Lágrimas de fénix


La leyenda cuenta que el fénix se desvanece por completo cada 500 años. Y que lo hace para renacer después de sus cenizas. Ayer, el animal mitológico apareció en el Target Center de Minnesota. De nombre Derrick y de apellido Rose.

Ocho temporadas después (malditas lesiones y maldito todo), el MVP más joven de la historia volvió a dejar al mundo con la boca abierta. Aprovechó las bajas de Jeff Teague y Jimmy Butler, cargó con el peso del equipo a la espalda y, como en sus mejores días, atacó hasta el final. Hasta el mismísimo final. Contra Exum, Favors e incluso Gobert. Contra el que se pusiera delante. Cargaba contra el mundo…

Sin freno y prácticamente sin descanso (40 minutos). Superó la mejor marca de su carrera (42 puntos en marzo de 2011…), se fue hasta los 50 y entonces llegaron las primeras lágrimas. Pero aún no se había cerrado el partido y, como no podía ser de otra manera (era su noche…), volvió a la cancha con los ojos rojos, su equipo tres abajo y puso el tapón final. Entonces, y solo entonces, llegó el colapso emocional.

Roto

Con la cabeza abajo y los puños apretados, Rose caminó entre vítores y abrazos. La impotencia, la rabia y la frustración hicieron acto de presencia y le obligaron a secarse las lágrimas de los ojos con su propia camiseta mientras Towns le colocaba entre los brazos el balón del partido. El balón de su partido.

Aún quedaba la entrevista final. Y Rose no podía más… Dos toallas para cubrir cabeza y rostro y manos en las rodillas. Necesitaba un momento para él, para sacar de su cuerpo todo lo que llevaba dentro.

Años y años de lucha contra las lesiones (las malditas lesiones…), las desgracias, las acusaciones, la depresión… Años de trabajo, de esfuerzo, de superación y desesperación. Años que a nosotros nos han privado de un jugador único. Años que nunca podremos recuperar. Pero, sobre todo, años que a él le han arrebatado todo. Todo lo que pudo ser. Todo lo que tenía.

Al final, y sin poder contener las lágrimas, Rose habló de trabajo, de dejarse la piel en cada entrenamiento. Habló de superación. Y, sobre todo, como el niño desesperado que llora sin consuelo, pidió lo que pareció ser un deseo. Un deseo que es el día a día de cualquiera pero que sería increíblemente excepcional y valioso para él…

Pidió poder jugar. Poder jugar como él sabe… Y ojalá se lo concedan.

Emoción, pelos de punta y mucho baloncesto. Pase lo que pase a partir de ahora (tocad madera, rápido), qué noche. Noche para guardar. Noche de lágrimas. Noche de fénix. Qué noche nos ha regalado Derrick Rose.


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