Al cabo de los años siguiendo una competición, uno vive de sus corazonadas. Esos jugadores en los que se atisba algo especial cuando apenas cuentan con minutos de juego para luego vivir con cierto orgullo si acaban siendo importantes en la propia NBA o, como mucho, algo de melancolía cuando encuentras ese nombre rellenando una plantilla de Euroliga o fichado por un equipo en algún lugar exótico.
Sucede en idéntica medida con la versión de Isaiah Hartenstein en Los Angeles Clippers o con Craig Porter Jr., Nassir Little, Andre Jackson Jr. y una larga lista de secundarios que viven como espinitas clavadas junto a esas esperanzas ciegas que los años van acumulando.
Paul Reed ha sido quizás el mayor ejemplo de este catálogo durante mucho tiempo. Ser interior de rotación en los Sixers de Joel Embiid no es tarea sencilla. La geometría de juego cambia drásticamente en ambos lados de la cancha de un momento para otro y la tarea de quien entra en pista es simplemente no hacerse notar para mal. Ese fue el primer rol que Reed ocupó de forma más o menos preminente en la NBA.
Y lo cierto es que rara vez desentonaba. Su movilidad permitía que los esquemas defensivos se permitiesen el cambio en todos los bloqueos sin preocuparse demasiado, logrando trasladarla también al ataque en sistemas más alegres y dinámicos que los que imponía la presencia de Embiid en cancha. Sin embargo, los minutos siempre fueron suministrados con cuentagotas por unos u otros técnicos que ponderaban a Reed por debajo de Andre Drummond. Una opción algo más conservadora por el rebote y el dominio más estático de la pintura propia.
Este mismo papel se ha visto reflejado en su etapa en Detroit, donde es lógico que parta por detrás de Jalen Duren e Isaiah Stewart, pero donde sigue coleccionando el ya recurrente tweet de «qué gran partido de Paul Reed para no volver a jugar un solo minuto hasta la semana que viene». El 12 de noviembre, se marcaba uno de los mejores partidos de su carrera con 28 puntos, 13 rebotes, 6 asistencias, 4 robos, 1 tapón, 11 de 13 en el tiro y perfecto desde el triple.
Ese día fue titular por las bajas en el interior. A los 12 días se comía una ausencia por decisión técnica.
El comodín perfecto para no usarlo
Hay muchos jugadores que acumulan cifras ante rivales de poca enjundia para engordar su box score sin un impacto real. No es el caso de Reed, cuyo arquetipo le permite sobrevivir a las mil maravillas en el baloncesto moderno. Es un gran reboteador para su talla (206cm), rápido de pies, con buen vertical, aseado pasador, tirador potable y que, por si fuese poco, puede generarse puntos desde lo individual en determinadas circunstancias. Lo único en lo que no es al menos un 6 es en los bloqueos, pero lo enmienda con su rapidez tras la pantalla.
Todo esto ha eclosionado en los dos últimos partidos de los Pistons con independencia de lo que signifique para la figura de Jalen Duren. Reed fue arrojado a cancha en el último cuarto del quinto encuentro después de no haber jugado un solo minuto para terminar la prórroga con 10 puntos, 8 rebotes, 2 tapones y varias jugadas que mantuvieron a Detroit en el partido. Lo mismo había hecho en un Game 4 en el que a los Pistons no les salía nada.
Como guinda, aunque puede que no final, su Game 6, adelantando ya a Stewart en la rotación y sosteniendo a todo un Donovan Mitchell en los aclarados mientras seguía regalando posesiones y trabajo sucio a los suyos.
Puede que el pequeño tramo de brillo que vive Reed acabe siendo un simple ‘One Shining Moment’ en una carrera vivida mayormente como tercer interior. Lo lógico sería que, una vez acabada la serie, volviese a ser invisible para el común de los mortales. Aun así, vale este breve instante para congratularse de manera absurda por tener razón.
Paul Reed tiene algo, como yo siempre supe.
(Fotografía de portada de Alonzo Adams-Imagn Images)





