Líderes en la sombra, una figura perpetua en la NBA


Para muchos jugadores NBA entrar en playoffs es sinónimo de hermetismo. De semanas en las que se vive por y para el baloncesto y en las que cada acción vital llevada a cabo tiene el único objetivo de estar preparado física, mental y deportivamente para el día del partido. Es más, el fenómeno no solo se da en jugadores, sino que el staff técnico de cualquier franquicia redobla estos comportamientos hasta el extremo de querer controlar cada detalle.

El trance fuera de la cancha se refleja en pista con la reducción de rotaciones en las que, como norma, apenas siete integrantes de la plantilla absorben la práctica totalidad de los minutos. Y claro, el resto del montante no tiene opción de tomar vacaciones adelantadas, por lo que pasan a ocupar roles que van desde el agitatoallas al aguador. Jugadores que llenan huecos en el banquillo ha habido toda la vida, pero también han existido y existirán aquellos cuya labor va un poco más allá de chocar los cinco a sus compañeros cuando la mesa de anotadores señala tiempo muerto.

La figura del jugador pegamento es poco menos que indispensable en cualquier equipo NBA. Las organizaciones de hecho siempre tienen huecos reservados para estos perfiles. El que suele ser un veterano curtido en mil batallas ejerce como mentor de los jóvenes en franquicias en desarrollo y con pocas ambiciones a corto plazo. Pero también suele ser diferencial en conjuntos de aspiraciones máximas, donde su labor desde la sombra halla la misma constancia que las actuaciones de las grandes estrellas bajo los focos. Sin pretender equiparar su importancia.  

La sonrisa que protege a los Mavericks

Como ilustra un reciente artículo de ESPN, nadie simboliza mejor este papel que Boban Marjanovic. No solo ahora en Dallas, sino en cada uno de sus anteriores equipos. El gigante serbio es una de las figuras más simpáticas y queridas de cuantos vestuarios pueblan la liga. El catálogo de pequeños vídeos que muestran su extrema afabilidad y tono bromista con cualquiera de sus compañeros, staff, prensa o incluso rivales es comparable al recopilatorio de jugadas de cualquiera de las grandes leyendas del baloncesto. Se pueden ver tantos sky hooks de Jabbar seguidos como tomas que finalizan con la sonrisa de Marjanovic a cámara. Un positivismo que inunda el vestuario cuando más falta hace.

Sin embargo, la vía que camina Boban como argamasa para el entorno de los Mavericks no es la usual en este tipo de piezas de plantilla. En el antepenúltimo partido de temporada regular, los Heat homenajeaban a Udonis Haslem con sus primeros minutos de cancha en la temporada, suponiendo la 18ª campaña en la que el veterano juega al menos un minuto con la franquicia de Miami. Su estancia sobre el parqué frente a Philadelphia duró tres minutos, los que tardó en enzarzarse con Dwight Howard y ser expulsado.

Haslem es un tótem en la organización de South Beach. Una prolongación de Pat Riley en el vestuario que menos ha negociado la ley del máximo esfuerzo desde la llegada de su presidente al banquillo de los Heat en 1995. Dentro de esta cultura, el pívot es la máxima expresión del enforcer en cancha y chamán en el vestuario. Encargado al mismo tiempo de la refriega violenta y la arenga de camaradería. Más si cabe tras el ocaso del Big Three.

Para cimentar un equipo ganador: tipos duros

Su ejemplo viene a representar una estirpe de jugador-armazón para el grupo, legado directo de los Charles Oakley o Kendrick Perkins, de carácter agrio e infinito valor deportivo aun cuando sus cuerpos no les permitían ya jugar apenas minutos.

Oakley fue el principal guardaespaldas de Jordan en las duras batallas que libraron Michael y sus Bulls contra Detroit a finales de los 80 y principios de los 90. A tal punto le consideraba su protector que la marcha del ala-pívot supuso una de las primeras cicatrices de MJ con la directiva de Chicago. En Nueva York y todo lo que vino después, la carrera de Charles estuvo siempre vinculada al hustle como forma de vida, especialmente en postemporada, escenario que hizo suyo desde 1986 a 2001 con la única salvedad de 1999. Vince Carter bien conoce la exigencia que demanda Oakley llegados a cierto punto, y cualquier rival de los Knicks en la última década del siglo XX también.

Perkins difícilmente podría compararse con Oaks como jugador de baloncesto, y pese a ello, son innumerables los jugadores en los que ha causado una grata impresión durante sus catorce años en la NBA. De todos ellos quizás sea Kevin Garnett el que más ha puesto de manifiesto lo que Kendrick supone para la unidad de un equipo. “Lo haría todo por Perk”.

Boston fue la primera franquicia NBA de Perkins, y con 22 años ya era una pieza esencial de los últimos Celtics campeones y su celebérrima cultura alrededor del Ubuntu, una filosofía basada en la fuerza del colectivo. En los jóvenes Thunder que alcanzaron las finales de 2012, Perkins haría de padre y protector del grupo.

El último servicio del ‘ogro’

Pero ninguna etapa habla mejor de su valor para un equipo como la última de su carrera. Pululando ya por la liga de desarrollo y con sus esperanzas por volver a la NBA decayendo, los Cavaliers echaron mano de sus talentos una vez más. Perkins jugó un único partido con la camiseta de Cleveland, pero le bastó para ser uno de los líderes de vestuario de un conjunto que llegaría a las finales de la NBA, por última vez, de la mano de LeBron James.

La aportación de jugadores de poco minutaje o que ni siquiera llegan a vestirse de corto tiende a la irrelevancia pública. Desde luego, tampoco hay que caer en darles una importancia desmesurada. Pero no es casualidad que la mayoría de equipos, especialmente los mejores, cuenten con uno de estos bajo la manga. No hay campeonatos sin piezas de vestuario como Jared Dudley o James Jones, independientemente de su desempeño en cancha. El baloncesto se puede volver aposicional, pero el rol de líder en la sombra está a buen recaudo.

(Fotografía de portada de Tim Nwachukwu/Getty Images)


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