Serie ‘Despachos NBA’: la sonrisa de Salt Lake City


Seguimos estudiando la NBA desde una perspectiva histórica. Porque la liga que todos conocemos hoy en día ha sido construida en miles de episodios, de historias, de personajes y de pequeños detalles que han aportado su granito de arena en la confección de una narrativa global que se ha ido reproduciendo hasta la actualidad. En esta recopilación de artículos en concreto trataremos aquellas figuras que han sido clave en la evolución de la liga desde los despachos. Sí, en efecto, hablamos de los general managers. En este quinto artículo hablaremos sobre la figura de Frank Layden, una de las personalidades más carismáticas y divertidas en la historia de la liga.

Primera entrega: Wayne R. Embry, el primer ejecutivo afroamericano de la historia de la NBA

Segunda entrega: La obra maestra de Jack McCloskey, los ‘Bad Boys’

Tercera entrega: el gen Colangelo

Cuarta entrega: Jerry West, el logo de las oficinas


“Frank, fuiste una parte importante en los Jazz…”, empezó el periodista.

“¿Lo dices porque pesaba casi 150 kilos?”, le interrumpió Layden.

Frank siempre había sido un tipo divertido. Su cautivador sentido del humor le había granjeado una reputación de “tipo gracioso” sobre la que había sostenido una carrera de más de dos décadas como entrenador. En una reunión de etiqueta y alta alcurnia, la imagen de Layden hubiera causado una gran disonancia visual: traje arrugado, corbata torcida, camiseta desabrochada,… No es el que le gustase especialmente esa etiqueta de ‘bufón’, pero le había servido para salir de más de un apuro. Además, los resultados obtenidos le respaldaban.

Corría el 9 de mayo de 1979 y sabía que iba a necesitar de ambas. Primero, resultados para mantener su nuevo puesto al menos el mismo tiempo que los Jazz habían sobrevivido en Nueva Orleans. Y humor, mucho, para hacer frente a lo que se le venía encima. Un mes después, la franquicia ya estaba asentada en Salt Lake City después de que el propietario Sam Battistone hubiera acabado hasta los mismísimos de tanto Mardi Gras y tan pocos aficionados en los asientos del Superdome.

La nueva comunidad estaba hambrienta de baloncesto profesional tras la desaparición de los Utah Starks de la ABA. Sin embargo, apenas disponían de unos meses para organizar la venta de las entradas, poner en marcha campañas publicitarias y de marketing y cerrar los derechos de retransmisión de los partidos. Y Frank sabía que todo ello recaía sobre él. Para eso le habían firmado. Un reto, por supuesto, mucho más ambicioso que los encarados durante sus últimos tres años como asistente de Hubie Brown en Atlanta.

Los comienzos fueron muy difíciles. Tanto, que Frank debatió largo y tendido con su esposa Bárbara sobre si debían comprar una casa o vivir de alquiler a la espera de que el proyecto despegara. Ni el mismo confiaba en ello. “Pensaba que no íbamos a durar más de tres años.” Así todo, Layden puso en práctica todos sus encantos para mantener a los Jazz en Utah. Ya había visto a sus amados Dodgers abandonar su Brooklyn natal para mudarse a Los Ángeles y no estaba dispuesto a renunciar sin pelear. Nada más aterriza en Salt Lake City se citó con los empleados de la franquicia. “Es posible que no podamos hacer que vengan a vernos por nuestras victorias, pero podemos lograr que vengan por como los tratemos.”

Durante todo un año recorrería todo el territorio de Utah promulgando este eslogan. Ofreció cerca de cien comparecencias públicas a lo largo y ancho de los casi 220.000 kilómetros cuadrados del estado. En las galas y eventos de las entidades educativas de la ciudad era habitual verle regalando discursos o como ‘maestro de ceremonias’. Protagonizó decenas de anuncios publicitarios y campañas de marketing de bajo presupuesto. Siempre tenía una sonrisa o una frase ingeniosa y perspicaz durante las habituales derrotas de su equipo, desviando la atención de la prensa hacia derroteros más desenfados y descargando de presión a sus jugadores. Los problemas se le acumulaban a los Jazz en esos primeros días, pero Layden los mantuvo a flote con su inteligencia, determinación y conocido sentido del humor.

No obstante, el limitado mercado de Salt Lake City y la condición de novato de la franquicia exigió al directivo mucho más que unas risotadas en las ruedas de prensa y respuestas agudas a sus detractores. Su oficina, aquellos primeros dos años, echaba humo. “Frank salvó la franquicia”, declararía su actual propietario, Larry H. Miller, años después tras comprar el equipo en 1985.

En los despachos era intransigente y tenaz. La simpatía que adornaba sus apariciones en público desaparecía por completo a la hora de tomar decisiones importantes y controlar los hilos de una franquicia. La primera decisión fue la de contratar a Tom Nissalke como head coach. Duro, metódico e igual de inflexible que su superior, Nissalke, quien aterrizaba con la vitola de su premio al Entrenador del Año de 1977 en Houston, las tuvo con la entonces estrella del vestuario. Pete Maravich había sido la primera y única gran estrella del equipo, pero sus rodillas habían echado por tierra su prometedora carrera. El jugador no quería forzar y solicitó a su entrenador una disminución de la intensidad en las sesiones de trabajo. Tom, muy conservador e inamovible en sus métodos, respondió enviando al banquillo a Maravich. “Quien no entrena, no juega.” Así, Pistol Pete fue cortado tras encadenar 17 apariciones en pista con 24 partidos consecutivos viendo a sus compañeros desde el banquillo.

Este movimiento impulsó la irrupción de Adrian Dantley, quien había aterrizado en el equipo en aquel septiembre de 1979 a cambio de Spencer Haywood. Sus puntos saciaron el vacío de producción anotadora dejada por Maravich. Pero no hubo suerte en el resto de movimientos. Larry Knight, elegido en el puesto nº 20 del draft tras hacer historia con los Ramblers de Loyola Chicago, sería cortado en pleno training camp. El sustituto de Maravich, Terry Furlow, fallecería en un trágico accidente de coche después de una prometedora primera temporada en Utah y Bernard King sería apartado del equipo y traspasado a Golden State tras ser acusado de agresión sexual y posesión de drogas.

A Frank le gustaba su nuevo trabajo pero echaba de menos estar en primera línea de fuego, donde se había fogueado a lo largo de toda una vida dedicada al baloncesto. Durante su estancia en el instituto había aprovechado una huelga de profesores para entrenar a distintos equipos de su ciudad. Aquello no era legal, pero se las apañó usando distintos pseudónimos sacados de los nombres que leía en los periódicos y veía en las películas de la época. Así, pasó a llamarse Frank Layden, Lash LaRue y Happy Daily, entre otros, según lo exigiera la ocasión. A partir de ahí, las piezas fueron cayendo una a una.

Volviendo al caso, sus esfuerzos para mantener a flote la franquicia no estaban obteniendo resultados donde verdaderamente era necesario: sobre la pista. Los Jazz no fueron capaces de superar las 28 victorias en ninguna de sus primeras tres temporadas en Utah. Desde que vio la oportunidad, Layden quitó de en medio a Nissalke para compaginar su puesto de directivo con el de head coach.  “Si quieres que algo funcione, hazlo tú mismo.”

Poniendo a los Jazz en el mapa

La sensación de estar a pie de pista revitalizó su ingenio humorístico e insufló vida a una plantilla carente de espíritu. Para entonces ya había seleccionado dos años antes a Darrell Griffith y había rescatado de la CBA dos perfiles muy útiles como Rickey Green y Jeff Wilkins. Pero Salt Lake City seguía sin ser atractivo para las estrellas emergentes y Dominique Wilkins, seleccionado en la tercera posición del draft de 1982, fue traspasado a Atlanta por John Drew, Freeman Williams y un millón de dólares después de que se declarara en rebeldía. “Nunca voy a jugar para los Jazz”, había espetado. Por si fuera poco, tres años más tarde, Drew se convertiría en el primer jugador suspendido de por vida por la NBA tras varios escándalos con las drogas.

Sea como fuere, Layden estaba de regreso en los banquillos y su talento innato para caer bien conquistó inmediatamente a compañeros de profesión, aficionados, rivales y medios de comunicación. Posteriormente reconocería que todo estaba diseñado con el fin de desviar las críticas por los malos resultados de su equipo, pero el desparpajo con el que el técnico era capaz de desenvolverse ante una rueda de prensa repleta de periodistas ansiosos de titulares suculentos suponía un atractivo extra en una década de colosos. Y todos estaban de acuerdo. “Layden es el único entrenador en la liga capaz de poner de acuerdo al resto de entrenadores y que estos se alegren por su éxito”, llegaría a decir Pat Williams, general manager de los 76ers campeones en 1983.

Muchas son las anécdotas desternillantes que Layden regaló a las arcas de la liga. En 1985, los Jazz estaban sufriendo una soberana paliza en el Forum por parte de los Lakers. Mediado el último cuarto, Frank vio que numerosos aficionados se estaban marchando del pabellón y comenzó a divagar. “Miré a mi alrededor y la gente se estaba marchando. Me pregunté ‘¿Por qué diablos me estoy quedando aquí?”. Tras pedirle a su asistente que se hiciera cargo de los últimos minutos, se alejó, cruzando por delante del banquillo de los Lakers. “¿A dónde vas?”, le inquirió Pat Riley. “Si todos se van, ¿por qué tengo yo que quedarme y sufrir esto? Me voy a por un sándwich”, respondió antes de cumplir su propósito en el local de alimentación situado frente al recinto.

Tres años después sería expulsado de un encuentro antes del descanso tras un encontronazo verbal con Darrell Walker, jugador de los Bullets. “Nadie debería entablar un intercambio verbal conmigo, a menos que tenga 60 años y un doctorado en humor. Tal vez a medida que envejezco, necesito un poco más de tiempo para llegar al vestuario. Así que decidí irme antes de tiempo”, se excusó.

Nuevamente, sus graciosos incidentes ocultaban los pobres resultados del equipo. Pero también las gestiones que, paralelamente, iba protagonizando en las sombras. Era el entrenador del equipo, si, pero no había renunciado a su puesto como general manager. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos inofensivos e incompetentes Jazz habían completado una asombrosa transformación. Para cuando la NBA se dio cuenta, la franquicia de Salt Lake City ya era una asidua en playoffs, había alcanzado tres Semifinales de Conferencia y en su roster figuraban jugadores como Karl Malone, John Stockton, Mark Eaton y Thurl Bailey, todos elegidos por Layden en el draft.

“Teníamos el cartel de perdedores”, explicaría David Fredman, por aquel entonces director de scouting. “Pudo cambiarlo todo con un presupuesto muy bajo. Gracias a Frank, nos pusimos en el mapa.” Stan Albeck, entrenador de los Bulls durante la temporada 1985-86, confirmaría estas palabras. “Cada vez que veíamos en el calendario que jugábamos contra los Jazz decíamos que teníamos una victoria asegurada. Eso cambió.”

Así, los Jazz se ganaron el respeto de sus adversarios y dieron un sonoro portazo a un pasado inestable repleto de fracasos, malas decisiones y muy poca fortuna. El hecho de que, hasta el momento, no pudieran superar la segunda ronda de los playoffs no era un problema. “Para bailar con la reina primero hay que llegar al baile de graduación”, lo definiría majestuosamente el entrenador.

Sin embargo, optar a cotas mayores transformó la visión de Layden. Había trabajado mucho para alcanzar esa posición y ahora ahí no quería regresar al punto de partida. Sus animadas declaraciones dieron paso a excesos de ira contra los árbitros y sanciones cada vez más habituales por parte de la NBA. A mayor altura, mayor es la presión del entorno. El verdadero secreto de Layden residía en no tomarse el baloncesto demasiado en serio. Y cuando lo hizo, no le gustó en lo que se había convertido.

“No disfrutaba como solía hacerlo. A veces en la NBA te sientes como un perro. Cumples siete años en lugar de uno. He aumentado mi peso hasta los casi 150 kilos. He vuelto a fumar. La presión es intensa. Es hora de tomarme un descanso”. Tras siete temporadas al frente del equipo, Layden dejaba su puesto como head coach de los Jazz. Eso sí, en muy buenas manos. “Jerry Sloan ha trabajado muy duro. Merece su oportunidad.” Por el camino dejaría un hito irrepetible: conquistar los premios al Ejecutivo del Año y Entrenador del Año en la misma temporada, la 1983-84.

Layden daba paso a Sloan como entrenador y a su hijo Scott como general manager. Un relevo generacional que asumiría sin ningún tipo de amargura. “He vivido la mejor etapa de la NBA.” Aún así, seguiría muy vinculado a las oficinas de los Jazz como presidente de operaciones. Durante la década de los 90 la franquicia vivirían los mejores años de su historia. Tan solo los Bulls de Michael Jordan y Scottie Pippen les privarían del campeonato en dos ocasiones.

Durante sus últimos años antes de retirarse en 1999, sus hábitos eran mucho más calmados, tranquilos y agraciados.  Antes de subir a su despacho dedicaba unos minutos a lanzar a canasta mientras imaginaba ser Pete Maravich. “Tienes que hacer la vida divertida.” Suena demasiado a tópico el refrán ‘una sonrisa es la mejor medicina’. En el caso de Layden, completamente cierto. Su arrolladora personalidad y cómicas formas sirvieron para maquillar una férrea y disciplinada ética de trabajo que instauró una filosofía de juego y de trabajo que se ha mantenido intacta hasta nuestros días. Sin Frank Layden, quizá nunca hubiéramos conocido a los Jazz. No al menos de la forma en la que actualmente lo hacemos.

(Fotografía de portada de Rick Stewart/Getty Images)


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