Serie ‘Despachos NBA’: Jerry West, el logo de las oficinas


Seguimos estudiando la NBA desde una perspectiva histórica. Porque la liga que todos conocemos hoy en día ha sido construida en miles de episodios, de historias, de personajes y de pequeños detalles que han aportado su granito de arena en la confección de una narrativa global que se ha ido reproduciendo hasta la actualidad. En esta recopilación de artículos en concreto trataremos aquellas figuras que han sido clave en la evolución de la liga desde los despachos. Sí, en efecto, hablamos de los general managers. En este cuarto artículo hablaremos sobre la figura de Jerry West, quien paseó sus innovaciones triunfales por toda la geografía NBA.

Primera entrega: Wayne R. Embry, el primer ejecutivo afroamericano de la historia de la NBA

Segunda entrega: La obra maestra de Jack McCloskey, los ‘Bad Boys’

Tercera entrega: el gen Colangelo


El 2 de abril de 1974, Jerry West disputaba su último partido como profesional coincidiendo con el tercer partido de la primera ronda de playoffs. Una lesión en la ingle había limitado su participación a apenas 31 partidos. Y aquella noche, The Forum se vistió de gala para despedir al que había sido su buque insignia durante más de una década. West, el logo de la NBA, colgaba las botas a los 36 años de edad como el tercer máximo anotador de todos los tiempos, por detrás de Wilt Chamberlain y Oscar Robertson. Desde entonces, tan solo Michael Jordan ha registrado un mayor promedio anotador en playoffs.

Después de dos años de merecido descanso, el gusanillo del baloncesto volvió a picarle a West, quien no dudó en aceptar la primera oportunidad que recibió desde la ciudad de Los Ángeles. Los Lakers acababan de completar su segunda temporada sin alcanzar los playoffs y West sería el encargado de sustituir a Bill Sharman en el banquillo. Ambos habían alcanzado la gloria juntos poco tiempo atrás en el campeonato conquistado en 1972.

Alguien tan inquieto y apasionado por el mundo de la canasta no supo decir que no. “Si no noto esa tensión, si no siento al menos un poco de dudas y esa sensación de ansiedad que tenía cuando empecé a jugar, entonces será hora de que me vaya”, llegó a decir Jerry.

En tres campañas con West al timón, los Lakers firmaron un balance global de 145-101 y regresaron a los playoffs después de no olerlos desde que el nuevo coach había había dicho adiós a las pistas. Colocada la primera piedra, dejó el testigo del equipo a Paul Westhead y cambió los banquillos por las gradas, los vídeos y los informes de scouting. Durante otros tres años estudió los conceptos necesarios, asimiló el negocio del baloncesto desde otros puntos de vista y preparó su salto definitivo a los despachos: en 1982 se convertía en el general manager de los Lakers. Aprovechando la inercia ganadora del campeonato de 1980, recogía un equipo liderado por Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar, y dirigido desde el banquillo por su antiguo compañero de batallas y amigo, Pat Riley.

Nada más aterrizar en las oficinas, West ya tenía un regalo preparado sobre la mesa procedente de Cleveland. El desastroso propietario de los Cavs, Ted Stepien, había dado comienzo a su particular tendencia de ‘regalar’ sus picks por jugadores que terminarían por aportar poco al equipo (lo que provocó que la NBA tuviese que crear una nueva regla para protegerse a sí misma de propietarios inútiles). Así, el primer pick del draft de 1982 estaba en manos de los Lakers y Jerry West no dudó un segundo en seleccionar a James Worthy, quien acababa de proclamarse campeón de la NCAA con North Carolina junto a Michael Jordan y Sam Perkins.

Sin embargo, el aura de ‘perdedor’ se mantuvo sobre la figura de Jerry West hasta el punto que él mismo empezó a creer en la mala fortuna que arrastraba a su alrededor. Su carrera como jugador coincidió desafortunadamente con los mejores Celtics de la historia, ante los que perdería seis Finales de la NBA. Ocho en total, si contamos las series por el título de 1970 y 1973, con los Knicks como verdugos en ambas ocasiones. “Oh, demonios. Sientes que eres una distracción cuando estás cerca”, explicaba West sobre por qué no le gustaba viajar con el equipo durante los playoffs. “Ya están ocurriendo demasiadas cosas como para tenerme allí. No me necesitan en esos momentos. Además, no me gustan las multitudes. Me gusta estar cerca de la gente. Pero no tanto.” Unas declaraciones que, según Pat Riley, ocultaban una realidad muy diferente. “Jerry cree que trae mala suerte a los equipos. Todo viene de aquellas derrotas durante los años 60”. La dolorosa derrota en siete partidos ante Boston en las Finales de 1984 traía de vuelta viejos fantasmas, muchos de ellos con el rostro de Red Auerbach. Pocos días después, Magic Johnson se reuniría con el gerente general, visiblemente afectado, para hacerle una promesa: “la próxima vez lo haremos mejor y ganaremos.” Él mismo asumió la carga y se autoproclamó ‘A man with a mission’.

El triunfo del Showtime

La realidad es que aquel equipo, liderado por el propio Magic y Kareem y con escuderos de lujo como el emergente Byron Scott, James Worthy, Michael Cooper, Jamaal Wilkes, Mike Magee o Kurt Rambis, estaba confeccionado para ganar. Era cuestión de tiempo, de terminar de soldar las piezas y, sobretodo, de confianza, que así fuera.

Un año después, Lakers y Celtics repetían enfrentamiento en las Finales de la NBA, entre aires de revancha y la derrota de la edición de 1984 todavía latente. Sin embargo, el guión apuntaba a repetirse después de la humillación recibida en el Garden en el primer partido (148-114) y que sería bautizado como el ‘Memorial Day Massacre’.  Lejos de desfallecer, los jugadores tomaron como suya la premisa de Magic Johnson y con un descomunal Kareem Abdul-Jabbar lograrían darle la vuelta a la tostada. Una victoria que saborearon de forma especial por el escenario en el que se completaría. En el sexto partido de aquella serie, los Lakers rompían la maldición y celebraban por primera vez un campeonato en el santuario de los Celtics. “El dolor de perder”, había dicho West una y otra vez , “es mucho más fuerte que la alegría de ganar”. Esta vez, le tocaba sonreír a él.

Bajo el amparo de Jerry Buss (quien había sustituido al ‘tacaño’ Jack Cooke como propietario en 1979), West edificó y desarrolló las bases del Showtime y marcó el comienzo de una nueva era en la que los Lakers se convirtieron en la franquicia con más títulos en las siguientes tres décadas. El equipo ganador de 1985 seguiría creciendo con las incorporaciones de A.C. Green (con la 23ª selección de aquel año) y Mychal Thompson (desde Portland vía traspaso). No solo eso, sino que West se enfrentó al mismo Buss al negarse a traspasar a Worthy a Dallas a cambio de Roy Tarpley y Mark Aguirre en 1987. Los títulos de 1987, de nuevo ante Boston, y 1988, a siete partidos contra los Pistons, ratificarían los movimientos realizados por el general manager.

Como ocurre con toda dinastía, el paso del tiempo comenzó a hacer mella en el equipo. Las maratonianas temporadas y épicas batallas a las que habían tenido que hacer frente durante toda la década pesaba demasiado en las piernas y el ímpetu de los nuevos equipos que exigían un relevo generacional se terminó imponiendo. En las Finales de 1989, los Pistons aplicaron un duro correctivo a los oro y púrpura en forma de sweep. Los Bulls pondrían la puntilla en la serie por el título de 1991 y el positivo por VIH de Magic pondría el punto y final a aquel equipo de leyenda ese mismo año.

Entre 1991 y 1996, el rumbo de los Lakers transcurrió por un periodo de sequía. En 1994, Mitch Kupchak reemplazaría en el puesto de general manager a Jerry West, aunque seguiría siendo este el que tomaría las decisiones importantes. Ese mismo año, el banquillo encontraría estabilidad en Dell Harris. Mientras los Bulls de Jordan dominaban la NBA y Hakeem Olajuwon aprovechaba la primera retirada de este para recoger las ‘migajas’ en forma de dos anillos consecutivos, West fue construyendo poco a poco un nuevo proyecto con el que devolver a la franquicia a lo más alto. “Soy una persona mucho más reflexiva de lo que la mayoría de la gente piensa”.

En el draft de 1993 reclutó (37º pick) a Nick Van Exel y un año después seleccionaba a Eddie Jones en primera ronda con la décima selección. Pero su jugada maestra llegaría en 1996. Aquel verano traspasó a Vlade Divac para hacerse con los servicios de un jovencísimo Kobe Bryant. Paralelamente, West aprovechaba la indecisión de los Magic para llevarse a Shaquille O’Neal con una suculenta oferta por siete años y 120 millones. Una oferta que en Orlando no quisieron igualar. En esta decisión tuvo su peso una encuesta publicada en el Orlando Sentinel, en la que el 85% de los votantes se mostraron contrarios a pagarle tal cantidad de dinero al, por aquel entonces, mejor pívot de la liga. Una encuesta a la que no tardó en reaccionar Charles Barkley: “los resultados demuestran que hay un 85% de idiotas en Orlando.” Al mismo tiempo, Robert Horry y Derek Fisher aterrizaban en las colinas de Hollywood, conformando el núcleo principal del equipo durante el siguiente lustro. En 1999, cerraban la contratación de Phil Jackson como impulsor definitivo desde el banquillo. Tres campeonatos consecutivos entre 2000 y 2002 encumbrarían la dilatada carrera de Jerry West en Los Ángeles. San Antonio se cruzaría en Semifinales de Conferencia de 2003 y los Bad Boys 2.0 desmantelarían el proyecto en 2004 tras el fracaso de aquel último gran equipo con Karl Malone y Gary Payton.

De aquella completa reestructuración llevada a cabo en 2004 solo se salvaría Kobe Bryant. Karl Malone colgaría las botas tras escaparse su última oportunidad de conquistar el campeonato, O’Neal se marcharía a Miami, Gary Payton a Boston y Phil Jackson se tomaría un merecido descanso. El propio Jerry West se había bajado del barco en 2002 buscando nuevos retos tras certificar el Three Peat.

Nuevos retos en Memphis y Golden State

Así, aceptó la oferta de Memphis con el propósito de desafiarse a sí mismo, alejado de una franquicia ganadora y los focos de un gran mercado. Hasta el momento de su llegada, los Grizzlies eran un equipo que había dado tumbos entre Vancouver y Memphis. Ni en uno ni en otro había conseguido superar las 23 victorias. Tras solo un año en las oficinas, la franquicia hilvanó tres apariciones consecutivas en los playoffs después de sumar 50, 45 y 49 victorias, respectivamente. Un rendimiento que le valdría para ser elegido Ejecutivo del Año en 2004, segunda distinción tras la lograda en 1995. Pau Gasol se asentaría como el jugador franquicia de aquel equipo, a quien West rodeó de secundarios como Mike Miller, James Posey, Eddie Jones, Stromile Swift, Damon Stoudamire, Bonzie Wells o Kyle Lowry, este último elegido por él en el draft de 2006. Sin embargo, el gran ‘pero’ de aquella gestión fue la incapacidad de sumar ni única victoria en playoffs y tras el récord de 22-60 firmado en la temporada 2006-07, Chris Wallace lo reemplazaría en el puesto.

Cuando su carrera parecía abogada al retiro en la tranquilidad de su hogar natal, Bob Myers llamó a su puerta. El general manager acaba de tomar las riendas del equipo aquel mes de abril de 2011 y para llevar a cabo su ambicioso plan necesitaba del conocimiento y la veteranía de una leyenda de la liga. Nadie en la NBA es capaz de afirmar que la frenética irrupción de los Warriors fuera una mera coincidencia al margen de aquella contratación. Jerry West, en calidad de asesor, fue una pieza fundamental en el aparato de toma de decisiones de Golden State, ya que la franquicia incorporó numerosas piezas, tanto mediante el draft como por la agencia libre, para construir un equipo de leyenda que transformó, incluso, el concepto del baloncesto en la era moderna.

Jerry West apostó por Klay Thompson con la undécima posición en el draft de 2011 y por Draymond Green, en segunda ronda, apenas un año después. Hasta entonces, la mayoría de los directivos de la NBA no estaban por la labor de disponer de dos tiradores de élite en su back-court, y un jugador como Green, tan versátil pero dimensionalmente difícil de trasladar a las posiciones estándar de la NBA, no despertaba el interés de los equipos, como quedó de manifiesto en aquel draft. Poco a poco, los Splash Brothers comenzaron a copar titulares mientras Dray se convertía en una pieza muy importante en ambos lados de la cancha y en el verdadero pegamento del equipo. No olvidemos tampoco que, al igual que había ocurrido casi treinta años con James Worthy, West se negó en rotundo en traspasar a Klay Thompson por Kevin Love, algo que le costó numerosas críticas externas. Una vez más, Jerry demostró estar diez pasos por encima del resto. Poco después aterrizaría Kevin Durant tras la decepción de aquella amarga temporada del 73-9. Balance final: tres campeonatos y otras dos Finales más, construidas sobre su trabajo y visión deportiva. “Se trata de la organización mejor dirigida de todas en las que he estado”, resumiría West a su partida.

En 2017, recibe una llamada de Steve Ballmer y de nuevo pone rumbo a Los Angeles, aunque esta vez para enrolarse en los Clippers. Para quien ponga en duda su fidelidad a los Lakers, la siguiente frase: “Amo a los Lakers. Decir que no me hubiera gustado terminar mi carrera allí sería mentir.” Su huella como consultor de operaciones se deja notar al instante. Lo primero que hace es dar el visto bueno al traspaso de Chris Paul e, inmediatamente después, renueva a Blake Griffin por el máximo salarial para deshacerse de él unos meses más tarde. En apenas medio año había finiquitado dos terceras parte de la imagen ‘Lob City’ con dos movimientos radicales. Tras dos temporadas de transición, el proyecto está a punto de eclosionar y solo la suspensión de la temporada ha privado el que, quizá, sea el primer campeonato en la historia de los Clippers, con Kawhi Leonard y Paul George al frente.

Si hacemos un repaso a la historia de la NBA desde sus más humildes orígenes, es muy posible que no encontremos a otra figura que haya condicionado el rumbo de tantas franquicias como Jerry West. El logo de la NBA y, por qué no, el de todos los despachos de la liga por los que ha pasado.

(Fotografía de portada de Kevork Djansezian/Getty Images)


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