‘Equipos NBA sin anillo’: Utah Jazz y la pareja que maduró en el peor momento

Michel Jordan y . Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. Stephen Curry y Klay Thompson… La vida marital dentro de la NBA cuenta parejas de lo más místico, legendario. Binomios que, por distintos atajos del destino, terminaron exprimiendo la grandeza de la Liga a base de bien. En lo más alto, en las bodas de oro de cualquier unión, y figuran como paradigma de matrimonio deportivo saludable. Fueron completamente históricos aunque el remate final quedara pendiente. Se quedaron sin anillo aquellos Utah .

Los dos jugadores, ambos Hall of famers, lideraron a unos Jazz de época. Soberbios. Que no alcanzaron la gloria eterna por culpa de la deidad disfrazada de jugador de baloncesto. Utah tuvo la mala pata de cocerse por completo durante el holgado prime de Jordan; y ese fue su pecado original para no sellar el feliz matrimonio con la consiguiente alianza.

Sí, toca nuevo capítulo de la sección ‘Equipos NBA sin anillo’. Hay que hablar de uno de los mejores dúos de siempre. Los Utah Jazz de John Stockton y Karl Malone.


Allá por el año 1984, los Jazz seguían insistiendo en darse a conocer; en formar parte del mapa. Su mudanza desde New Orleans a Salt Lake City, cinco años atrás, no había mutado el sino vagabundo de la franquicia: nunca habían disfrutado de una postemporada y no veían el momento de poder hacerlo. Desde su fundación en 1974 se encontraban ansiosos por instalar su nombre dentro de los recién llegados con riguroso éxito.

La sequía había empezado a amainar ese mismo año. En la temporada 1983-84, los Jazz llegaban por primera vez a semifinales de conferencia. Lo hicieron con un entrenador, Frank Layden, que fue contratado para asfixiar el desidioso pasado de la entidad. Y con una estrella, Adrian Dantley, que resultaba el gran encargado de despedir en persona a la vulgaridad.

El citado Dantley no era poca cosa. Había superado los 30 puntos de promedio en cuatro temporadas seguidas (de 1980 a 1984, con dos títulos de máximo anotador de la NBA). Además, terminaría su carrera a comienzos de los 90 como 28º convertidor histórico de la competición; por delante de leyendas como Dwyane Wade, Larry Bird, Elgin Baylor, Clyde Drexler, David Robinson, George Gervin, Isiah Thomas o Scottie Pippen. Era un anotador compulsivo, histriónico. Y principal valedor para encontrar una salida de aquel laberinto —no hubo playoffs en las primeras nueve temporadas de la organización—.

Venían de la nada los Jazz, pero querían subirse al tren de nuevas franquicias con mecha de corto alcance hasta el éxito (Nets, Pacers o Spurs se habían unido hacía poco a la NBA como alijo extraviado de la ABA).

1984: selección de Stockton

Aquel curso 1983-84 supuso el primer paso: dejarían de ser perdedores. Y entonces, en medio del cambio, ocurrió el primer milagro que viró el rumbo de la organización.

En el draft de aquel año 84, los Jazz demostraron mayores recursos y perspectiva (“big picture”) que nadie. Apostaron por un joven y estrecho base, de raíces europeas (irlandesas, alemanas y suizas), que llegaba de la Universidad de Gonzaga. Pese a haber orinado encima de todos los récords habidos y por haber de su recinto colegial (20,9 puntos, 7,2 asistencias, 3,9 robos de promedio en su cuarto y último año), Stockton resultaba casi un desconocido dentro de su opípara promoción. Gozaba de un cartel físico casi famélico, breve estatura (1,85 metros) aunque sí mostraba meticulosas dotes en la dirección de balón y del juego. Poco más se sabía de él.

Stockton resultó el gran robo de aquel certamen desde el lugar 16. Hablamos de uno de los mejores drafts de la historia, con Olajuwon (1), Jordan (3), Perkins (4), Barkley (5) o Alvin Robertson (7) entre los bienvenidos.

Cuando le llegó el turno a Stockton, la televisión que emitía el draft ni siquiera fue capaz de aportar demasiadas referencias. Hasta se escucharon abucheos cuando David Stern pronunció su nombre. “Es un jugador no demasiado conocido por mucha gente”, decía la retransmisión de TV en directo.

“Lo más gracioso del draft fue ver a los dos comentaristas removiendo sus papeles tratando de encontrar alguna anotación sobre mí”, confesaba un Stockton que vivió la ceremonia desde casa y asumiendo que todos los confusos televidentes recordarían pronto su apellido.

Todo el mundo pensaba que los Jazz habían desperdiciado su pick. Que solo se habían armado con un base suplente que aportaría aliento al ya veterano Rickey Green (29 años, 13,2 puntos y 9,2 asistencias esa campaña). Nadie adivinaba que aquel point guard con pantalones grapados a la axila y llamado a agitar toallas se convertiría en el máximo asistente y ladrón de todos los tiempos. Que disputaría diez All-Stars, sería nueve veces mejor pasador de la temporada, dos veces jugador con más robos, 11 veces All-NBA, MVP del All-Star (1993, compartido con Karl Malone), miembro del Dream Team de 1992 y finalmente habitante del Hall of Fame, clase de 2009.

Lo que viene siendo una verdadera leyenda.

Otras medallas visibles en el cuello de Stockton resultan haberse perdido solo 22 partidos de temporada regular en toda su carrera. O mantener un récord de 17 campañas (cursó 19 en total) disputando todos los encuentros.

En el momento de su elección por Utah, hasta el entrenador, Layden, se las daba de inseguro. “No sé si hemos elegido a Stockton de la Universidad de Gonzaga o a Gonzaga de la Universidad de Stockton. Es igual. Le elegimos porque es católico, irlandés y su padre tiene un bar”, podía mentir el técnico de los Jazz de 1982 a 1988. Él sabía de lo que su nuevo jugador era capaz y esperaría lo que hiciera falta para entregarle las llaves de la fe mormona.

Porque la irrupción de John Stockton en la NBA no fue instantánea. En su primera campaña solo resultó titular en cinco ocasiones y no pasó de 20 minutos de promedio en pista (18,2). No sería hasta su cuarto ejercicio profesional (1987-88), con 25 años, cuando de veras recogería los honores de la organización.

1985: otro robo, Karl Malone

Un año después de que Stockton se ahogara de la risa cuando nadie conocía sus antecedentes, los Jazz obrarían el segundo de sus milagros.

En el draft de 1985 (reinó Patrick Ewing) desde Utah, con el puesto 13, invocaban los servicios de Karl Malone, una pared de músculo de la Universidad de Lousiana Tech.

Su inclinación por los bíceps a punto de estallar no era un decir. Malone llegaba de un ciclo universitario en el que reventó todos los récords de su centro (de 20,9 tantos el primer año a 16,5 el tercero). Y además, era un adicto a las mancuernas. Había descubierto su desbocada pasión por el levantamiento durante su primer año de universidad y ya no hubo quien le sacara del gimnasio.

Es curioso porque Malone, el gran robo de aquel certamen (como Stockton un año antes), estaba convencido de que iba a ser seleccionado por Dallas en octavo lugar. Hasta había alquilado un apartamento en Texas, no muy lejos de su Louisiana natal. Pero los Mavs pasaron de él para hacerse con el también histórico (no tanto) Detlef Schrempf.

Karl fue llamado al escenario por detrás de hasta siete jugadores que jamás pisarían la tierra prometida de un All-Star. El regalo le cayó del cielo a los Jazz. Y lo aprovecharon.

Chapó. Fueron dos años seguidos en los que rescataron jugadores tapados pero de mayúsculos resultados posteriores. Entonces comenzó la cuenta atrás de una de las franquicias históricas en los años 90.

Utah tardó solo una temporada en darse cuenta de que por los hormonados brazos de Malone pasaba el futuro. En 1986 deshicieron el proyecto anterior, el de Dantley, a quien traspasaron a Detroit, para abrir hueco en el desarrollo de su nuevo y sediento ala-pívot.

A partir de su segunda temporada, Malone activaría un contador de 17 campañas seguidas promediando 20 o más puntos. Solo falló en su ejercicio inaugural y en el de despedida. Cuenta que le llevó a ser segundo máximo anotador histórico de la NBA tras Kareem Abdul-Jabbar.

En el momento de su conversión a profesional, Malone resultaba la antítesis de un futuro profesional. Se crió en una granja y cuando tenía 14 años su padre se quitó la vida. Como consecuencia, él tuvo que trabajar cortando leña y repartiéndola para que siguiera llegando comida a los platos de su madre y ocho hermanos mayores.

1988: llegada de Sloan

El punto de giro de estos Utah Jazz resultó la salida de Frank Layden. El técnico que había instalado al equipo dentro del mapa era relevado al comienzo del curso 1988-89 tras un inicio de 11-6. No había pergeñado un mal trabajo, pero la renovada caballería en la plantilla demandaba un viaje también en la dirección del equipo. Promocionaría el segundo de Layden, .

Sloan llegaba con un cartel delgado como entrenador. Había sido jugador de los Chicago en los 60 y 70. De hecho, su camiseta (el ‘4’) fue la primera en descansar para siempre en las alturas de la franquicia astada. Después de eso, dos temporadas y media como entrenador principal de los , en la era pre Jordan, y solo un trayecto a los playoffs le habían vuelto a degradar al rango de asistente.

Resultó entonces cuando se le presentó la oportunidad en los emergentes Jazz. En su temporada inaugural como técnico jefe en Utah, Sloan dio la talla. Aprobado alto (40-25), cayendo en primera ronda de la postemporada. Como jugador había destacado por su seriedad atrás (cuatro veces en el mejor quinteto defensivo) y por un sexto sentido para el rigor táctico. Prestaciones que después clonaría para su reproducción en el banquillo.

Si por algo fueron reconocibles sus Jazz resultó por su coraza, fiabilidad defensiva amparada en una década en la que se anotaba menos y el contacto extremo era religión de culto dominical. De ese modo, en la primera temporada con Jerry Sloan al mando, los Utah Jazz fabricaron el mejor récord de su vida (51-31). Huella que amplificarían acto seguido en su primer curso completo en el equipo (55-27).

La cosa prometía. También por la presencia de dos de los jugadores que más evolucionaban dentro de la competición. Y Sloan les llevó a otro nivel. Bajo su mando e indicaciones se alumbraría la mejor versión tanto de Stockton como de Malone.

Intentos fallidos

Los Jazz galopaban como nadie en temporada regular bajo las premisas de Sloan. En la campaña 1989-90, Malone dejó 31,1 puntos y 11,1 rebotes de promedio. Stockton, 17,2 tantos, 14,5 asistencias —campeón en este apartado nueve temporadas seguidas, todas por encima de 11,0—, y 2,7 robos por partido.

Dejaban números de película y cualquier equipo se echaba a temblar con ellos delante en batalla singular. Sin embargo, siempre perdían altura antes de querer aterrizar; antes de su gran objetivo, que eran las Finales de la NBA.

Así, de 1989 a 1996, cayeron cuatro veces en primera ronda, una en semifinales y hasta tres en finales de conferencia. Por cerca que quedasen, siempre llegaba alguien (CC: Hakeem Olajuwon) que les financiaba el billete de vuelta a casa.

  • 1988-89: primera ronda ante Golden State
  • 1989-90: primera ronda ante Phoenix
  • 1990-91: semifinales ante Portland
  • 1991-92: finales del Oeste ante Portland
  • 1992-93: primera ronda ante Seattle
  • 1993-94: finales del Oeste ante Houston (campeón)
  • 1994-95: primera ronda ante Houston (campeón)
  • 1995-96: finales del Oeste ante Seattle

1997: primeras Finales

El camino de Utah resultaba mucho más brillante que el del proyecto anterior, pero también quedaban sin oxígeno en playoffs.

Esa tendencia masoquista cambió la temporada siguiente (1996-97). Con un balance de 64-18 (récord de la organización y top 26 de la historia de la Liga), solo el pesaje de los Chicago Bulls marcaba más alto (69-13). Los Jazz hasta contaban con el MVP por delante de Jordan, un Malone que estaba en 34 años y dos cursos más tarde se convertiría en el MVP más longevo de siempre.

Porque sí, no fue hasta la veteranía más avanzada (34 y 35 años) cuando Stockton y Malone entendieron el truco de los playoffs. Ese año dominaron en el Oeste: Clippers (3-0), Lakers (4-1) y Rockets (4-2). Se vengaban por fin de su verdugo en las dos últimas campañas y posterior campeón, Houston, y llegaban a unas Finales de la NBA.

Lo hicieron con triple apoteósico de Stockton para arrancar la cabeza de Olajuwon y compañía por completo. Rompían el maleficio. Y descorchaban su tardío mejor momento.

No solo jugaban Stockton, Malone y Sloan en aquel equipo. Por el camino, Utah había ido decorando la plantilla con jugadores de corte físico, defensivo y al mismo tiempo especialistas en áreas muy concretas. El objetivo era adornar y acompañar el mejor momento de sus dos líderes.

Cortados por ese patrón habían llegado al roster Jeff Hornacek (en 1993), tirador especialista con esfuerzo defensivo; Bryon Russell, también enfocado a la retaguardia; u otros secundarios como Shandon Anderson, Adam Kheefe, Chris Morris, Howard Eisley. E interiores como Antoine Carr, Greg Ostertag, y Greg Foster.

Todo el sistema pasaba por un Stockton ya no en sus mejores múltiplos (14,4 puntos y 10,5 asistencias) pero sí perfectamente conectado a un Malone que volaba. Célebres son sus movimientos de pick and roll después de los que siempre había petróleo. Dos líderes, mucha defensa, un equipo duro de roer que apretaba las tuercas atrás, corría el contraataque y posteaba como nadie con su flamante MVP como docente de excepción. Aquel equipo aplicaba reglas simples pero muy efectivas.

“Ellos dos son los dos mejores jugadores de pick and roll que he visto”, podía declarar todo un profeta en aquella época como Larry Bird.

“Durante 18 temporadas, todo giró en torno a Karl. Todo funcionaba porque él se remangaba su camisa azul todos los días para que todo fuera un éxito”, pudo declarar años después Stockton.

Los Jazz se plantaban en las Finales (estreno de la franquicia) de 1997. Y caerían en la trampa de un rival capaz de hacer un 69-13 en temporada regular. Era el segundo anillo seguido de los Bulls del segundo Three-peat, quinto en total. Imposible detenerles; y aun así en Utah se quedaron cerca.

Los Jazz plantaron batalla llegando a tener un 2-2 en la eliminatoria. Dos choques finales muy igualados (88-90, el Flu-Game y 90-86) despertaron del sueño a los chicos de Jerry Sloan.

1998: segundas Finales

La anterior había resultado su experiencia inaugural, fallida, a los pies del altar, pero no por ello iban a desfallecer. Al año siguiente los Jazz doblarían la apuesta. Volverían a completar una campaña regular de matrícula (récord de 62-20, idéntico a Chicago) y hasta se presentarían de nuevo en las Finales robando el cartel de favorito a los Bulls de su Majestad.

La rapidez con la que avanzaron en su lado de playoffs (4-0 ante los jóvenes Lakers en las finales del Oeste) invitaba a pensar en la posible victoria de Utah. A eso ayudó el enmarañado camino de los Bulls a las Finales, sacando la cabeza (4-3) por un pelo ante Indiana en las finales del Este.

Los Jazz consiguieron aquella temporada lo que nadie nunca acometió: birlaban cierto favoritismo a Jordan y compañía en una serie de playoffs. Ningún otro equipo dejó semejante fechoría durante los dos trienios en los que los astados fueron reyes del baile. Exceptuando el asterisco de 1995 ante Orlando.

Ya era un canto a la desesperada. A la suerte que tanto se había mofado de sus intentos. Tenía que ser su año. “Yo ya no quiero ni cuatro anillos, ni cinco ni seis. Solo quiero uno. Tan solo uno”, podía decir Karl Malone antes de la serie, rogando al cielo una oportunidad.

Llegaron como nunca, contaban con el factor cancha (idéntico récord a Chicago pero duelos directos ganados en temporada regular)… y sucedió lo de siempre. Con Jordan, Stockton y el propio Malone entre los 34 y 35 años, los Jazz se llevaron el primer partido pero cayeron en los tres siguientes. En el Game 3, de hecho, los Bulls hicieron sangrar a Utah por múltiples localizaciones en una de las mayores palizas de la historia de las Finales (96-54).

39 puntos de Malone en el quinto acto ofrecían una tímida y última opción. Después, sexto encuentro en el enfervorecido Delta Center, que en cada partido de Finales exigía a base de alaridos la cabeza de Jordan, dictó sentencia.

Dios volvió a disfrazarse de jugador de balonesto, que insinuó de manera magistral Antoni Daimiel en la retransmisión española. Como ya había hecho antes en 1986 en el Boston Garden (63 puntos), Jordan se valió de las llaves del mismísimo Edén para reventar la historia. Otra vez. Con 45 puntos (Pippen muy tocado de la espalda) guió a sus Bulls al sexto campeonato en unos minutos finales de genialidad infinita.

Jaque mate con 33,5 tantos de promedio para His Royal Airness en las Finales de 1998. Parque de atracciones viviente antes del lockout y de la retirada el curso siguiente.

Por si fuera poco, Jordan se despidió de las Finales de la NBA sin haber bajado de 20 puntos en un solo combate. En los 35 encuentros de serie decisiva que disputó, solo Pippen (dos) y Toni Kukoc (una) le arrebataron el cargo de máximo anotador de su equipo.

Si es que fue el mejor…

El legado de Utah

Los Jazz de Stockton y Malone se quedaron sin estrenar joyería. Después de las dos desilusiones ante Chicago, no volvieron a una final del Oeste (dos semifinales) y en 2003 la pareja de oro se rompería para siempre. El base se retiró y Malone, que se iba a los Lakers, seguía creyendo en su desesperado canto de la última cruzada. Perdió en Los Angeles sus terceras Finales.

No se fue de vacío Karl. Resultó All-Star en 14 ocasiones, las mismas que All-NBA, siendo miembro del mejor quinteto durante 11 campañas seguidas. Fue dos veces MVP, dos MVP del All-Star y cuatro veces miembro de los quintetos defensivos. Pura historia de la NBA, como su alter ego que actuaba de base.

También se despachó a gusto Malone en longevidad: mantiene el segundo mayor saldo de minutos histórico (por detrás de Kareem), solo se perdió cinco partidos en sus primeras 13 campañas y permaneció en activo hasta los 40.

Sin anillo Utah Jazz

El pecado original de los Jazz resultó que cuando más maduros estuvieron cruzaron acero con el mejor Jordan. En las antípodas de Houston, que aprovecharon a conciencia los dos años de descanso entre una legislatura y otra.

Luego, entrando en terreno más analítico, siempre se dijo que aquellos Jazz echaron en falta un tercer hombre de alto rango. O que Sloan tenía problemas para preparar ciertas eliminatorias. Pero el principal handicap resultó no haber llegado al punto de ebullición antes.

Los Jazz entregaron las llaves del Oeste habiendo sido el equipo que, probablemente, más cerca quedó de destronar a Jordan. No lo hicieron pero pudieron ser su rival más incómodo. Además, anidaron en la memoria de todos como un conjunto que marcó una época por medio de uno de los matrimonios más legendarios.

Malone y Stockton disputaron las mismas temporadas (19) en la NBA —solo una separados— y juntos levantaron una estructura que solo se ha perdido los playoffs en ocho ocasiones desde el año 1983. “Ellos dos mostraron que el baloncesto sencillo podía ser increíble. Todo el mundo sabía lo que iban a hacer; yo, tú, el otro equipo… y aun así lo hicieron durante 18 temporadas seguidas”, podía resumir el difunto comisionado David Stern.

Nuestro recuerdo y pleitesía eternos a uno de los mejores grupos que nunca estrenó su vitrina.


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(Fotografía de portada: Brian Bahr / Getty Images)


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