Serie ‘Origen de las franquicias NBA’: sucedió en Nueva York


Ned Irish fue una vez muy pobre. La cantidad de ceros de su cuenta corriente era inversamente proporcional a la ambición y los sueños que alimentaban su espíritu. Su padre había fallecido cuando apenas contaba con tres años de edad y su madre, enfermera, decidió sustituir el minúsculo pueblo de Lake Wood por el bullicio y los rascacielos de Brooklyn, buscando mejores posibilidades de vida para ambos.

Poco a poco fue construyendo su fuerte y controvertida personalidad mientras sus dotes para avistar una oportunidad de hacer negocios se hacían patentes. Nadie le regaló nada y él mismo se vio obligado a labrarse su propio camino. Irish comenzó su relación con el mundo del baloncesto durante su estancia en el Erasmus Hall High School, donde trabajó como estudiante corresponsal de deportes. Posteriormente se matricularía en la Universidad de Pennsylvania. Allí aparcó temporalmente la cobertura deportiva a favor del mundo de los negocios.

Su ingenio se multiplicó ante la necesidad de pagarse la alta cuantía de sus estudios empresariales. Una semana se dedicaba a vender las partituras de las comedias musicales de la distinguida The Masque and Wig tras sus actuaciones. A la siguiente, ofrecía servicios de asesoría y colocación laboral a todas aquellas personas que acudían a él en busca de trabajo. Este continuo salto entre ocupaciones le llegó a aportar unas ganancias de hasta cien dólares por semana, una cantidad nada desdeñable para la época. Sin embargo, en lugar de su curso de negocios completó los estudios de periodismo, retomando aquel sueño que tenía desde pequeño. Quería ser un buen periodista. Tras graduarse fue contratado por el New York World-Telegram por 60 dólares a la semana, una suma que complementó como publicitario para los New York Giants de la NFL.

Sin embargo, el mundo de la prensa no lo acogió tan bien como esperaba. No era un mal periodista pero todo el reconocimiento y la atención recaía sobre las figuras de W.O. McGeehan y Damon Runyon, los grandes referentes del momento. Consciente de esta barrera insuperable sustituyó el trabajo de campo por los entresijos de las oficinas: la planificación y la gestión interna.

El baloncesto se había convertido entonces en un deporte rentable para los promotores deportivos de la ciudad de Nueva York, quienes cedían sus pistas de baile y naves industriales para la disputa de partidos de todo tipo, principalmente de la liga universitaria. Obviamente, a cambio de un pago suculento procedente de las arcas de los centros educativos. Nadie definió mejor la realidad de aquellos años que Joe Lapchick, estrella de los Origins Celtics y, posteriormente, entrenador durante casi cuatro décadas. “Todos los que jugamos para los Celtics ganamos poco dinero. El hombre que controlaba el equipo viajaba gratis allá donde iba.”

Gracias al impulso dado por el alcalde Jimmy Walker, el baloncesto se presentó a lo grande en La Gran Manzana. Y, para ello, aprovechó la gran magnitud de la meca del baloncesto, el Madison Square Garden. Puesta la primera piedra, muchas personas se acercaron al entonces presidente John Reed Kilpatrick con el fin de ‘camelárselo’ con diversos planes deportivos (y lucrativos) para promover el baloncesto regularmente.

Cuando Irish se acercó a Kilpatrick lo hizo con una propuesta meticulosamente preparada y respaldada por Tim Mara, dueño de los Giants. Le garantizó 4.000 dólares al día, el costo promedio de alquiler del recinto por una noche. A cambio, Irish controlaría toda la programación de los eventos, las entradas y la publicidad necesaria. Y lo más importante: Kilpatrick compartiría con él un porcentaje suculento de las ganancias obtenidas sobre la base inicial. El propietario aceptó el acuerdo, otorgando plenos poderes a Irish siempre y cuando los 4.000 dólares prometidos alimentaran su cuenta corriente en los plazos establecidos.

El 29 de diciembre de 1934, el Garden acogió un duelo universitario entre Nueva York y Notre Dame, el primero bajo el nuevo mandato de Irish. El partido atrajo a más de 16.000 aficionados, cantidad suficiente para superar los 4.000 dólares necesarios y obtener la consiguiente parte de los beneficios obtenidos. En una una sola noche había ganado lo mismo que en seis meses en el New York World-Telegram. Nunca más regresaría a la redacción de un periódico. Al menos no como periodista.

Rápidamente, Irish y el Garden se hicieron con el monopolio baloncestístico de Nueva York. No había partido de baloncesto relevante que bordeara su notoria influencia. A medida que su imperio aumentaba, también lo hacía un carácter cada vez más pretencioso y arrogante, lo cual le provocó diversos enfrentamientos con autoridades locales, funcionarios educativos y periodistas, de los que renegó por completo tras su salto a las oficinas. Había sido lo suficientemente clarividente como para sacar el baloncesto de los gimnasios y ubicarlo en el Madison Square Garden. Los equipos de las universidades de NYU, City College, Long Island University y St. John’s jugaban bajo sus dominios y a sus exigencias debían someterse. Sin peros que valieran. “Mis condiciones o regresar a los gimnasios”, era la escueta respuesta que salía de sus labios ante la mínima queja. Su principal objetivo había girado alrededor de la protección de sus ingresos, aunque estos habían ascendido hasta los 200.000 dólares anuales, casi cien veces más que lo que ganaba cuando abandonó el negocio de la prensa en plena Gran Depresión. “No me importa lo que digan de mí mientras compren entradas”, solía decir.

Así, cuando los principales propietarios de las mejores salas de la Costa Este se reunieron en 1946 con el plan de crear una liga profesional de baloncesto, Irish tenía asegurada su admisión. La docena de hombres que asistió a aquella histórica reunión designó a Maurice Podoloff, un reputado abogado que dirigía la American Hockey League, como el primer comisionado de aquella ambiciosa y primigenia competición. Posteriormente, Podoloff llamó a los representantes de las ciudades sobre las cuales no había disputas en torno a la posibilidad de albergar un equipo. Así, cada propietario presentó su proyecto mientras el comisionado y el resto de empresarios escuchaban atentamente. “Si alguien tiene alguna objeción, que hable ahora o calle para siempre”, aclaró Podoloff. Una a una, las primeras ciudades fueron confirmándose sin apenas dudas hasta completar una serie de diez equipos y sus respectivas sedes: Washington, Filadelfia, Boston, Toronto, Chicago, St. Louis, Pittsburgh, Providence, Detroit y Cleveland. Solo Nueva York permanecía sin resolver. A Irish le salió un competidor de última hora: Max Kase, un popular periodista y editor del New York Journal-American.

Conocedor de su importante ventaja económica, Irish inició su ponencia poniendo todas las cartas sobre la mesa. “Represento a una corporación con más de tres millones y medio de dólares en activo.” Inmediatamente después, Kane describió un elaborado esquema como base de un equipo que tendría su sede en Manhattan. De vez en cuando, Irish interrumpía la presentación de su competidor recordando las cuatro palabras sobre las que se construía su propuesta: “Tres millones y medio.” Cuando la deliberación fue sometida a votación, Irish y el Madison Square Garden ganaron de forma apabullante. La franquicia era suya.

Nueva York y su vínculo ‘Knickerbocker’

Cuando llegó la hora de bautizar a su equipo, el nuevo propietario deportivo lo tuvo claro. El término ‘Knickerbockers’ tenía su origen en el tipo de pantalones que utilizaban los colonos holandeses que se instalaron en la zona de Nueva York en el siglo XVII. En 1809, el escritor Washington Irving introdujo oficialmente este término en su libro ‘A History of New York’ para designar a todo neoyorquino con ascendencia directa en aquellas primeras colonias holandesas. Tras la publicación de esta obra, la palabra ‘Knickerbocker’ se vinculó de forma indeleble con la ciudad de Nueva York y todo lo que representa: desde la cerveza Knickerbockers Beer hasta el musical Knickerbocker Holiday de Broadway de 1938.

No obstante, la fundación de los New York Knicks de la BAA no constituyó el primer vínculo entre este vocablo y el deporte. En 1845, Alexander Cartwright, un librero y bombero de Manhattan al que se le atribuye la invención del béisbol moderno, nombró a su equipo de esta nueva disciplina como los New York Knickerbockers o, como se les conocía de forma más habitual, ‘Knickerbockers Nine’. Por lo tanto, el término había sido una parte integral de la escena de Nueva York durante más de un siglo cuando la BAA otorgó la franquicia a Irish.

Cumplido este trámite, Ned sacó a relucir su arrogancia una vez más y se permitió una serie de licencias a priori prohibidas por la propia normativa vigente. El propietario quería que sus Knicks ganaran y para ello contrató a Joe Lapchick como head coach tras una primera campaña discreta con Neil Cohalan (33-27). Sus métodos para incorporar talento a la plantilla fueron mucho menos ortodoxos. Tras la temporada 1948-49, Irish decidió reforzar el equipo con Vince Boryla y Ernie Wandeweghe. Teóricamente, las reglas vigentes tan solo le permitían optar a uno de los dos. Pero su postura fue inamovible. “Si no obtengo a ambos, los Knicks se retirarán de la liga”. Apenas un año antes había protagonizado una artimaña similar al seleccionar a Harry Gallatin a pesar de no ser elegible por haber disputado tan solo dos años de su etapa universitaria. Su respuesta siempre venía a ser la misma: “O las cosas funcionan como yo quiero o me marcho.” No es necesario aclarar que rápidamente se ganó enemigos entre el resto de propietarios, quienes, a su vez, sabían de sobra que la influencia y el dinero de Irish eran fundamentales para mantener la estabilidad de la liga. La BAA no pasaba por un buen momento y la temporada 1947-48 había dado comienzo con tan solo ocho equipos tras la desaparición de los Rebels, los Falcons, los Ironmen y los Huskies, y la anexión de los Baltimore Bullets procedentes de la ABL.

Un año después la nómina de equipos volvió a ascender hasta los doce pero los problemas económicos y la disminución del seguimiento obligó a la BAA a fundirse con la NBL, quien también pasaba por un momento estructural bastante preocupante. Había nacido la NBA.

La nueva competición exigía un cumplimiento más estricto de la normativa y un escándalo posterior obligó a Irish a recular y adaptarse a las reglas del juego. En 1951, un macro-episodio de sobornos y dumpering involucró a un total de cuatro universidades de Nueva York y 33 jugadores. 21 de ellos fueron declarados culpables y algunos acabaron en prisión, mientras que la carrera de varios entrenadores se arruinó para siempre. Este asunto mató el baloncesto universitario en la ciudad durante muchos años. Al propio Irish le llegó a salpicar directamente el asunto, pero nunca llegó a ser culpado de nada de lo ocurrido. Ni él se responsabilizó de lo más mínimo. Pero el tono de sus exigencias disminuyó considerablemente a partir de entonces.

Tampoco lo necesitó. El dirigente había logrado constituir una plantilla muy potente que alcanzó tres Finales consecutivas entre 1951 y 1953. Los Boryla, Gallatin, Wandeweghe, Zaslofsky, Braun y Clifton, este último ‘arrancado’ de las manos de los Harlem Globetrotters de Abe Saperstein, lideraron un grupo muy peligroso en ataque y que poco a poco fue equiparando la balanza también en defensa. Lo tenían todo para alzarse con el campeonato, pero se toparon en dos ocasiones con el muro de George Mikan y sus Minneapolis Lakers, la primera dinastía en la historia de la NBA.

Para abrazar su primer título, los Knicks tendrían que esperar hasta los años 70, una vez concluida la feroz hegemonía de Boston durante una década de los 60 pobre en cuanto a resultados para los neoyorquinos. Los Knicks conquistarían los anillos de 1970 y 1973. Ned Irish abandonaría la dirigencia de la franquicia apenas un año después, en 1974, cerrando así un círculo que había dado comienzo 40 años atrás.


Anterior entrega: Los Ángeles ClippersLa serie completa aquí.

(Fotografía de portada de Sarah Stier/Getty Images)


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