Isaiah Thomas: gloria en el infierno

Chukwudiebere Maduabum, segunda división japonesa; Targuy Ngombo, Qatar; Ater Majok, Polonia. Estos tres jugadores jamás han jugado un partido de la NBA. Comparten también otra realidad, como es la de haber sido elegidos en el Draft de 2011. Este trío de desconocidos son parte de la historia del baloncesto. Y lo son porque ellos y otros cincuenta y seis jugadores, algunos de primerísimo nivel como Kyrie Irving, Tristan Thompson o Kemba Walker, escucharon su nombre el 23 de junio de 2011 antes de que fuera pronunciado el de , el último de todos.

El nº60 de aquella noche en Newark es ahora el nº1 en los playoffs de 2017, el hombre del momento, el protagonista de un relato demoledor, descorazonador, de una subida a los cielos mientras que se vive en los infiernos, en los infiernos personales marcados por la nefasta pérdida de una hermana. De repente, sin avisar. Gloria en el drama para Isaiah Thomas, récord de anotación en los playoffs desde 2003, líder de los , sueño americano enfangado por el dolor de la muerte, de la vida que nunca será, de la existencia que vivirán los que se quedan en la Tierra. Y deciden seguir. Porque tienen que seguir. Thomas, Pizza Guy, King in the Fourth, lo hace cada día y desde hace dos semanas, desde ese inicio de las eliminatorias por el anillo que prometían ser su momento y que le descubrieron sentado en una silla, llorando sobre el parqué, hundido ante el mayor dolor por la peor de las noticias. En Tacoma se iba una parte de él, pero en Boston había que seguir a flote, con el baloncesto como único asidero de un drama que sólo quien lo vive sabe lo que es.

Isaiah, nombre bíblico, consecuencia de una apuesta paternal, con una ‘a’ más que Isiah Thomas, pero con el origen claro del nombre en el base de los Pistons. Isaiah Thomas, al que malvendieron los Kings y los Suns, que en sus tres primeros años como profesional nunca ganó ni un millón de dólares por curso. Thomas, el base de 1,75 metros, siempre en duda por su estatura, invisible a los ojos de todas y cada una de las franquicias que elegían en ese Draft del 2011, el de los días antes del cierre patronal.

Thomas cierra el Draft

Originariamente, la 2ª ronda que serviría para poner punto y final a la noche de Nueva Jersey no pertenecía a los Kings. En manos de los Bulls, había ido a parar en febrero de 2010 a los Bucks y de ahí, en junio de ese mismo año, a los Kings. El trato, sencillo. Y si en Sacramento hubieran sacado partido a Thomas, el acuerdo habría sido un chollo, uno de los mayores robos de un Draft. Pero lo menospreciaron. Aunque no es el momento de ir sobre ello, todavía.

Así, en ese inicio del verano de 2010, los Bucks enviaban a los Kings a Darnell Jackson y a esa 2º ronda del Draft de 2011. A cambio, obtenían a Jon Brockman, quien ponía rumbo a Milwaukee.

Thomas fue esa segunda ronda del Draft, ese posterior número 60, ese último nombre de la ceremonia. Un bajito de 175 centímetros, tres campañas en la Universidad de Washington, nada por lo que volverse loco, en apariencia. Una pieza de bajo coste, de bajo riesgo, un producto de saldo si hubiera que negociar con él, y por él, en el futuro. Al menos, en favor de los Kings juega un hecho: lo eligieron, no lo dejaron pasar, a pesar de que posteriormente lo regalaran y nunca supieran ver el talento que afloraba en él.

Kings y el ‘Sign-and-Trade’

En 2012, 365 días después de salir elegido en el Draft y de firmar un acuerdo por tres cursos y 2,1 millones de dólares en total, el apuesto base ya promediaba con Sacramento 11,5 puntos y 4,1 asistencias en la NBA. De Jackson y de Brockman no se supo más desde entonces en la competición. Primer aviso claro de que Thomas era más que un nº60, un simple nombre en las postrimerías de una gala liderada por Irving.

Sin embargo, otra vez más, los Kings no lo supieron o no lo quisieron ver. Thomas podía haber sido el mejor robo del Draft de los últimos tiempos y, no obstante, en Sacramento pensaron un día de julio de 2014 que lo mejor era deshacerse de él. De modo que lo renovaron por cuatro cursos, unos 27 millones de dólares e inmediatamente después lo traspasaron a los Suns. Un Sign-and-Trade de manual, basado en firmar a Thomas e inmediatamente desprenderse del base, empaquetarlo a Phoenix y recibir a cambio al nº 57 del Draft de 2013, Alex Oriakhi, además de una excepción de traspaso de 7,2 millones de dólares. Hoy, Oriakhi sigue sin estrenar su casillero de partidos jugados en la NBA y la excepción de traspaso, nunca usada por los Kings, ha caducado. Peor, imposible.

¿O sí?

Pues sí. Ya iban a venir los Suns a hacer más grande  la cascada de decisiones en relación a Thomas. De fondo, Boston, todavía sin saberlo, esperaba uno de esos guiños del destino que te cambian para siempre. Al borde del cierre del mercado invernal de 2015, los Suns pasaron de Thomas. King in the Fourth había sido un buen base de rotación, con 46 partidos en la 2014/15, uno de ellos de titular, y buenos promedios de 25,8 minutos, 16,4 puntos y 4,2 asistencias. Números peores que los que había logrado en su última etapa en los Kings, donde se fue 54 titularidades en la 2013/14 y una media de 34,7 minutos sobre la pista, para 20,3 puntos y 6,3 asistencias, lo que hacía un poco más incomprensible que en Sacramento hubieran hecho la barrabasada de olvidarse de Thomas a cambio de 7 millones de nada y de un jugador que habita, deportivamente, en Puerto Rico.

Así que los Suns, el 19 de febrero de 2015, ayer mismo, decían adiós a Thomas y lo enviaban a Boston  a cambio de una 1ª ronda de Draft de 2016 (que los Celtics habían adquirido antes de Cleveland) y de Marcus Thornton. El resto, leyenda viva de la NBA.

La grandeza se cincela con títulos

Lo ha dicho Thomas, encantado de tener en el baloncesto la vía de escape para huir de la sacudida vital que le asola. Uno sólo es grande si se ganan campeonatos. Y Thomas va en busca de ello, en su segundo curso completo en Boston, dónde sólo percibe 6,5 millones de dólares en la 2016/17 y donde únicamente percibirá 6,2 en la 2017/18. Sí, Thomas cobrará menos en el futuro a medio plazo. Está pagando la factura de aquel contrato que le firmó Sacramento con el único deseo de mandarlo lejos. Ese acuerdo que absorbió y rentabilizó Boston desde el primer día. Una ganga que hace que el de Tacoma sea el 155 en la lista de mejores pagados en la presente NBA. Por encima, jugadores como Tiago Splitter o Corey Brewer, muy lejos de su nivel, de su talento y de su relato, pero que supieron o pudieron firmar en su día cosas mejores. Más allá de eso, Thomas se ganará el respeto de un mejor acuerdo en 2018, un súper contrato que hará justicia a un tipo que vale más que esos 6 millones escasos.

Mientras ese momento llega, él se concentra en hacer grande a una de las franquicias más grandes de siempre. Desde el primer segundo de playoffs le falta su hermana. Desde el primer segundo supo ser él mismo en la pista. “Pensé en retirarme cuando me enteré de la noticia”. No lo hizo. Siguió a lo suyo, zurda bendita, pase por debajo de las piernas en el duelo inaugural ante los Bulls, gloria en la cancha, único escenario donde la existencia es un poco más tolerable.

Kobe Bryant le aconseja durante estos playoffs, Thomas se estira, da la vuelta a la serie contra Chicago, vuela al funeral de su hermana, vuelve, pierde un diente, gana el duelo a un inmenso , firma esos 53 puntos que le colocan en el olimpo. Y sigue. Haciendo lo único que puede hacer, jugando esos duelos que le alejan de la nube negra que nubla su mente, de la realidad de la vida normal, la de un ser querido que faltará siempre y dolerá siempre. 2-0 inicial para los Celtics en las semifinales del Oeste con los delante. 2-0 de comienzo (2-1 posterior) para Boston, que jamás ha perdido una serie cuando ha empezado con ese tanteo.

Vivir, a veces, también es esto. Y Thomas afronta todo desde el escenario de su talento y de su clase. Podría haberse ido a casa, podría haberse retirado, podría haber hecho siete partidos de 0 puntos. Daría igual. Cualquier cosa hubiera sido dada por buena. Pero Thomas decidió jugar, seguir, honrar a su hermana. Y convertir su infierno en la Tierra en historia viva de los Celtics. Mito.