Serie ‘Equipos NBA sin anillo’: los Phoenix Suns que llegaron del futuro

Puestos a mencionar un desierto en Arizona, que sea el cada vez más árido recuerdo de qué son los playoffs para los Phoenix . La franquicia del balón flameado acumula nueve temporadas seguidas (10 con la actual) sin manufacturar un solo minuto de postemporada.

En toda la NBA, solo los Sacramento Kings (14) arrastran un celibato superior al de los Suns, cuyo último precedente posterior a primavera pertenece a las finales de conferencia perdidas, en el año 2010, frente a los después campeones Lakers. Aquella última gran muestra, ya con un puñado de tachones respecto a la obra principal, resultó la munición final de un cargador que se quedó cerquísima de las Finales hasta en tres ocasiones.

No tuvieron premio gordo pero sí estamparon su autógrafo en la historia gracias al alumbramiento de un estilo tan insólito como embriagador. Continuamos en este momento la serie Equipos NBA sin anillo, y lo hacemos con los Phoenix Suns que fabricaron la llave del baloncesto contemporáneo.

Todo empezó en 1999

Los Phoenix Suns de los años 2000 resultan una praxis comparable a los Kings de principios de siglo. Nunca accedieron a unas Finales y, por ende, se quedaron con las ganas de campeonato. Sin embargo, sí redactaron leyes propias en temporada regular y desarrollaron un enfoque vistoso, innovador, preciosista y que reclutó una legión de devotos admiradores (no solo aficionados). Un equipo que permaneció en la memoria de todos gracias a sus originales métodos.

Aquellos Suns camparon a sus anchas por la Conferencia Oeste entre el año 2004 —clave con la llegada de — y el citado 2010. Un sexenio durante el que solo hicieron huelga de playoffs en una ocasión y donde alcanzaron tres luchas finales del Oeste.

Todo comenzó un puñado de años atrás. Momentos antes del angustioso Efecto 2000…

En el draft de 1999, los Suns se apuntaban el tanto de un joven desde el número 9. En un certamen en el que reinó Elton Brand y Steve Francis rehusaba la invitación de los Vancouver Grizzlies, Marion suponía un proyecto exuberante dentro de una plantilla ya de rigurosa élite.

Jason Kidd, Penny Hardaway, Clifford Robinson o Tom Gugliotta lideraban un vestuario que ese mismo curso 1999-00 entregaría las armas solo en las semifinales de conferencia. Once campañas seguidas llevaban en Phoenix sin perderse las eliminatorias por el título, con Finales incluidas en 1993, y aquel grupo estiraría la racha hasta la número trece (año 2001).

Marion irrumpía con fuerza en la NBA gracias a sus 18,7 puntos, 9,3 rebotes, 2,5 robos y 1,9 tapones en su único curso en la NCAA. Resultaba uno de los aleros mejor armados de su clase debido a condiciones inmejorables: fuerte, ágil, potente, buen defensor y atacante pese a una coreografía de tiro por la que cualquier entrenador infantil se entregaría a la bebida. Marion era una bomba física que podía rebotear, anotar, contraatacar, taponar… Todo lo que quisiera y más dentro de un envoltorio de acero endurecido.

Con el joven de la Universidad de Nevada, los Suns pretendían elevar su apuesta de persecución a San Antonio, Lakers, Rockets, Jazz y las franquicias que dominaban la mitad pacífica. Sin embargo, esa no fue la generación de Shawn Marion en Phoenix, por mucho que en su segunda temporada ya resultara máximo anotador del equipo (17,6 puntos y 10,7 rebotes).

En 2001, los Suns desilachaban el proyecto liderado por Kidd después de caer en primera ronda de playoffs ante Sacramento. Tocaba empezar de cero, con materiales renovados.

Año 2001: salida de Kidd

Kidd, que tenía 28 años y ya acumulaba pedigrí All-NBA, era traspasado a los New Jersey Nets a cambio de Stephon Marbury; un joven (24) cabeza loca que ni en Minnesota ni en New Jersey había enfocado su talento hacia el bien común.

Con ese movimiento, los Suns deseaban extraer un base de enfoque vanguardista: joven, fresco, rápido y perspicaz con el balón. Un nuevo líder de proyecto que les condujese a nuevos horizontes. Efectivamente, rastreaban todo lo que luego encontrarían en Steve Nash.

Dicho sea de paso, los Suns habían contado con Nash en su plantilla tiempo atrás. Fue después de elegirle en el draft del 96. Sin embargo, tras dos primeras añadas con poco brillo (9,1 puntos y 3,4 asistencias en la última) lo traspasaron a Dallas.

“(Don) Nelson realmente fue quien le dio el espacio que necesitaba cuando le firmó en Dallas, jugando con un estilo determinado, juntándole con Dirk (Nowitzki) y de veras lanzando su potencial ofensivo”, podía recordar Steve Kerr, entrenador de Golden State y general manager de Phoenix entre 2007 y 2010.

El pelotazo de los Mavs fue doble, pues, una hora antes de hacerse con Nash vía traspaso, eligieron en el draft (1998) al único alemán MVP de la NBA. Donnie Nelson, hijo de Don —entrenador y presidente— había comido la oreja a su progenitor acerca de las posibilidades de Nash, que en Phoenix no habían destapado. Los Suns ya contaban con Kidd y Sam Cassell como estandartes exteriores y poco lugar quedaba para el máximo asistente histórico de la Universidad de Santa Clara (California).

Phoenix terminó traspasando a Steve Nash a cambio de Pat Garrity, Martin Muursepp, Bubba Wells, y una primera ronda del draft de 1999 que acabaría convirtiéndose en (¡sorpresa!) Shawn Marion. Sin saberlo, la salida de un futuro icono posibilitó la llegada de otro. Las gallinas que entraban…

2001 y 2002: Johnson y Stoudemire

Entre tanto, a la salida de Jason Kidd le siguieron nuevos movimientos importantes. Continuaban llegando futuros miembros ilustres del club. En el verano de 2001, el de la llegada de Marbury, también se aceptó a Joe Johnson. También, desde el draft, con el número diez. Un draft que dio con Pau Gasol como primer jugador europeo llegado desde el viejo continente (no vale Rik Smits) elegido dentro de los tres primeros lugares.

Más jóvenes y posibilidades en el horizonte. Sin embargo, algunas fueron cayendo por su propio peso. Marbury y sus muebles poco ajustados estaban lejos de resultar adalid del nuevo proyecto. El cartel de Starbury era ya máximo (llegaba a Phoenix con promedios de 23,9 tantos y 7,6 asistencias de New Jersey). Juventud, proyección, talento… Sin embargo su electricidad no desembocó en un mejor récord para el equipo. Phoenix tendría que seguir buscando un point guard que se pusiera al servicio de lo común e invocase una corriente fiable de victorias.

También vía draft pero una edición más tarde, en 2002, llegó otro de los grandes amuletos de la organización. En el puesto número nueve —igual que Marion— los Suns apostaban por uno de los interiores mejor provistos de esa cosecha. Llegaba al equipo Amar’e Stoudemire.

Con puesta a punto directamente desde el instituto de su Florida natal, el pívot resultaba un diamante. Se decía que un “futuro Shaq”. Por sí sola, la presencia de Stoudemire no resultaría tan letal, pero años más tarde recibiría el mayor regalo de su carrera en forma de nuevo base titular y jefe de pelotón.

2004: vuelta de Nash y D’Antoni

Desde la ruptura del proyecto con Kidd al mando, los jóvenes y prometedores Suns habían llegado a playoffs en una temporada de las últimas tres. Crecían pequeños brotes verdes, pero era muy despacio. Y de repente se alinearon dos de los mayores puntos de giro de la historia de la franquicia.

Contaban los Suns ya con dos jugadores grandes, físicos y talentosos. Cincelados como los ángeles. Tan solo faltaban un par de directores para acariciar los instrumentos también de manera celestial. Ambos llegaron con unos meses de diferencia.

Primero, se dio la bienvenida a Mike D’Antoni. Casi desconocido para la época, el técnico había sido jugador (residual) en los años 70 y después adjuntaba un par de cursos como asistente, primero, y luego voz principal en el banquillo de Denver. Nada demasiado boyante. De hecho, fue tras una colecta famélica como entrenador en los Nuggets (14-36) cuando terminó de asistente en Phoenix.

Un solo ejercicio en la sombra le valió el salto como gestor principal de vestuario en los Suns. Sustituyó a Frank Jackson tras un inicio de temporada 2003-04 demasiado tibio (8-13).

Apenas reunía experiencia —media temporada en Denver— pero Bryan Colangelo, al mando de la directiva de los Suns, pensó que los novedosos bocetos de D’Antoni podrían funcionar. Mike era un enamorado del ataque y convertiría a Phoenix en un laboratorio andante con el que poco a poco patentar una nueva fórmula milagrosa.

En ese escenario revolucionario se consideraba a Steve Nash, agente libre de cara al verano de 2004, pieza fundamental. Irían a por él a degüello en el mercado. Con todo.

D’Antoni observó a Nash de igual modo que Don Nelson antes de llevárselo a Dallas. Aquel predicador del verso libre podría guiar sus huestes: escribiría los dictados del seven seconds or less, pondría de moda los triples y situaría a sus compañeros en la mejor posición para anotar. Era exactamente el jugador que el entrenador estaba buscando.

Phoenix se marcó un all in en aquella agencia libre. 65 millones de dólares por los próximos seis años. Nash, ya con raíces en Texas e inseparable de Dirk Nowitzki, dio la oportunidad a Mark Cuban de igualar. El propietario de los Mavs no accedió. Consideró a Nash (30 años) impropio de un contrato de tamaña duración. Con los años, Cuban admitió aquella como la peor decisión de su carrera en la NBA.

Así, ocho años después de draftearle y seis desde su marcha, los Suns y Steve Nash volvían a poner en común sus carreras. Y entonces abrazarían la mejor época por ambas partes.

“Nash llegó al siguiente nivel en Phoenix, con otro entrenador (como Nelson) que realmente sabía cómo utilizarle y teniendo el talento alrededor para sacar lo mejor de él. Le costó llegar hasta ahí pero pasó de ser un muy buen base al que te encantaría tener en tu equipo a ser un Hall of Famer“, podía añadir Steve Kerr.

2005: temporada del 62-20

Con Nash al aparato, los Suns parieron una auténtica obra de arte. En la temporada siguiente a su llegada consiguieron el mejor balance del año (62-20), igualando el récord histórico de la franquicia, de la 1992-93. También, el base fue coronado como el único canadiense MVP. Sería la primera de su corona doble en la Liga.

De una campaña anterior de 29-63, los Suns pasaron a dominar la competición. El quinteto estaba conformado por Nash, Quentin Richardson, Joe Johnson, Marion y Stoudemire. Y la partitura que todos obedecían era el ilustre seven seconds or less.

Un estilo rápido, fugaz, vistoso, de culto radical —casi enfermizo— por el ataque. Tiradores especializados bien abiertos y gusto por el pick and roll con los grandes. Resultaba dogma encontrar el mejor tiro lo antes posible. Nash pisaba el acelerador y el resto remataba faena desde la distancia que les competía.

Aquellos Suns anotaron más que nadie en la temporada 2004-05 (110,4 puntos por noche, muy por delante del segundo en la tabla, Kings, 103,7). También reinaron en los triples, siendo líderes en intentos (2.226) y en tino (casi 40%). Una engrasadísima corporación de profanar territorio enemigo: anotar, correr, compartir y lucirse delante de los objetivos. Un auténtico jolgorio de ataque; no así tanto en defensa, donde no destacaban particularmente.

Phoenix, D’Antoni y Nash abrieron el melón que ahora toda la Liga disfruta. Resultaron el antepasado más reconocible y próximo de los Warriors cinco veces finalistas o de los actuales Rockets. Cadencia muy elevada y triple como credo innegociable. Fueron los Suns quienes empezaron a llamar a las puertas de la revolución de los tres puntos que se impone en la actualidad. Parecían llegados desde el futuro.

De algún modo, hasta se puede decir que Steve Nash resultó precedente tanto de Stephen Curry como de James Harden, jefes de Estado en el canon vigente.

“Nash fue el primer tío que recuerdo ensayando el tiro de tres desde más allá de la línea durante los descansos”, podía recordar Shaun Livingston, llegado a la NBA en 2004. En efecto, ahí había antepasado de Steph y cía.

En la temporada de su estallido, los Suns dominaron el período regular a toda velocidad pero su mecha se interrumpió en las finales del Oeste. Los San Antonio Spurs, luego campeones, les propinarían el primero de los sinsabores que estaban por llegar.

El equipo de Popovich desaceleró la serie a su gusto, la atestó de contenido defensivo y por ello levantó después el título.

2006: lesión de Amar’e

Un año después de su rutilante puesta en escena, los Suns se toparon con los primeros gafes. Stoudemire, con problemas en las rodillas, solo pudo actuar en tres encuentros durante toda la temporada.

Aun así, el equipo de Mike D’Antoni sembró bien durante la temporada regular (54-28). Se repuso de la crucial falta de su pívot titular con nuevos reclutas (Leandro Barbosa, adquisición del curso anterior, Boris Diaw, Raja Bell, Kurt Thomas, James Jones…).

La doctrina D’Antoni siguió funcionando a destajo. De nuevo, los Suns fueron el equipo más rápido (pace de 95,8), el que más anotaba (108,5 puntos por partido, a más de seis tantos del segundo), líder en triples anotados (837) e intentados (2.097).

Contra todo, los Suns volvieron a finales de conferencia. Nuevamente, cortadas de golpe, esta vez por los Mavericks (4-2). De nuevo, a las puertas de las Finales NBA por culpa de un futuro campeón. Y no sería la última.

2007: semifinales, Spurs, Horry y sanción

En la siguiente campaña, más de lo mismo, con máximos históricos sobre lo dictado por el entrenador: líderes en puntos por partido (110,2), triples…

Los Suns volvieron a marcar un registro de matrícula (61-21). Luego, no volvieron a pelear en el pulso final de la conferencia, pero la caída resultó todavía más dolorosa.

Las semifinales ante San Antonio estuvieron marcadas por aquel empentón que Robert Horry propinó a Steve Nash. Era el cuarto partido, con aún fuerzas igualadas (2-2). Al ver cómo su compañero quedaba empotrado contra el paisaje publicitario, Stoudemire corrió desbocado desde el banquillo para auxiliarle en la desigual batalla. Fue lo peor que pudo hacer.

De manera inquisitoria —hasta cruel e improcedente— la NBA castigó con un partido de suspensión el viaje de Stoudemite (y Diaw) desde el banquillo en ayuda de Nash. Amar’e se perdió el quinto de la serie, donde los Spurs desnivelaron el cruce. Aquel resultó su episodio más triste. Y, una vez más, a casa antes de las Finales de la NBA.

2008: adiós de D’Antoni

La siguiente resultó la última temporada, cuarta seguida, con Mike D’Antoni postrado en el banquillo.

Un período regular muy decente (55-27), donde los Suns quedaron a solo dos partidos del mejor récord de su conferencia (Lakers, luego finalistas), no impidió que se clasificaran sextos para los playoffs.

Sin saberlo, aquel fue un curso profético del final. Los Suns traspasaron a Shawn Marion, por el que obtenían a un Shaquille O’Neal ya en tiempo de descuento (35 años). La llegada de Shaq apenas corrigió el sino del equipo.

En primera ronda esta vez, San Antonio les firmó de nuevo el finiquito, por la vía rápida (4-1).

Se deshacía la armonía de los últimos años. Se caía por primera vez en primera ronda, se despedían Marion y también D’Antoni, que salía con destino a una ratonera llamada New York Knicks. Fue el fin de los seven seconds or less y de los mejores Phoenix Suns que conocieron las generaciones más recientes.

2010: Gentry y últimas finales de conferencia

Sin D’Antoni y la cuadrilla inicial, los Suns ni siquiera llegaron a los playoffs siguientes. Alvin Gentry se estrenaba en el banquillo.

En la temporada 2009-10, llegó la última gran obra atribuible a Phoenix. El equipo volvería a desquitarse llegando a las finales del Oeste por tercera vez en seis temporadas. Nuevos grumetes a bordo (Goran Dragic, Robin Lopez, Jason Richardson…) pero Nash y Stoudemire seguían sujetando todo. El destino resultó idéntico a anteriores intentos fallidos.

Cayeron ante los Lakers, luego campeones, como punto final de un equipo que adelantó el futuro unos cuantos años.

“Fue uno de los mejores equipos contra los que jugué aunque no ganase un campeonato. Nash era como sacado de un videojuego”, podía opinar Livingston. No le faltaba razón a ‘El Renacido’, pues el tercer máximo asistente de la historia (tras Stockton y, sí, Kidd) es considerado uno de los mejores bases de la historia.

Tres jugadores (todos obtenidos vía draft), un entrenador, un conjunto y un dogma sin anillo… pero para recuerdo eterno de todos. Una idea que adelantó el futuro. Eso fueron los Phoenix Suns. Una profecía de cómo Warriors o Rockets llevarían años más tarde aquellos métodos a un extremo que sí pudo elevarse por completo.

(Fotografía de portada: Christian Petersen/Getty Images)


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