Pandemia, promesas incumplidas y el eslabón más débil en la NBA

La NBA es una empresa privada más que precisa de constantes tomas de decisiones para seguir facturando. Cuando el coronavirus suspendió el mundo del deporte hace mes y medio, las franquicias activaron diversos protocolos. No solo sanitarios, sino también económicos para afrontar la situación y cuidar el futuro de sus empleados.

Porque no solo de jugadores, entrenadores, staff técnicos y ejecutivos está compuesta la competición, sino también de personal de acceso, vendedores de entradas, vendedores de comida rápida, dependientes de establecimientos en los pabellones y personal de limpieza y seguridad, entre otros. Es decir, de todo ese personal humano que hace de cada partido celebrado una experiencia única. Es entre estos últimos donde se recibió con mayor temor la noticia de la suspensión de la temporada, mientras gran parte de los titulares se centraban en las millonarias pérdidas que podrían sufrir jugadores, propietarios y cadenas de televisión.

Los discursos de tranquilidad y apoyo a todos estos trabajadores, muchos de los cuales vivían gracias a estos empleos, parecían alentadores. En efecto, la postura general de propietarios y jugadores fue la de anunciar donaciones millonarias para mantener temporalmente a todas estas familias que, de repente, se habían quedado sin su empleo. Sin embargo, un estudio realizado por USA Today sugiere que varias de estas promesas de ayuda económica podrían no haberse cumplido o tan solo cubrirían a los propios trabajadores de las franquicias, dejando al margen a estos empleados contratados a través de terceros y cuyo sueldo no es pagado directamente por los equipos.

Dicho estudio arroja el siguiente dato: de las 91 franquicias que componen la NBA, NHL y MBL, tan solo 32 ofrecieron cifras sobre la cantidad destinada a estos programas y el número de empleados que cubre. La cuantía de estos planes oscila entre los 400.000 y los siete millones de dólares. Pero tan solo 29 de ellas incluyen cobertura a estos trabajadores externos o, lo que es lo mismo, un 32% de los equipos de estas tres grandes ligas. Y lo que es peor todavía: 19 de estas franquicias se negaron a responder, hicieron oídos sordos o afirmaron “no tener todavía un plan de actuación establecido.”

Es cierto que estos empleados suponen un minúsculo porcentaje dentro de los más de 26 millones de personas que han solicitado una ayuda por desempleo desde que el presidente Donald Trump declaró el estado de alarma nacional el pasado 13 de marzo. Pero fueron los propios propietarios multimillonarios quienes alzaron la voz y proclamaron de forma pública unas ayudas que no se están cumpliendo en su totalidad. Esta falta de transparencia se vuelve crítica si tenemos en cuenta que los jugadores siguen cobrando nóminas muy elevadas pese a la reducción que entrará en vigor a partir del 15 de mayo. En pocas palabras, los jugadores no han dejado de ver ni un duro de sus astronómicos contratos. Mientras tanto, hay miles de trabajadores cuyos salarios, ya de por si humildes, han desaparecido por el simple hecho de no provenir directamente de estas franquicias. “No hemos recibido nada de nadie”, afirmó una cajera empleada por un tercero en el Capital One Arena, hogar de los Wizards.

Cada aficionado interactúa con decenas de trabajadores externos en cada uno de los más de 1.200 partidos que se disputan cada temporada en la NBA, convirtiéndolos en embajadores de las franquicias. “Somos el corazón y el alma. Llueva o nieve, estamos allí”, afirma un cocinero de un local de restauración localizado en el Wells Fargo Center. La cantidad de trabajadores presentes en un partido de estas tres ligas puede variar entre los 400 y los 1.000. Es decir, en una jornada habitual en la NBA pueden estar involucrados más de 5.000 empleados, casi diez veces más que la cantidad total de jugadores que componen la competición.

Muchos de estos jornaleros se han llevado una sorpresa cuando han reclamado la ayuda que se les había prometido. Algunas de las empresas a las que pertenecen se han lavado las manos y afirman que “los equipos no están obligados a pagarles.” A su vez, iniciativas como la de los 76ers de rebajar el sueldo un 20% a los empleados que cobraran más de 50.000 dólares para asegurar el salario de todos los empleados fue cancelada tras reunirse con el equipo y los jugadores.

La NBA no está obligada a responder por estas empresas externas pero sí que debería tomar cartas en el asunto para reforzar el vínculo que las une y todo el impacto que generan dentro de su organización. Hablamos de solidaridad. Tomemos a los Nets como ejemplo. La franquicia neoyorquina ha contribuido con un fondo de seis millones de dólares para garantizar el sueldo de todos sus empleados tras colaborar con los sindicatos locales. Forbes estima que el valor del equipo asciende hasta los 2.500 millones de dólares, mientras que el patrimonio de su propietario, Joseph Tsai está estimado en 11.100 millones. Un estudio del The New York Times informó en 2018 que el Barclays Center se ha beneficiado de más de 260 millones en fondos estatales y municipales. A su vez, las exenciones de impuestos a la propiedad les ha arrojado un ahorro de aproximadamente 266 millones. Las cifras de beneficios varían entre mercados pero no es necesario hacer demasiados cálculos para comprender que es posible mantener la seguridad de todos los empleados afines a la NBA durante estos meses de crisis e incertidumbre.

Durante una comparecencia el pasado año, Mark Cuban, propietario de los Mavericks, dijo que los trabajadores a tiempo parcial “siempre quedarán atrás”, lo que empeora lo que ya es una enorme brecha salarial. Estos trabajadores son los peores pagados y carecen de seguro médico. Muchos de ellos compaginan trabajos para poder llegar a final de mes. Así, un revés como este puede enviar a muchos de ellos a una espiral de la que tomará años recuperarse. De entre este ‘sálvese quien pueda’ colectivo ellos son el eslabón más débil.

Si estas promesas de ayuda y protección empiezan a ser incumplidas por algunos equipos, las consecuencias pueden ser todavía más devastadoras. Para todos.

(Fotografía de Amy Sussman/Getty Images)


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