Philadelphia 76ers: pecados capitales no solo en el banquillo


No hay por qué negarlo. Si nos dispusiéramos a coger un avión y, pocos minutos antes, conociéramos que Brett Brown y Elton Brand —el directivo, no el jugador— reposan tranquilamente en la cabina, seguro que preferiríamos fingir una gastroenteritis aguda antes que embarcar en nuestro próximo vuelo. El trayecto estaría abocado al tortazo.

La temporada 2019-20 de los Philadelphia 76ers descansa ya en el tanatorio. Todo un candidato del Este a quien las quinielas de octubre situaban como principal fuerza de la oposición… Y diez meses después, el curso ha resultado un guirigay, un desastre supino. Ruleta rusa en la que directiva, banquillo y jugadores han ido alternando disparos para terminar desparramando sangre y ofreciendo la peor imagen posible: barridos 4-0 por Boston en primera ronda.

Que, por cierto, es la segunda vez en tres años que los Celtics mandan a paseo a Philadelphia. De nueve partidos en total, solo una victoria para los Sixers. Para hacérselo mirar.

Mucho tuvo que ver esta vez, claro, la ausencia de Ben Simmons (lesión). Gracias a ella, Jayson Tatum —a quien Philly tendría que haber elegido en el draft de 2017— campó a sus anchas y promedió 27,0 puntos en la serie. Pero no fue solo ese el problema. Toda la rotación y banquillo verde ofrecieron jornada de baño, masaje y financiaron el vuelo de vuelta a su vecino y rival.

Los 76ers venían ya golpeándose con todos los obstáculos posibles esta temporada. Iban dando tumbos, pero quedaba la esperanza del gran récord como local —29-2 hasta el parón, mejor balance en casa—. Hacían poco menos que la risa en la carretera (peor marca que New York), pero confiaban las eliminatorias a su imbatibilidad en casa. En el Wells Fargo Center habían pasado por la espada a Bucks, Celtics, Raptors o Lakers… La respuesta a ese clavo ardiendo en miniatura fueron una pandemia mundial y resolución de temporada in extremis en Orlando.

El desenlace del equipo estaba cantado.

Y, encima, el cuadro de Brett Brown tuvo que presentarse a la selectividad, donde se jugaba el curso, sin una de sus estrellas.

Delito tiene también que con un Joel Embiid dando más o menos el callo (30,0 puntos y 12,3 rebotes), tu rival en primera ronda te borre del mapa con un pleno. CC para Tobias Harris y sus 15,7 puntos en la serie; y a Al Horford y sus 7,0.

Derrota incontestable y ridículo anual e internacional. Sin excusas. El caso es que el año pasado el Philadelphia no estuvo tan lejos. Solo los campeones Raptors y el número circense de Kawhi Leonard les dejaron en tierra (4-3).

¿Qué ha cambiado entonces? Infinidad de cosas. Y todas ellas a peor.

Los errores imperdonables de los Sixers llegan no solo desde la pista o el banquillo, también (sobre todo) aporreando ordenadores de alta gama y sellando contratos. Porque no pensemos que con el fulminante el despido de Brett Brown se ahogan todos los complejos. Queda desastre para montar una feria ambulante.

Pecados capitales

El curso pasado, la plantilla parecía mejor compensada que nunca con Jimmy Butler y J.J. Redick como guardaespaldas exteriores de Simmons. Todo eso cambió al llegar el verano, tras las dolorosas lágrimas ante Toronto.

Se desestimó entregar un máximo de cinco años a Butler, cantidad que sí se invirtió en el otro gran fichaje: Tobias Harris —cinco cursos y 180 millones de dólares—. Pesaba demasiado el paquete entregado para conseguir a Harris y la apuesta decidida de Elton Brand de levantar un World Trade Center en el quinteto titular.

Llegaría también Al Horford —100 millones por cuatro temporadas— para redondear la inversión en jugadores que se pasaron con la leche de pequeños. El dominicano era un gran jugador en Boston (lo sigue siendo), pero su contratación contradecía la lógica de que a Embiid y Simmons había que abrirles un solar alrededor para que camparan a sus anchas cerca del aro.

Los 76ers limpiaron el backcourt y apuntaron casi todo el presupuesto a un renovado juego interior. Como resultado, el equipo mostró desde principio de temporada una preocupante sequía de tres puntos. Tobias (36,7 por ciento en todo el curso, 13,3 en la serie ante Boston) no conectaba tantos triples como pensaban sus 180 millones… Con Redick —a quien no se quiso igualar los 26,6 millones que le dio New Orleans— atragantándose de risa en los Pelicans. La marcha del veterano escolta acabó convirtiéndose en un tumor con todo tipo de metástasis.

En realidad, Redick habría accedido a seguir en Pensilvania de por vida. Sin embargo, la gerencia no tuvo a bien extenderle una cantidad que seguramente habría merecido.

El plan de la gerencia de los Sixers, pues, fue ir cambiando cromos cada año. Ir eligiendo los jugadores que se ponían por delante cada vez, en lugar de apostar por aquellos que sí habían dejado resultados.

Butler no estaba entusiasmado con la idea de continuar, según ESPN, aunque se lo hubiera pensado. La idea quedó descartada cuando conoció la condición de los Sixers de no escuchar ninguna otra oferta. Se jorobó el invento con alguien que siempre se partía la cara en los momentos decisivos. Tampoco hay que ser injusto y olvidar que el liderazgo de Butler incluyó alguna de sus cordiales travesuras: sinceridad extrema —por decir algo— hacia la forma de entrenar de Brett Brown, algún pique con Simmons y más compañeros o incluso revelaciones de que no creía que el equipo estuviera enfocado en ganar. Solo le faltaba llevar el el tirachinas enfundado en un peto noventero.

Con la marcha de Butler y Redick —también la lesión de Zhaire Smith— el equipo cojeó en exceso por fuera: perdieron tiro y creación. Tanto que, para la burbuja, se improvisó la solución de acercar a Ben Simmons a la canasta y de dar a Shake Milton más tiros y minutos en el cinco inicial. No quedaba otra, no la metían de tres ni haciendo trampa.

Como pifia con la que invocar más pesadillas, tampoco estuvo mal lo de invertir la excepción salarial de nivel medio (4,7 millones) en Mike Scott; un jugador llamado a equilibrar la sequía de tres puntos pero que apenas ha tenido impacto en la temporada.

El banquillo

El entrenador, ya despedido, tiene su (enorme) parte de culpa, por supuesto. Recibió un producto adquirido con cartel cinco jotas —o eso decía la directiva— y no supo tratarlo para que explotara en el paladar. Al final, el banquillo es el primer culpable del bochorno de final de temporada.

De hecho, poco tardaron los 76ers en canjear el último año que quedaba en el contrato del técnico por una dosis avanzada de teletrabajo. Le mandaron para su casa horas después de caer en playoffs. Brown había permanecido siete temporadas en el cargo, tragando tierra a base de bien desde los años del tankeo indiscriminado.

Importante aquí es que la culpa no es solo suya. Cierto es que Brown no encontró soluciones tácticas y redondeó el ridículo, pero también que le entregaron un equipo con más moho del que parecía desde lejos. No por su marcha ahora todo mejorará por arte de magia.

En el vestuario le echarán de menos. Quizá por las pocas tuercas que apretó en los últimos años. “Es un tipo genial. Aún mejor persona que entrenador. Se preocupa por sus jugadores, por la gente que trabaja con él. Siempre será un gran amigo, no importa lo que pase”, decía Joel Embiid, hace algunos días, sobre la creciente especulación de que pronto se quedaría sin su jefe de tooooda la vida.

Insisto en que echar a Brown y creer que en ese momento reverdece todo el jardín es una sandez. El problema de los Sixers esta temporada empezó por una disfunción en la ingeniería de plantilla. El técnico era parte del problema, pero el barco tenía boquetes que él no había abierto.

A propósito, Brett Brown habrá bajado la palanca incorrecta un millón de veces (o más), pero, además de los defectos de fábrica, solo contó con la plantilla al completo en 19 noches (de 77) esta temporada. Dicho eso, creo creer que está bien despedido por Philadelphia.

La directiva

Durante estos días, los Sixers se van a marcar un buen tributo a la película Sleepy Hollow. Pueden rodar bastantes cabezas. Empezando por la de Brown y continuando por la de algún miembro más de la directiva, como pudo comunicar Adrian Wojnarowski (ESPN). Elton Brand, general manager y cabeza pensante del naufragio, parece que de momento está bien agarrado al salvavidas y su viaje a bordo no corre peligro.

Habría muchos motivos para echar a Brand. El resumen de su labor este año es que las grandes apuestas —Horford, Harris, Josh Richardson…— han salido rana. Todas y cada una. What else, como dicen en los anuncios de cierta bebida con cafeína.

Lo peor es que Philadelphia cuenta con fino (por tirar de eufemismo) margen de maniobra para cambiar la plantilla dados los cheques en blanco firmados en su hoja de salarios. A día de hoy, dar salida a Horford o Harris se antoja complicadísimo; imposible saliendo airoso del trance. Cualquier franquicia receptora necesitaría un obsequio extra para morder semejantes trampas. Al pívot le quedan tres años y 70 millones por recoger y a Harris 150 en cuatro. No se los quitan ni con la lejía marca Pryca de los ochenta.

Tanto amenazar Brand con que había que mejorar resultados o el banquillo cambiaría de inquilino, y al final él mismo podría ser merecedor de la fila del INEM americano.

¿Cómo cambiar?

Para la organización, subir la apuesta podría ser traspasar a cualquiera de las dos estrellas, Simmons o Embiid; aunque esta posibilidad es ahora mismo “bastante remota”, como anunció el periodista Adrian Wojnarowski (ESPN) al poco de la eliminación de los 76ers. A mí, directamente, me parecería la enésima alianza con la estupidez dar salida a cualquiera de los dos.

En la campaña 2017-18, Simmons y Embiid sacaron marcadores de -15,5 —a favor— cada 100 posesiones cuando actuaron juntos, quinto mejor dueto con al menos 1.000 minutos jugados. Un año después, el dato fue de -7,9. La cuestión no es si funcionan juntos o no, es encontrar los complementos adecuados —como los que ya tenían— para fomentar sus destrezas. Porque The Process iba de perder como desaforados para encontrar una o dos figuras que lo cambiaran todo. Ya las tienen, ahora toca decorarlas para la ocasión. Las oficinas de la entidad, primero, y el banquillo, después, se encargaron de chafar dicha posibilidad de cara a esta campaña 2019-20.

Hubiera sido difícil terminar peor una temporada. Así que a los 76ers solo les queda hacer tabula rasa y clavar codos, empollar en todos los departamentos hasta que empiecen a salir las cosas. Hace justo un año no estaban tan lejos; ni tenían tantos pecados inconfesables. Y que nadie dude —meto la cuña de nuevo— que Brown no era culpable único. Les queda roña dentro para aburrir.

(Fotografía de portada: Kevin C. Cox/Getty Images)


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