Ha sucedido y seguirá sucediendo a lo largo de toda la historia del baloncesto que frenar a los talentos ofensivos más diferenciales es un trabajo de equipo. Más si cabe cuando el jugador en cuestión es un sistema de ataque en sí mismo. Tener un plan lógico no es suficiente, pues estas figuras requieren de introducir variables casi infinitas en esquemas y conductas defensivas. Y durante los últimos 5 años, nadie ha representado eso como Nikola Jokic, al punto de dar por hecho que el éxito o fracaso de sus equipos en playoffs dependían casi enteramente de la aportación de los secundarios.
Cada enfrentamiento con el serbio parte con la duda de agarrarse a uno de los dos principios básicos de la defensa a estos jugadores sistemas. O bien le defiendes con una marca individual exponiéndote a que anote a placer o bien le envías segundas vigilancias para quitarle el balón de las manos. Hipótesis esta última que ha resultado no salir a cuenta. Jokic jugando en superioridad numérica es uno de los mejores de siempre. En el uno contra uno, todavía cabe agarrarse a una extrañísima noche de poco acierto.
«Nadie anima por Goliat»
Hay otro factor que cae del lado de quienes prefieren aislarle del juego: a Jokic se le puede pegar. No es solo cosa suya, sucede con todo jugador grande, lo que pasa es que es mucho más obvio en lo que son dominantes con balón. Sobre todo ante defensores de mucha menor talla (véase el emparejamiento de Jrue Holiday con Victor Wembanyama).
El tres veces MVP, como muchas estrellas, sabe jugar con el silbato e inventar faltas de la nada que le ayudan muchas veces a calmar el ritmo del juego cuando le viene bien o a sacar puntos bajo las piedras cuando el ataque no fluye como debería. Ahora bien, en el plano micro, Jokic está recibiendo contactos permanentes que los jueces no pueden sancionar con falta cada vez. Sus ya ilustres cicatrices, marcas de continuo forcejeo, serían suficientes. Pero la explicación es muy visual.
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Dicho todo esto, ninguna defensa le había encadenado tanto como lo está haciendo la de Rudy Gobert en esta serie entre Denver y Minnesota. Lo cuál está apagando a todos los jugadores de los Nuggets que no se llaman Jamal Murray.
El pívot francés le ha defendido un total de 178 posesiones durante la eliminatoria, dejándole en un 18 de 52 en tiros de campo como defensor principal (34,6%), provocándole 9 pérdidas (las mismas que asistencias), enviándole solo 8 veces a la personal y, el dato más increíble, recibiendo solo 162 puntos de Denver como conjunto cada vez que ha sido su marca individual.
Este curso, con Jokic en cancha, los Nuggets han producido 1,28 puntos por posesión en ataque. Equivalente a la mejor ofensiva de siempre. Un dato que en esta serie, cuando Jokic queda emparejado con el cuatro veces Defensor del Año se desploma hasta los 0,90.
Si uno acude al box-score de cada partido, puede sacar la conclusión de que Jokic y Murray están contando con poca ayuda. Pero el verdadero quebradero de cabeza par Denver está siendo no ser capaces de replicar secuencias que generen situaciones provechosas para estos secundarios. El juego de cortes y campo abierto que siempre ha sido seña de identidad en los Nuggets de Jokic no existe.
Motor gripado
Esto puede encontrar explicación en la incapacidad del balcánico para castigar tiros abiertos, en el renqueante físico de Aaron Gordon, el estado de forma de Christian Braun y Cam Johnson o la ausencia de Peyton Watson. Ahora bien, parte sobre todo de que el serbio y el canadiense juegan con Gobert y McDaniels subidos a sus chepas mientras el resto del quinteto de los Wolves no abandonan su marca. Y aquí, es especialmente reseñable la cantidad de espacio cubierto y esfuerzos repetidos por Gobert a sus 33 años.
Dos incisos más a nivel estadístico.
- Eficiencia en el aclarado: Temporada regular → 1,7 posesiones por partido; 1,08 puntos generados por posesión (percentil 87,6) // Playoffs → 3 posesiones por partido, 0,5 puntos generados por posesión (percentil 0).
- Los números en los últimos cuartos de Jokic+Murray: Game 1 → 10 puntos, 5 asistencias, 4/12 TC // Game 2 → 4 puntos, 4 asistencias, 2/12 TC // Game 3 → 10 puntos, 1 asistencia, 3/8 TC // Game 4 → 15 puntos, 0 asistencias, 3/12 TC
El cuarto encuentro fue una debacle para los Timberwolves, que ejecutaban su tercer ataque del partido cuando perdieron a Donte DiVincenzo por la rotura de su Aquiles y no llegaban al descanso cuando Anthony Edwards tomaba camino a vestuarios con un edema óseo en la zona de la rodilla izquierda.
Ambas lesiones cambian el panorama totalmente para Minnesota, pero no tanto en esta eliminatoria, donde las ventajas alrededor de las que se han hecho fuertes van más allá de su estrella (ya tocada de antes) y una pieza tan fundamental como DiVincenzo. Estas bajas limitan el techo físico y ofensivo del equipo, pero es que en ataque los Wolves no están necesitando de arrebatos de talento. Simplemente de atacar la zona sin descanso ante la incapacidad defensiva del propio Jokic y compañía (es el equipo que más puntos saca en estos playoffs desde la penetración). Y ahí Ayo Dosunmu ya les trituró el otro día.
Las posibilidades de Denver no pasan tanto por aprovechar las bajas de Minnesota, sino en resolver esos emparejamientos individuales para poder volver a atacar como un colectivo. Será muy duro si la conclusión a la que se llega es tan simple como que Jokic no puede imponerse a Gobert.
(Fotografía de portada de Matt Blewett-Imagn Images)





