Quesos, chocolate y NBA


avion suiza

Ha sido una semana genial. Una semana alucinante. Una semana de película con una chica maravillosa.

Ni me gusta ni habitúo a dar consejos, menos aún si no me los piden. Hoy haré la vista gorda: si no conocéis Suiza, hacedlo. Me da igual cuando lo hagáis, pero mañana sería un día estupendo.

Coged a vuestra pareja (si no la tenéis, buscaros una), metedla en un avión, aterrizad en el céntrico aeropuerto de Ginebra, destaponaros los oídos, alquilaros un coche pequeño y a ser posible con tracción a las cuatro ruedas, meted un CD que contenga, mínimo, la main theme de Leyendas de Pasión y la ‘intro’ de dibujos animados de Heidi (sí, como leéis; si no por mí hacedlo por Johanna Spyri y vuestra infancia), y empezad a perderos por el caótico laberinto de estrechas carreteras al cobijo de los Alpes. De esta pequeña joya centroeuropea, sacada de los archivos originales de la Tierra Media.

Han sido, decía, siete de los mejores días de mi vida. Y al mismo tiempo han sido siete días extraños. Por algún motivo, no he logrado desconectar.

Tras cinco meses planeando, por fin logré llenar mi agenda de sábados. Cerré bajo candado cerebral mis estudios de Derecho, arrinconé las preocupaciones del despacho en lo más profundo del hipotálamo y creé un algoritmo mental para la bandeja de gmail, tan hermético e indescifrable que ni “Warlock” Kaludis —Jungla de Cristal IV— sería capaz, desde el butacón de su sótano, meterle mano a mis correos y mucho menos hacérmelos leer.

Y sin embargo, he sido incapaz de alcanzar la abstracción absoluta. Algo por las mañanas golpeaba mi cabeza a ritmo de metrónomo.

Turn off

Nuestro primer carraspeo del día quedaba lejos de las fachadas del hotel Bellecaire de Upper East Side, el barrio más posh de Manhattan. Lejos de sus cláxones, de sus pisadas siempre con prisa, del sofocante parloteo de gente hiperactiva, donde algún tiburón financiero cerraría a través de su móvil una transacción millonaria mientras una veintena de japoneses trata fotografiar, a toda costa y desde diez ángulos distintos, el trozo de calle por la que una siempre inocente Audrey Hepburn paseaba, hace 55 años, en Desayuno con Diamantes.

No, nuestro “ajetreo” matutino era bien diferente. Queríamos vacaciones en toda su extensión, y eso significaba prohibido madrugar. Nuestra generación, de los ochenta «palante», respira poco y duerme menos; y si encima eres de los que les chifla la NBA, vas apañado. Por eso, decidimos adaptarnos al ritmo tranquilo de Lütschental y Grindewald; las dos regiones entre las que se ubicaba nuestro bucólico hogar. ‘Donde fueres haz lo que vieres’ —me gusta tirar de refrán cuando me conviene—, así que imitamos a sus habitantes, de los cuales el ochenta por ciento eran vacas. Saludábamos a la mañana sin prisa y la rumiábamos despacio.

Al despertar

El café, el zumo de naranja natural (a precio de caviar) y los huevos con jamón han sido cosa sacra todas las mañanas. Al contrario que nuestros dos móviles y sus siete alarmas diariamente ignoradas. Vacaciones.

Pero después de despertar y antes de comer, tocaba renacer; eso implica un paseo por nuestro confesor matutino: el baño. Ella con su laboratorio químico portátil (también lo llaman neceser) lleno de diminutos botes que haría las delicias cualquier científico loco de la URSS. Yo, más primitivo, despierto con tres buenos viajes de agua en la cara, feliz como esos perros que lanzan bocados al chorro a presión de la manguera del jardín.

Prefería dejarla pasar primero a ella. Solo por eso de la paciencia, que no es una de mis virtudes. Entonces, en ese momentáneo abandono, ocurría. Un pensamiento comenzaba a aporrear en mi cabeza en una progresión incansable. Al igual que aquel martillo de gemas que, durante diecinueve años, Andrew Dufresne golpeó contra la roca de su celda de Shawshank hasta que le devolvió la libertad.

Sin duda, un buen novio habría usado esos quince minutos para salir del acogedor estudio y recoger un ramo de aquellas moradas margaritas que salpicaban cada rincón. Un novio en condiciones habría aprovechado para hacerse con un jarrón improvisado en el que poner el ramillete, el cual quedaría absolutamente perfecto en un extremo de la bandeja junto al zumo de naranja a precio de caviar. Pero no, este novio ya había caído a otros instintos.

Suiza

Juanlu me pidió queso suizo, y Elio que compartiera con nuestros lectores en Telegram (no sólo de web vive el hombre) alguna que otra foto de las maravillas paisajísticas que capturara con mi Moto G y su paleolítica cámara. Me prometí a mí mismo que haría eso y sólo eso. De hecho me juré que sólo haría dos cosas con nbamaniacs esa semana: olvidarme de ella y dar envidia. Espero haber logrado lo segundo con la foto de arriba (mi estampa mañanera) a pesar de su triste pixelado. En cuanto a mi primer objetivo: fracaso absoluto.

Highlights clandestinos

Al unísono, mi móvil activaba su imán y el polo opuesto que alguna noche de excesos debieron injertarme ilegalmente en la muñeca. Se oía el grifo del lavabo. Comenzaba mi frenetismo. Mis dedos bailaban solos, deslizándose casi de memoria: grupo de redacción de Telegram, pagina web, canal Youtube de la NBA y otros de resúmenes varios. (Filtro: ‘última hora’. Activado).

Así, pude saber que Cleveland arrasaba con los Hawks mientras los Thunder ponían a prueba la inexpugnable fortaleza de los Spurs. La larga serie entre Toronto y Miami vino con anécdota incluida. Devoraba líneas a tal velocidad antes de enfrascarme en los vídeos que no me percaté de que en el Game 1 hubo prórroga en el Air Canada Center. Por eso, no esperaba nada especial cuando Kyle Lowry tiró a la desesperada desde medio campo. Pero la bola ya había entrado, y yo apenas podía reprimir el grito. El salto recuerdo que si que lo dí, y fue más efectivo que una ducha de agua helada. De repente estaba totalmente despierto y frustrado, por no tener a nadie cerca con quien compartir ese canastón. Canastón estéril, por cierto. Wade, aquella noche, tenía otros planes.

El sábado seguí alucinando en silencio, viendo como Damian Lillard sacaba tajada de la baja de Stephen Curry ¿Equipo revelación también en playoffs? Posiblemente era el único ser en 200 kilómetros a la redonda con esa preocupación. El resto, dependiendo de si eran o no caminantes bípedos, estarían dándole al musgo, a la fondue o al chocolate (siempre pienso que los suizos no comen otra cosa que no sea queso y chocolate).

El caso es que en diez-doce minutos tenía suministrada mi dosis diaria de nbacaína. No había colocón, no había tiempo para empacho, pero tenía suficiente para sobrevivir otras veinticuatro vueltas de reloj. Y así, con mi entremés matutino bajo el edredón y en el más puro secretismo, me di cuenta de que éste es el trabajo menos sacrificado que he tenido nunca.

Qué quiero ser de mayor

Con seis años, como casi cada niño del mundo, quise ser futbolista. En mi caso quise ser Fernando Redondo, ‘El príncipe argentino’, el kaiser del medio campo del Madrid y la elegancia personificada. Años después, descubrí que también me gustaba meter la pelota por el aro además de en la portería, y también quise volar como Vince Carter. Por desgracia me quedé en 1,79 y el papel de Isaiah Thomas ya estaba pillado. Tampoco me descubrió nunca ningún ojeador del club merengue. Ellos se lo pierden. Todo buen banquillo necesita su «Faubert».

Los años siguieron pasando y me percaté de que también me gustaba algo más. Escribir. Y en la misma época (esos maravillosos quince) también me picó otro gusanillo. El de trasnochar. Además de repeinarme y hacer purga neuronal a base vodka a tres euros (hay colonias con mejor buqué) me encontré atrapado por un tipo calvo, de complexión rara, acento raro, americana rara y gafas rarísimas, y otro tipo algo más joven, que lucía una larga melena y ejercía perfectamente de contrapunto. Andrés Montes y Antoni Daimiel, me engancharon al televisor en un espectáculo nocturno sin precedentes ni equivalentes. Las ojeras se convirtieron en mis mejores compañeras.

Hoy no puedo recurrir a aquello de esconderme en el último pupitre de la clase, enterrar la cabeza entre los brazos y fingir la más absoluta concentración. Ahora trasnocho algo menos. Los años, no se equivocaban mis padres, se notan. Suelo rendirme al descanso y raro es el partido que logro resistirlo entero. Las tornas se han invertido. Ahora el aguinaldo lo recibo al despuntar el alba. Llega con el aroma de las tostadas, de la mantequilla fundida y el café recién hecho. La única diferencia es que aquí la edición no es en papel.

Pero es momento de leeros a todos (por las tardes os hablo yo un poquito). A los que estamos detrás y a los que nos hacéis grandes delante. Mis hermanos de teclado os lo cuentan al detalle. Vosotros, tan polémicos y sofistas, tan humoristas y categóricos, le dais el sabor y no ahorráis en pique. NBA y tinta. Dos pasiones que Elio me dio el placer y la libertad de fusionar.

Vacaciones en Suiza

Ya de vuelta a casa, ha tocado ver como el asalto de los Blazers se ha quedado en un más que honroso intento. Que los Thunder se cargaron el sólido molde tejano y ahora amenazan con resquebrajar el de Golden State. LeBron se nos estaba enfriando, pero esta noche por fin se quitará la escarcha. Yo, por mi parte, sigo de vacaciones perpetuas. Al menos el rato que me camuflo por estos lares.

Pasar una semana en Suiza te deja una sensación parecida a la que tendría Son Goku en un restaurante de buffet libre. Hay de todo, eres jodidamente feliz, y aunque quieres probar hasta el salero, te olvidas pronto de mantener la línea y acabas llenando el plato siempre de lo mismo (séase, donuts).

Explicaros por qué debéis a ir Suiza es de esas cosas que no se deben hacer; como con los trucos de magia, las tatuajes y los secretos de tu mejor amigo. El spoiler arrebata el suspense. Pero sí puedo resumiros qué ha sido para mí.

Suiza ha sido una bomba de oxígeno. Ha sido sumergirse entre verde y blanco. Ha sido pueblos-maqueta y cien mil cascadas. Ha sido los tres niveles de Berna y el encanto de Thun. Ha sido los 1.650 metros de Murren y los meandros de Basilea. Ha sido comer rösti y beber vino. Ha sido reventar las maletas de chocolate Cailler. Ha sido el Zentrum Paul Klee y el Vitra Museum (el mejor peaje de viajar con una arquitecta). Ha sido fundue y raclette. Ha sido sándwiches a rebosar de embutidos del Día y más raclette. Ha sido el Moon River en playback de Audrey. Y ha sido, malditas vacaciones, una pizca de NBA.

Por cierto Juanlu, tu queso está en la nevera. No prometo respetar su envase mucho más tiempo. Directo de La Maison du Gruyère. Diez meses de curación. Mi madre dice que huele y sabe a pies. Y que no existe un mayor piropo para un queso.


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