El mercado de la NBA, la ignominia de los no empáticos

Volvemos con viejos debates que merece la pena remover. No sólo por la actualidad en sí, sino porque ésta te sirve en bandeja nuevos ejemplos para argumentar en una u otra dirección.

Habréis oído esta frase: “No hagas tú lo que no quieras que te hagan a ti”. Y es que la dualidad en la que nos debemos sumergir no es cosa menor. Hablamos de dejar de lado las responsabilidades de los equipos y demonizar las de los jugadores, un filo sobre el que caminar es bastante peligroso.

El mercado de la evoluciona constantemente. No ya por cuestiones de convenio, también de cultura. Tenemos, todos, que comprenderlo.

Un ‘Cyborg’ que llora

El traspaso de a los Pistons sirve como último acicate, el más cercano en el tiempo, para hablar de esta problemática: la de los cambios de destino que no todo el mundo espera.

Los le han hecho una jugada con la que él tampoco contaba. Lo encajaríamos en la clasificación imaginaria de no esperados en los que los jugadores tienen que tragar con lo que el equipo decida porque no hay más remedio, así es el mercado.

Con Griffin ha sido injusta la maquinaria de esta competición, muy perra para este tipo de resoluciones. El periodista Broderick Turner contó el pasado verano en Los Angeles Times cómo convencieron los Clippers al jugador para que renovara, algo que terminó haciendo, por 5 temporadas y un montante de 175 millones de dólares: una larga reunión a cinco bandas junto a ‘Doc’ Rivers, Lawrence Frank, Jerry West y Steve Ballmer en un a su disposición, invitación a otros jugadores y su novia e hijos para presionarle positivamente y un vídeo de alto coste de producción que referenciaba que él (como ya era) debía ser el que llevara a un nuevo nivel a la franquicia. Apostaron fuerte en aquel junio de 2017, estaban dándole las llaves del reino a quien había estado a la sombra por una u otra razón. Era sus momento. Griffin aceptó, se llevó un contratazo pero sobre todo la satisfacción de que aquello podía tomar otro rumbo más acorde a lo que él quería. Después de toda aquella parafernalia, de someter al jugador al yugo de caer a los infiernos en caso de no aceptar, el equipo le traspasa seis meses después (no avisando al jugador, ¡que se entera por Twitter!) y tira por tierra todo lo vivido antes… ¿Y ahora, qué?

La situación de indefensión que vive el jugador en estos casos es notoria. No descubrimos nada, esto lleva pasando toda la vida, pero el de Griffin es el ejemplo de lo que no se reseña con vehemencia cuando el aficionado ferviente quiere descargar algo de tensión.

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Algunos ejemplos históricos más o menos lejanos

Durante los años hemos asistido a una infinidad de casos en la que, por una operación de traspaso del equipo o una decisión de agente libre del jugador, la relación con el receptor definitivo (el aficionado) se rompe como el cristal. Algunos son estos:

Isaiah Thomas. Fue el caso más sonado del otro gran periodo de mercado, el de verano, en lo que concierne a esta temporada. Después de un año histórico para él, con la ciudad de Boston a sus pies, Danny Ainge decide traspasarle por Kyrie Irving cuando Thomas estaba celebrando el primer aniversario de boda con su mujer. Situaciones personales y físicas de una crudeza incalificable, todas vividas en los Celtics, conjugadas con el mejor juego de su carrera no fueron suficientes para seguir contruyendo una estrella en el Garden. El propio jugador lo explica en una trabajada serie documental para The Players’ Tribune: “Ahí comprendí que en este negocio tendrás relaciones con personas, de todos los tipos, pero no hay lealtad”.

Vince Carter. Su salida de Toronto fue sonada. Era la estrella que iluminaba a una franquicia tierna, rompiendo moldes con su explosividad, pero en su última etapa chocó con una nueva directiva que le forzó tanto como para que su imagen quedara por los suelos ante toda Canadá. Sam Mitchell le dejaba en el banquillo para que se viera a Carter como un disidente. Esto llevó a que la primera vez que volvió -ya como ex-jugador de los Raptors- fuera tremendamente abucheado y recibido con su número 15 ardiendo (literalmente). Años después, tras confesiones cruzadas, muchos se han dado cuenta de que Carter es uno más de la familia. Él mismo baraja, como ha expresado recientemente, terminar su longeva carrera allí.

Kevin Durant. No, no es un traspaso. Fue mucho peor. Tras unas series finales de la Conferencia Oeste donde se quedaron a muy poco de eliminar a los Warriors del 73-9, los Thunder veían marchar al ’35’. Los Warriors había perdido aquellas Finales ante los Cavaliers y necesitaban un golpe en la mesa, y lo dio el propio Durant alistándose en al Dub Nation. Es un vendido, decían, un traidor. Un año después ha alcanzado el objetivo para el que se fue a Oakland: ganar el campeonato. Ni más ni menos. No parece ya tan retorcido eso de tomar la decisión que mejor te convenga para tu futuro profesional, ¿no?

LeBron James. Éste es doble. Y en Dan Gilbert se ve ese sentimiento de tener que agachar la cabeza cuando sabes que has hablado de más. Hubo críticas de todo tipo cuando se fue de los Cavs y también, aunque menos, cuando volvió. No se puede tener en cuenta a todo el mundo. Es un caso muy parecido al de Durant: el jugador quiere ganar un campeonato, abandona su equipo clásico y lo gana, fin de la historia. Pero es que James volvió al equipo de Ohio, su estado natal, y ganó el Anillo de 2016 con ellos. Señoría…

Carmelo Anthony. Su tira y afloja con los Knicks ha existido desde el primer día. Su llegada hipotecó al equipo de La Gran Manzana y esos rescoldos siempre han estado ahí en la mente del ya de por sí exigente aficionado knickerbocker. Melo se dio cuenta hace no mucho de que, pese a renovar con ellos y no cambiar de aires para ir a por todo, estaba siendo un freno para el equipo. Se aferraba a la ciudad y al mercado, que son importantísimos, pero prefirió cambiar. Una opción tan válida como otra cualquiera. Tenía una cláusula de veto para traspasos que decidió quitar para buscar una salida y, de paso, un intento para acercarse al Trofeo Larry O’Brien.

Una reflexión

El aficionado de la NBA (de todo deporte, en general, pero de lo que nos ocupa aquí en particular) debería hacer examen de conciencia. Ha pasado y seguirá pasando el que los jugadores puedan decidir su destino. En una Asociación como la NBA los equipos también pueden decidir el destino de los jugadores de forma unilateral.

Recurro a unas palabras de LeBron James sobre, precisamente, el traspaso de Blake Griffin para centrar un poco el debate, que creo que es amplio y muy sano para cualquier aficionado que siga la NBA: “Cuando un jugador es traspasado, es que los directivos están haciendo lo mejor para la franquicia. Pero cuando un jugador es el que decide irse, es como ‘No es leal, es una serpiente, no está comprometido’. Ésa es la narrativa del proceso, lo sé de primera mano”. Se intuye también una mínima crítica hacia los medios que debemos recoger, viendo que es importante dar el contexto necesario a los lectores para que sepan por qué se toman unas u otras decisiones y tratar de no incitar a comentarios viscerales si no hay una gran razón de por medio.

Los jugadores son marcas, sí, pero también personas. El mercado es peculiar, también, y es por ello que se debe empatizar con según qué actitudes.

Lo que no puede ser es utilizar el doble rasero, poner de vuelta y media a un jugador que decide no continuar en un equipo pero no ser igualmente duro con los equipos que no cumplen lo que tanto prometen. Es la reflexión que desde aquí queremos exponer.


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