¿Qué queda de ‘Linsanity’ cinco años después de su explosión?

El relato tenía todos los componentes que conforman el sueño americano, con dosis de épica, de dramatismo, de abismo a la vuelta de la esquina, de eso tan manido de que los sueños se cumplen, de que las cosas buenas suceden, a veces. Y en América.

La historia de Jeremy Shu-How Lin, Jeremy Lin, californiano e hijo de inmigrantes taiwaneses sacudió a la NBA durante todo el mes de febrero de 2012. Fue un fenómeno de esos que alimentan portadas de periódicos, abren informativos televisivos y copan las noticias deportivas del país. Y del mundo. El fenómeno de Linsanity traspasó las fronteras de los Estados Unidos porque él, un joven jugador sin oportunidades en la NBA, cerca de ser defenestrado de nuevo a las profundidades de las ligas menores y que valoraba seriamente abandonar el baloncesto, conquistó con su explosión el corazón de millones de personas.

El 3 de febrero de 2012, en la temporada donde la NBA estuvo cerca de no celebrarse porque el cierre patronal retrasó el inicio de todo hasta el 25 de diciembre de 2011, era un don nadie en el baloncesto. Un joven de 23 años, que no había sido elegido en el draft de 2010, que había pasado un curso sin notoriedad en los Warriors y que ahora se veía muy cerca de ser despedido por los New York . Los de la Gran Manzana necesitaban espacio para un base, nunca Lin, que paliara la tardía incorporación al equipo de Baron Davis, cuyos problemas físicos retrasaban su puesta a punto.

Lin había debutado en la 2011/12 con los Knicks precisamente ante los Warriors y desde ese 28 de diciembre de 2011 hasta el 4 de febrero de 2012 su nombre no era importante. Vale, en la D-League había cosechado en enero un triple-doble con los Erie BayHawks, a los que había sido asignado desde los Knicks y un poco antes, el verano anterior, había rendido bien en Asia, en un torneo de equipos del continente. Lin jugó para los Shenzhen Leopards  de China e incluso llamó la atención de Yao Ming. Pero hasta ahí.

En la pequeña pretemporada que sucedió al fin del cierre patronal, Lin formó parte de los , en ese diciembre de 2011 que representaba el final de la amenaza a un invierno que nunca fue nuclear en la NBA. Sin embargo, los de Houston prescindieron de sus servicios el día de Nochebuena de 2011. Segundo despido para el californiano, que sumaba a este disgusto el acontecido el 9 de diciembre, cuando los Warriors le enviaban a casa.

Las prisas de los Knicks

En esas, una franquicia necesitaba profundidad de banquillo, rotación ligera, nada deslumbrante. El 27 de diciembre, sin mucho margen de maniobra, los New York Knicks firmaban a Lin, que sería el tercer base, para dar aliento a Toney Douglas y Mike Bibby. Y eso, mientras el citado Baron Davis se recuperaba de sus dificultades con las lesiones. Por tanto, el futuro de hijo de taiwaneses era oscuro a corto plazo.

Nada cambió en las siguientes semanas. Lin jugaba puñados sueltos de minutos, salvo el 28 de enero ante los Rockets, donde se fue hasta los 20 minutos en pista. Sus 9 puntos, 7 asistencias, 3 rebotes y 1 robo eran lo mejor que podía ofrecer esa campaña y se trataba, unida a la etapa en Golden State, de una de las mejores noches de Lin hasta la fecha en la NBA. Como ven, poca historia.

La suerte de la desesperación

El contrato de Lin se convertiría en garantizado el 10 de febrero. Los Knicks le buscaban una salida porque Davis no arrancaba y querían fichar a otro base. El de origen taiwanés no parecía servir. El 3 de febrero, tras jugar sólo 6 minutos en la derrota de los Knicks ante los Celtics en el Boston Garden, Lin tuvo otro disgusto. El sofá donde pasaba las noches desde su llegada a la City estaba ocupado. Lin dormía en el Lower East Side, en el apartamento de su hermano. Pero ese 3 de febrero era viernes y había una fiesta en su hogar, por lo que Lin, con la mente ya puesta en dejar el baloncesto un tiempo si le echaban de los Knicks, se marchó a White Plains, a la casa de su compañero de vestuario Landry Fields, a otro sofá.

Lin había amasado casi medio millón de dólares brutos con los Warriors en la 2010/11, la de su debut como profesional, la de los nervios y la presión porque sus orígenes asiáticos centraban muchas miradas en su persona. Y él lo odiaba, no podía demostrar nada de lo que tenía dentro. Estaba asustado. Las voces que decían que estaba en la NBA como reclamo comercial le hacían mucho daño. Y le sembraron de dudas.

Tras esa noche en White Plains, Lin enfiló el camino al Madison Square Garden. A las 19:30 tenían los Knicks duelo contra los . No había gran esperanza en el ambiente, con la franquicia de la Gran Manzana presentando un mal récord de 8-15 y D’Antoni que no daba con la tecla.

A tres minutos de terminar el cuarto, con 20-16 para los Nets, Mike llamaba a Lin, desesperado porque nada salía, como bien reconocería después el propio entrenador. Y el recurso final, la última bala para cambiar la pésima tendencia de sus chicos parecía ser Lin.

El resto, ya es conocido. Lin pisó el Madison para empezar un mes que le catapultaría a la fama mundial, le haría el mayor y mejor representante de que el sueño americano es posible, le daría su lugar en la NBA y le resolvería su carrera deportiva para siempre. Ese sábado, Lin haría 25 puntos y 7 rebotes, sería esencial en la victoria de los Knicks ante los Nets y ya nadie le sacaría de la titularidad hasta el fin de su temporada. Nacía .

¿Qué queda de ese Jeremy Lin?

Jugador de la semana del 12 de febrero, canasta ganadora en Toronto ante los Raptors, 38 puntos ante los Lakers o participante y titular (no estaba previsto) en el Rising Stars Challenge del All-Star, fueron algunos de los fenómenos de esas veladas mágicas, las que fueron desde el 4 al 15 de febrero y donde los Knicks encadenaron siete triunfos seguidos, algunos sin Carmelo Anthony. No, no parecía que fuera un “one week wonder, una cosa de una semana, como le gritaron en Canadá en su enfrentamiento frente a los propios Raptors.

La fuerza de Lin, quien obviamente continuó hasta el final de curso en la franquicia, se prolongó durante ese mes. En febrero de 2012 Lin hizo 5 dobles-dobles, 1/5 parte del total de su carrera hasta la fecha. Para calibrar el salto de nivel, en los tres primeros enfrentamientos desde su explosión, Lin registró un total de 76 puntos, los mismos que había conseguido en toda su estancia previa con los Warriors.

Pero, eso sí, el impacto de Linsanity no podía elevarse a esos niveles durante toda la eternidad. El 24 de marzo, tras medirse a los Pistons, se quejó de su rodilla. Las pruebas revelaron daños en el menisco y Lin decidía pasar por el quirófano, con lo que se perdía el resto de campaña y la oportunidad de jugar los Playoffs. La historia de la Cenicienta se frenaba ahí. Acabó con unos promedios de 14,6 puntos y 6,2 asistencias, que siguen representando sus mejores registros de siempre.

Durante el verano de 2012, Lin, ajeno al rencor que podría tener a los Rockets por despedirle en la Navidad de 2011, volvía a Houston, con unas condiciones totalmente diferentes y rango de estrella. Firmaba por tres cursos y 25 millones de dólares. Él, que ganó apenas 700.000 en su mejor año deportivo.

Estuvo dos años en los Rockets, con sólidos números pero sin la magia de aquellas noches invernales del febrero neoyorkino, aunque llegó a igualar su tope anotador de 38 puntos. Tras ser titular en la 2012/13, perdió ese puesto en los Rockets en la siguiente campaña y al final de la misma, fue traspasado a los Lakers de Kobe Bryant. La Mamba Negra había llegado a asegurar tras recibir 38 puntos del propio Lin, que un jugador así “no sale de la nada”.

Un curso en su California natal, una buena estancia posterior en los Hornets, donde desde el rol de suplente alcanzó en 2016 su tercera presencia en la lucha por el anillo, y vuelta a Nueva York, al otro lado, a Brooklyn, a uno de los peores equipos de la presente NBA y donde sólo ha jugado 12 partidos por culpa de una lesión. Regresará a las pistas a finales de enero, con sus 28 años, su contrato 2+1 con los Nets y sus 36 millones de dólares firmados en el pasado mercado estival.

No, Lin no ha vuelto a conquistar el mundo como lo hiciera hace un lustro. Quizá no lo vuelva a hacer. Posiblemente no le haga falta. Hace tiempo que dejó de ser novedad, pero ha mantenido bien el tipo y gestionado una carrera deportiva interesante, con espacio por recorrer y con la sensación de que un mes de gloria puede ser para siempre. Pase lo que pase después.