La primera lección de Nick Nurse


Mucho antes de liderar a los Raptors al primer campeonato de su historia y de ser galardonado con el premio al Entrenador del Año, Nick Nurse dedicaba sus esfuerzos deportivos a la práctica multi-disciplinar en el instituto Kuemper Catholic. Era saltador de pértiga, segundo base del equipo de béisbol, quarterback titular en el de fútbol americano y el base titular cuando aparcaba todo lo demás por la pelota naranja.

Además de las obligaciones religiosas con la comunidad, los estudios y el trabajo, el deporte era el tema principal en la familia Nurse. Una pasión construida sobre el esfuerzo, la determinación y los valores de su padre, quien había sido un buen deportista durante su juventud. Terminada esta, volcó gran parte de sus energías en impulsar el deporte entre los más jóvenes.

Fundó la Little League, una pequeña competición local de la que fue presidente durante muchos años, y organizó numerosos torneos de baloncesto para estudiantes de secundaria. Un par de veces al año, los pabellones y gimnasios de Carroll, el pueblo natal de Nick, se llenaban de jugadores y familiares de todo el estado de Iowa. Aquellos eventos eran patrocinados por la Organización Juvenil Católica (CYO), precursores de los grandes torneos de la AAU de la actualidad.

Durante mucho tiempo, Nick no tenía nada claro en qué disciplina se desempeñaría mejor ni, mucho menos, cuál era su favorita. En un momento dado ganó fuerza la opción del fútbol americano tras recibir varias ofertas procedentes de la División II de la NCAA. De baloncesto, ni una. Hasta que un giro del destino antepuso el chirriar de las zapatillas al sonido metálico de los cascos del football.

El instituto Kuemper estaba nutrido por una reducida nomina de estudiantes procedentes de quince pequeños pueblos y aldeas agrícolas del pueblo de Carroll y sus alrededores. Algunas tan minúsculas que apenas contaban con una pequeña gasolinera y una tienda de ultramarinos. Así, el equipo de baloncesto del centro se defendía como bien podía pero nunca copaba el cartel de los favoritos. Hasta el último año de Nurse como estudiante de secundaria.

Su entrenador, Wayne Chandlee, era un hombre sabio. Sus métodos, aparentemente inservibles, escondían siempre una enseñanza oculta. Durante su primer año a sus órdenes, Nick tuvo que completar numerosas series de tiro. Coger la pelota, elevar el brazo, fijar el destino, saltar, desplazar la muñeca y lanzar. Hasta aquí todo bien, sino fuera porque lo hacían sin el balón en las manos. Cuando, por fin, el esférico aterrizó entre sus dedos, enfrente no había un aro sino un compañero. Y así, durante mucho tiempo.

Nurse todavía era un chaval enjuto y delgado cuando se vistió de corto por primera vez. A medida que fue añadiendo fuerza a su cuerpo y prestó atención a la mecánica de lanzamiento que el entrenador Chandlee estaba enseñando, se dio cuenta de que era un tirador bastante bueno. Esa fue una de sus primeras grandes lecciones en el baloncesto. Una duradera, hasta el presente, en su puesto de entrenador jefe en Toronto: si eres capaz de tirar, habrá un lugar para ti.

Por aquel entonces, la línea de tres puntos todavía estaba en pañales y la mayoría de equipos apenas probaba suerte desde larga distancia. Un triple todavía era considerado una treta, un recurso a modo de lucimiento. Casi una ofensa. Y también una solución a la desesperada a la que aferrarse cuando tanto el reloj como el marcador apretaban en contra. El modus operandi no era otro que distribuir la pelota y buscar al hombre en el poste.

Nurse consumó su condición de tirador. El mid-range era su hábitat natural: pese a no presentar un volumen de tiros elevado, sus porcentajes eran muy buenos. Aquel último año, Nurse era consciente de que el equipo tenía un nivel de juego y cohesión superior al habitual, pero no presuponía un salto cualitativo tan grande como para ser considerados candidatos al título estatal.

La temporada dio comienzo con varias derrotas antes de iniciar una espectacular racha de 16 victorias consecutivas. Tras otras cuatro en los playoffs, el instituto se plantó en la final estatal de 1985 de Kuemper con un inmaculado 20-0 en los meses previos. Había talento y centímetros en el roster: Brian David y Frank Molak eran dos de los principales nombres del vestuario.

En la final estatal se medían a Waterloo West, quien por el camino había derrotado a los favoritos del torneo. El encuentro no siguió el guión de los anteriores: el rápido y efectivo juego del rival hacía mella en las líneas defensivas de Kuemper, quien afrontó el descanso con una desventaja importante en el marcador. No hubo ningún tipo de bronca por parte de Chandlee. Solo una consigna: “Confiad el uno en el otro, buscad al hombre abierto y ayudad en defensa. Como habéis hecho todo el año. Sólo tenéis que preocuparos de vosotros mismos.”

De los 11.000 espectadores que llenaban el Veterans Memorial Auditorium en Des Moines, cinco mil procedían directamente de Carroll. Todo el pueblo estaba allí. El equipo reseteó su hoja de ruta, se concentró en el partido y jugaron como lo habían hecho hasta entonces. Ocho puntos. Cuatro puntos. 57 a 57 al final del tercer cuarto. El equipo de Chandlee había despertado, volviendo completamente locos a los de Waterloo West. El último cuarto fue un monólogo de Nurse y compañía.

Nick solo anotó seis puntos. No tanto porque no fuera capaz de sumar más, sino porque recordó las palabras de su entrenador al descanso: “Confiad el uno en el otro”. Así como la lección aprendida un año atrás cuando, a pesar de haber anotado un buen saco de puntos en un partido, Chandlee le recomendó que “jugara con más calma.”

Waterloo West había dominado los primeros compases del partido gracias a una asfixiante defensa en toda la cancha, lo que se tradujo en pérdidas de balón y canastas fáciles. “Jugar con más calma”. Nurse recordó el mensaje y dedicó el resto de su actuación a controlar el tempo del partido y buscar constantemente una línea de pase con la que romper la presión defensiva. Una decisión que fue recompensada con el título. Y con los elogios del entrenador rival: “Tienen algunos jugadores inteligentes que saben cómo manejar el balón. Ese Nurse, no puedo decir lo suficiente sobre él.”

Aquel día, Nick Nurse comprendió lo que se necesitaba en el baloncesto para triunfar. Era el entrenador sobre el parqué a quien los entrenadores rivales tendían a cubrir. No era el más alto, el más fuerte ni el más rápido, pero quizá sí el más inteligente.

35 años más tarde, la altura ha perdido importancia, su cuerpo fortaleza y sus piernas agilidad. Pero la capacidad para comprender el juego es algo que Nick Nurse posee y que ha abanderado durante toda su carrera como entrenador de baloncesto.

(La información de este artículo está recogida en el libro de Nick Nurse y Michel Sokolove – Fifteen Teams, Four Countries, One NBA Championship, and How to Find a Way to Win)

(Fotografía de portada de Kim Klement-Pool/Getty Images)


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