Serie ‘Origen de las franquicias NBA’: asalto al tren de Florida


A lomos de la bonanza, cabalgando con paso firme sobre el campo de la globalización. Las arcas de la liga nunca habían lucido un aspecto tan saludable. La NBA había dejado atrás una década sombría gracias a la rivalidad protagonizada por Magic Johnson y Larry Bird. Por si fuera poco, desde North Carolina había aterrizado una joven promesa dispuesta a cambiar la historia de la competición. No había motivos para creer en una nueva debacle mientras sobraban aquellos que invitaban a apostar fuerte y hacer crecer la liga.

David Stern había sustituido recientemente a Larry O’Brien como Comisionado cuando anunció que la NBA ‘sacaba a subasta’ hasta cinco nuevas franquicias que acomodar en la competición. Aquella noticia fue recibida con mucho entusiasmo en la zona sureste del país, principalmente por parte de Jim L. Hewitt. Como presidente del United American Bank, su visión empresarial y su hambre financiera lo habían convertido en una de las personas más ricas de Orlando. A mediados de los años 80, la ciudad se había convertido en uno de los principales núcleos turísticos de Florida pero todavía no contaba con ningún representante en ninguna de las cuatro grandes ligas deportivas de Norteamérica. En septiembre de 1985, Hewitt se plantó ante Pat Williams, por aquel entonces general manager de los 76ers, para compartir con él su idea de formar un equipo en Orlando.

Las obligaciones propias de los despachos no le permitían demasiado rango de acción, pero Williams quedó realmente intrigado ante el potencial de aquella propuesta. La casualidad quiso que aquella temporada finalizara con un resultado peor al esperado y, por ende, con la salida de Moses Malone rumbo a Washington. El 19 junio de 1986, Pat Williams abandonaba su cargo para unirse al ambicioso proyecto de Hewitt. Ese mismo día, ambos anunciaron en una rueda de prensa su intención de liderar una nueva franquicia en la NBA.

La extensa red de contactos forjada por uno y otro permitió adelantar plazos a un ritmo voraz. Tanto que el propio Stern quedó sorprendido y cautivado por el empuje de aquella iniciativa. “Simplemente se negó a recibir un no por respuesta”, declararía el Comisionado. En apenas un mes y medio, otros 30 inversores se habían unido a la causa, entre ellos Don Dizney, componente de la cúpula directiva de los Orlando Renegades de la USFL, y Robert Fraley, abogado y agente deportivo.

Aún así, el convencimiento de que Orlando merecía una franquicia no logró despejar las dudas iniciales. Pese al auge turístico tras la inauguración de Disney World, la ciudad era pequeña, carecía de un aeropuerto importante y de un pabellón capaz de albergar una competición de dicho calibre. Además, surgió en el mismo territorio un feroz competidor: un grupo inversor igual de válido en la vecina Miami. Y no parecía muy probable que Florida recibiera dicho honor por partida doble.

Por suerte contaron con importantes aliados desde el principio. El Consejo de la Ciudad llevaba desde 1983 dándole vueltas a la idea de construir un nuevo recinto que pudiera acoger una parte de los eventos que, hasta el momento, recaían sobre el Orange County Convention Center, un edificio multiusos situado a varios kilómetros del centro de la ciudad. Las discusiones sobre el financiamiento llevaron a una serie de disputas que retrasaron el proyecto durante varios años. Unos defendían la necesidad de un nuevo recinto adaptado a los tiempos que corrían y con vistas ya al futuro. Otros pensaban que tan solo supondría un gasto innecesario de dinero y afirmaban que el Orange Country era suficiente para satisfacer la demanda cultural del momento. La propuesta de Hewitt y Williams decantó la balanza hacia el ‘si’ y las obras dieron comienzo cuatro meses antes de que David Stern anunciara las franquicias ganadoras.

Mientras tanto, el grupo inversor tuvo que superar un gran número de pruebas y requisitos. Primero, un pago obligatorio no reembolsable de 100.000 dólares. Posteriormente, Orlando recibió numerosas visitas por parte de la cúpula de la liga y algunos de los propietarios de las franquicias ya existentes.

En agosto de 1986, la NBA envió a Jerry West, GM de los Lakers, y Norm Sonju, de los Mavericks, para liderar una primera comitiva de viabilidad. Posteriormente repetirían viaje Richard Bloch, Alan Cohen y Charlie Thomas, propietarios de Suns, Celtics y Rockets, respectivamente. Pero la prueba de fuego tendría lugar apenas un mes después. En septiembre, Pat Williams protagonizó un memorable discurso de tan solo 30 minutos que sorprendió y encandiló, por igual, a los propietarios. El antiguo general manager de los 76ers tan solo necesitó dos pequeños detalles para llamar la atención de los presentes: unas orejas de Mickey Mouse que colocó sobre la cabeza de Stern y un tarro lleno de arena procedente del terreno donde darían comienzo las obras del posterior Orlando Arena. Todos rieron ante la situación tan cómica que había acabado de producirse, pero Stern necesitaba algo más.

“Debo decir que sabíamos que Orlando era una maravilloso destino por la presencia de Disney, pero no estaba tan seguro de que esas visitas se tradujeran en un apoyo real al equipo. No estábamos nada seguros de que la NBA despertara un auténtico entusiasmo en la ciudad”, afirmaría el Comisionado. Pero Williams había apostado todas sus cartas en aquella iniciativa y la respuesta no se hizo esperar. La competición había exigido un mínimo de 10.000 abonos vendidos antes de diciembre para seguir adelante con el plan. En Miami cumplieron a última hora. Desde Orlando la respuesta fue espectacular: 14.176 abonos despachados, más que cualquiera otra propuesta.

El comité anunció en una reunión celebrada el 2 de abril de 1987 las primeras dos ciudades que habían ganado la puja: Charlotte y Minnesota. Si bien las solicitudes procedentes de Anaheim, San Petersburgo y Toronto fueron rechazadas, no se fue capaz de llegar a ningún consenso al respecto de la tercera franquicia. Las propuestas de Miami y Orlando competían a un nivel muy similar y habían cumplido con todas las exigencias. No hubo consenso y el comité decidió retrasar la decisión hasta la reunión anual de la liga que se celebraría seis meses más tarde.

Mientras la espera se prolongaba, Hewitt y Williams decidieron que era hora de buscar un nombre para la franquicia. Un concurso realizado a través del Orlando Sentinel permitió a miles de aficionados presentar su propia propuesta. Estas ascendieron hasta un total de 4.296, siendo elegidas cuatro de ellas por un comité creado expresamente para ello: Tropics, Juice, Heat y Magic.

Uno a uno, los finalistas fueron descartados. El término ‘Tropics’ hacía referencia a una zona más al sur de la ubicación propia de Orlando, mientras que ‘Juice’ no recibiría el apoyo esperado después de que una terrible helada invernal hubiera devastado la industria de los cítricos. Curiosamente, el nombre ‘Heat’ fue desechado por recoger una connotación negativa que, finalmente, si sería aceptada en Miami. Por si fuera poco, Karen, la hija de Williams, había definido su reciente visita a Disney World como ‘mágica’. No cabía duda de cuál sería el nombre del equipo: Orlando Magic.

Sin embargo, esta prórroga reavivó antiguas rencillas entre ciudades. Desde la apertura de Disney World en 1971, Orlando comenzó a competir directamente con Miami por la afluencia turística del estado de Florida y las fuerzas económicas se equipararon. Ahora, la llegada de una franquicia de la NBA serviría para decantar la balanza y la campaña de desprestigio dio comienzo. Algunas personalidades públicas y medios de comunicación locales comenzaron a sacar trapos sucios de la ciudad rival, y la situación amenazó con convertirse en una pesadilla de relaciones públicas para la NBA. Tanto llegó a caldearse el ambiente que David Stern asumió que no podía esperar hasta octubre para tomar una decisión definitiva. También comprendió que elegir entre uno u otra despertaría la ira de los perdedores. ¿Por qué no aprovechar la rivalidad entre aquellos dos grandes mercado? Poco después, la NBA anunciaba que tanto Orlando como Miami disfrutarían de su propio equipo. Los Heat y los Hornets ingresaron oficialmente en la liga en 1988. Los Magic y los Timberwolves tuvieron que esperar una temporada más. La tarifa final de acceso ascendió hasta los 32,5 millones de dólares, mientras que el coste total del Orlando Arena, inaugurado el 29 de enero de 1989, se cerró en los 110 millones, todos ellos procedentes de arcas públicas.

La columna vertebral deportivo quedó muy bien definida desde el primer momento. Con experiencia previa en Chicago, Atlanta y Filadelfia, Pat Williams gobernaría los hilos competitivos desde los despachos. Para el puesto de entrenador apostó por Matt Guokas, un viejo conocido en los 76ers. Desde el draft de expansión aterrizaron nombres interesantes como Scott Skiles, Terry Catledge, Sam Vincent, Jerry Reynolds y Otis Smith, aunque las verdaderas apuestas llegaron vía draft: Nick Anderson, primera selección de la historia de los Magic, en 1989, Dennis Scott (1990), Shaquille O’Neal (1992) y Chris Webber (1993), quien fue inmediatamente traspasado a los Warriors a cambio de Penny Hardaway. Estos cuatros jugadores conformaron los pilares fundamentales del equipo que alcanzaría las Finales en 1995.

Para entonces, Brian Hill había sustituido a Guokas como head coach y Richard DeVos, dueño de la empresa de marketing Amway, había comprado la franquicia por un total de 85 millones de dólares.


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(Fotografía de portada de Sam Greenwood/Getty Images)


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