Verano, tiempo de cambio (I) – Renegados a la medianía


Se acabó la temporada, da comienzo el verano. Y aunque se asocie con las vacaciones y la desconexión, cualquier aficionado NBA sabe que el periodo estival está lleno de curvas. Deportivas y vitales. Las grandes ligas estadounidenses se han esforzado en que, pese al parón de las competiciones, el espectáculo no cese ni un segundo. Draft, agencia libre y traspasos provocan que los despachos absorban el ritmo voraz que se ve en pista sin siquiera digerir lo jugado. La proclama del nuevo campeón apenas espera 24 horas hasta el bombazo que pone todo patas arriba.

Como es natural, la offseason es el ambiente más apropiado para que acontezca cualquier cambio que amenace con reescribir la historia. Pero los meses más calurosos del hemisferio norte no son solo campo propicio para las metamorfosis colectivas, sino también para las individuales. Y estas también resultan sísmicas cuando atañen a talentos capaces de alterar el devenir del juego. 

El salto cualitativo viene con trabajo en la sombra, cuyo ningún nombre ha alumbrado más en la historia de este juego, quizás de ninguno, que Kobe Bryant. Solo su anecdotario podría llenar una enciclopedia al completo de rutinas inverosímiles para el común de los mortales. Para él no existían ratos libres ni silencio. Solo baloncesto, rechinar de zapatillas y el eco de los botes en la pista vacía. Su infinito legado deja la Mamba Mentality como apóstrofe eterno del deportista de férrea disciplina.


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