualquier film: el villano. Trae Young se deshace de la doble marca de Ntilikina y Gibson para anotar una bandeja en la cara del ídolo local, Julius Randle. Acto seguido, se dirige a la grada y, con arrogancia, manda callar al respetable, convirtiéndose de manera instantánea en el enemigo público número uno. Toda una ciudad encuentra en la endeble figura del chiquillo el foco sobre el que descargar sus iras. El alcalde le reprocha su actitud, sus rivales le declaran la guerra y el público se encarga de recordarle que está en territorio hostil cada vez que aparece en escena. Aunque alguno aún no se haya enterado de que va todo esto.

Los New York Knicks, el Madison Square Garden y toda su grandilocuencia están devuelta. Motivo de sobra para congratulaciones, no solo de los presentes, sino de los que estamos al otro lado. Jamás nos deberíamos haber acostumbrado a ese baloncesto que ahora reconocemos como desalmado. Como jamás nos tendríamos que haber habituado a las desgracias que no cesan desde hace ya más de un año. Descubrirse de nuevo pegado a la pantalla es signo inequívoco de que lo que ocurre tiene más relevancia si hay personas para atestiguarlo, encontrando esperanza al ser testigos de que el baloncesto vuelve a tener sentido.

(Fotografía de portada de Elsa/Getty Images)


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