Jeff Green: el ‘Journeyman’ que se enfrentó a la muerte


Es 22 de diciembre de 2020. No hace demasiado tiempo, tanto en 2019, cuando fue cortado por los Jazz, como en 2011, cuando vio la cara a la muerte, a Jeffrey Lynn Green no le sonrió demasiado la vida en Navidades. Ahora, en el año de la pandemia, él tiene el honor de ser uno de los jugadores que va a formar parte del duelo entre Nets y Warriors que abre el curso 2020-2021. 

Si muchos dudaron de que la NBA, tras culminar con éxito su burbuja en el mes de octubre, pudiera reiniciar las operaciones y estrenar una nueva campaña antes de que acabara el terrible 2020, aquí se encuentran los que fueron tan buenos, esos Warriors de no hace demasiado, contra los que prometen serlo, los Nets de Kevin Durant o de Kyrie Irving… y de Jeff Green. Todavía no ha explotado la NBA, todavía los rumores de que James Harden se pasee por Brooklyn son sólo eso, rumores.

Es, decimos, 22 de diciembre, choque de estreno de la NBA. Green debuta oficialmente con los Nets, décimo equipo para él desde que llegara a la Liga en la 2007-08 con los extintos e inolvidables Supersonics de Seattle. Arrancado el segundo cuarto, recibe de Caris LeVert y firma sus dos primeros puntos del curso. En esta velada en Brooklyn, Uncle Jeff terminaría con 7 tantos en 17 minutos. 

Nacido en agosto de 1985 en Maryland, nunca ha sido ni será All-Star, a pesar de llevar una de las carreras más prolíficas de toda la competición, pues Green está en el Top-30 de jugadores en activo con más minutos y con más partidos disputados (915 a comienzos de 2020). Pero en la vida, en muchas circunstancias, no necesitas ser una estrella al uso para triunfar, porque en demasiadas ocasiones el triunfo es estar vivo.

“El baloncesto es algo secundario”

Green, que amarró un contrato por el mínimo en noviembre con los Nets (2,56 millones de dólares por una temporada) y que no ha jugado más de un curso seguido en un equipo desde que fuera traspasado en enero de 2015 de los Celtics a los Grizzlies, considera que el baloncesto no es lo prioritario en una vida que no hace tanto casi deja de serlo.

Cuando fue enviado en el citado traspaso a Memphis, hace ya seis años, Green había dejado atrás el terror, el susto y la suerte de dárselo, porque a veces los sustos son las mejores noticias que podemos tener. Avisan. Y no siempre nos dejan capacidad de reacción. A Green le salió la cara de la moneda.

En 2011, en el curso del cierre patronal y tras haber sido enviado desde los Thunder a los Celtics en febrero de ese año a cambio, de entre otros, Kendrick Perkins, a Green le dan malas noticias en un control médico rutinario. Green era un jugador cada vez más versátil que había coincidido en los días finales de los Sonics con Durant y que luego formó parte de ese cuadro de OKC donde James Harden, el propio KD o Russell Westrbook acabarían llegando, ya sin él, a las Finales de la NBA 2012. Green era una pieza codiciada en la NBA, a sus 25 años, con un lustro de competición a sus espaldas y un cartel excelente.

Y sin embargo, la vida te viene a visitar cuando mejor te va, en ocasiones. Nada del destino entiende de buenos momentos, la salud viaja por un sendero diferente. Es cierto que Jeff Green se había encontrado en los últimos meses más cansado de lo normal, más exhausto por momentos, pero ni en sus peores sueños, ni en sus pesadillas más atroces iba a imaginar que ese cansancio sólo era la pequeña punta de un iceberg en forma de aneurisma en la arteria aorta

El susto, la tragedia, llega tras unas pruebas rutinarias de pretemporada realizadas por los Celtics.

Es diciembre de 2011. Green acaba de firmar por un curso y 9 millones de dólares con Boston, que inmediatamente anula ese acuerdo. Ahora sí, el baloncesto empieza a ser algo secundario. Green debe operarse ya y, por supuesto, debe dejar inmediatamente el baloncesto. 

“¿Podré volver a jugar?”, pregunta Green a los médicos de los Celtics que le acaban de dar la peor de las noticias, asimilada por el jugador tras un larguísimo silencio. “Sí”, le dicen los médicos, “pero sólo si te operas”.

“¿Y si no me opero”?, replica Green. “Pues puedes jugar y quizá no pase nada o quizá mueras sobre la cancha”.

Y entonces, es cuando definitivamente todo lo que no sea salir de esa respirando por sí mismo se convierte en secundario. Green decide operarse, pero todo es una losa tan grande para su ser que pide al menos aplazar la cita para después de Navidades.

En la ciudad de Cleveland a la que luego, en su largo viaje por los equipos de NBA, representaría en las Finales de 2018, Green se pone en manos del Doctor Lars Svensson. Es enero de 2012, la NBA ya funciona tras haber estado cerca de la cancelación por el lockout pero a Green seguramente eso no le atañe mucho, tumbado en la camilla, operado a corazón abierto.

“Dios mío”, suspira Lars Svensson, mientras contienen la respiración. Se trata de uno de los mejores cirujanos en la materia, en activo desde 1980 y experto que sabe que un milímetro de fallo puede acabar con una existencia. E incluso así, se sobrecoge al ver la aorta de Green, tan fina como un folio de papel.

Durante la operación para reparar ese mal que no sólo llevaba a Green fuera de las canchas sino que podía haberle ocasionado un desenlace letal, el de Maryland tiene el corazón sin latir durante aproximadamente una hora.

Todo termina saliendo como debe, porque Svensson no ha hecho más que lo de siempre desde hace tres décadas: operar corazones. El de Green ya está curado. Comienza el viaje.

Green se convierte en Journeyman

Tras salir sano y salvo de todo el proceso, arranca otro diferente, el que le va a conducir a una extensa rehabilitación para poder competir en la NBA. Green destina los siguientes nueve meses a trabajar su cuerpo: pesas, ciclismo, carrera a pie y batidos y más batidos de proteínas y de vitaminas. Se trata de ponerse a tono, de recuperar la masa muscular, de encontrar la forma física perfecta para volver a la elite de la que salió por un corazón dañado. Un corazón ahora limpio de problemas.

La mejor noticia es que, recuperado, en agosto los Celtics le ofrecen cuatro campañas de contrato y 35 millones de dólares en total. No llega a cumplir ese acuerdo con Boston al completo, porque mediada la tercera de las cuatro temporadas firmadas — aunque la última era una player option que ejercería meses después con Memphis — es enviado a los Grizzlies en el citado enero de 2015. Es un trabajo a tres bandas, en el que también entra a formar parte NOLA, y donde se vieron involucrados jugadores como Tayshaun Prince o Austin Rivers.

Desde ese 2015, Green no ha jugado un curso entero en ninguna escuadra. Tras ejecutar la opción de jugador con los Grizzlies, con los que ha llegado a semifinales del Oeste — y ha sufrido una derrota por 4-2 contra los Warriors, a la postre ganadores del anillo — Green es enviado meses después, en febrero de 2016, a los Clippers a cambio Lance Stephenson. Es lógico que en los Grizzlies busquen algo a cambio por un Green al que el calendario señala como agente libre de manera inminente.

El último gran contrato

La bacanal de dinero que vivió la NBA en julio de 2016, con la llegada de los nuevos derechos televisivos, es aprovechada por Green para suscribir el último gran contrato de su vida. Ya no hará acuerdos largos, vivirá año a año, un trotamundos que va a seguir con frenesí y ritmo alto de cambios de camisetas el viaje que le obligaron a iniciar desde Boston a comienzos de 2015.

La diferencia ahora es que Green será dueño de su destino cada verano. Como lo fue en el invierno recién iniciado de 2011, entonces para salvar su vida, ahora para elegir franquicia. Si el baloncesto ya no es lo prioritario, usémoslo para conocer organizaciones, elegir la plaza en la que quiere estar uno, donde desea ser feliz. Es la facilidad que da tener la vida resuelta, la sencillez de una cuenta corriente poblada de dinero y una experiencia al borde del abismo. 

Al final, Green es libre, fortuna la suya que no todos tienen. Y firma por los Magic en julio de 2016, un curso, 15 millones de dólares. Un pastizal. No volverá a atisbar nada similar. Un año después, acude al reclutamiento de LeBron James para su último curso en los Cavaliers. Green jugará en la 2017-18 por el mínimo con Cleveland, una tendencia que se repetirá verano tras verano. Tras disputar, y perder las Finales de 2018 con los Cavs, acuerda un año, siempre por el citado mínimo salarial, con los Wizards. Green está volviendo al área donde se formó. 

Lo de Washington es un vistazo de un año en la capital para el de la Universidad de Georgetown, quien en 2019, sin mucho ruido, deja D.C. y se enrola en los Jazz. Utah lo despide el 24 de diciembre de 2019; la NBA y las gestiones empresariales no entienden de épocas y de días señalados. Green está firmando los peores porcentajes de tiro de su carrera y en Salt Lake City deciden que hay que mover ficha y prescindir de alguien que esperaban que fuera más determinante desde el banquillo.

Convertido en ese jugador versátil que cada vez ocupa puestos más altos en la rotación, que puede jugar de ala-pívot o directamente de center por momentos, es reclutado por los Rockets de Mike D’Antoni y de James Harden en febrero de 2020. Un contrato de prueba de 10 días, para ver si encaja en esa filosofía, para muchos temeraria, de small ball total que propone D’Antoni. Lo hace. Y los texanos entienden que debe seguir con ellos.

Así, prosigue con un acuerdo hasta finales de curso, un curso luego destrozado y parado en seco por el coronavirus, pero retomado en la burbuja de Orlando. En ese terreno, se convierte en uno de los notables jugadores de los fallidos Rockets. Se  ha vuelto a reunir con Harden, con Westbrook, pero el proyecto de Houston ha caducado.

Durant y el anillo para cerrar el círculo

Destacado en los playoffs 2020, Green deja la burbuja con unas medias de 11,6 puntos, 5,0 rebotes y casi 30 minutos por duelo, para un casi 50% en tiros de campo. El recambio útil, muy útil, desde la banca. A su mejor nivel, al nivel de antes pero también después de esa operación a vida o muerte. Vale que el baloncesto ya no sea lo prioritario, pero qué bien que siga reportándole veladas así.

Agente libre de nuevo tras la eliminación de los Rockets el 12 de septiembre de 2020 en las semifinales del Oeste —otra vez Green cae contra los que luego serían los campeones, en ese caso los Lakers— regresa a casa y espera noticias, que todo se abra de nuevo, para saber qué hacer, por dónde continuar su trayectoria de journeyman

A pesar de no poder apenas ejercitarse en las tradicionales citas veraniegas entre jugadores (ahora en 2020 otoñales y marcadas por la pandemia) ya que Green prefiere no moverse mucho por el coronavirus, su cartel como veterano, su reciente tarjeta de presentación en el verano de 2020, ha llamado la atención los Nets. En Brooklyn tienen las consabidas estrellas, pero deben completar el roster con rotación de calidad, con segundas y terceras líneas potentes. Es entonces cuando Green entra en escena. Él, que ha jugado contra su nuevo entrenador, Steve Nash, que ha estado casi ayer a las órdenes del ahora ayudante en Brooklyn D’Antoni, decide que New York es el escenario perfecto para proseguir su camino. El camino.

Sí, un curso sólo, por el mínimo, ya saben. Pero la oportunidad, quizá la última de su vida, de ganar un anillo. Al lado de Kevin Durant, con quien siempre tuvo amigos comunes del área del Washington y con quien conectó de manera especial desde el inicio en los días de Seattle pero también de Oklahoma, Green, número 5 del Draft de 2007, sigue manteniendo que el baloncesto no es lo prioritario. Voz autorizada en el vestuario, como se demostró tras una derrota ante los Hawks, a ese rol de mentor le sigue añadiendo minutos de calidad. Y quién sabe si todo puede acabar con la meta en forma de anillo dorado, de título de la NBA, el primero de siempre para él, para los Nets, para Brooklyn. Y más ahora, que todo ha dado un vuelco con el traspaso de Harden. Green, Durant y ‘La Barba’ ya fueron escuadra en Oklahoma. Green sirvió, de alguna manera, de escudero de Harden en la burbuja de verano. Todos se conocen. Solo queda rematarlo como se debe. Campeonato.

Porque vale, el baloncesto ya no es lo más importante para Jeffrey Lynn Green, pero un palmarés  aderezado con el amarillo dorado de un anillo puede ponerle más color a una vida que empezó otra vez en enero de 2012. Que siga el viaje, Uncle Jeff.


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