El malestar de Jimmy: ¿problemas de salario o de vestuario?

Parece que hemos dado por buena la premisa de que el mal rollo entre y las demás vacas sagradas del vestuario (léase Andrew Wiggins y Karl-Anthony Towns), ha sido la causa por la que el ex de los Bulls ha solicitado a Thibodeau que prepare, y con urgencia, el traspaso.

¿Pero, y si esa no es la única, la principal, o ni siquiera la verdadera razón que alimenta sus deseos de partida?

Es cierto que el panorama que le antecede, quiere hacernos pensar que sí. Que Butler es el troglodita en la Era del pacto social. La oveja negra en donde las taquillas, al abrirlas, derraman confeti. Y como cuando el río suena, agua lleva, todo lo que sea pensar de más es un gasto inútil y prescindible de energía.

Porque del jugador, ya se dijo entonces, tuvo sus diferencias con Derrick Rose en Chicago, en una lucha de poder por ver cuál era el gallo con el cacareo más potente.

Sin duda el enfrentamiento tuvo que ser espectacular. Y a Thibs, aficionado a las Fallas y que pudo presenciar todo en primera línea, se le ocurrió que sería genial verlo crepitar de nuevo, ahora un poco más al norte.

Con esa idea trajeron a D-Rose para los playoffs. Y antes a Taj Gibson… y ahora a Luol Deng. Todo el mal rollo junto de nuevo. A lo Nerón, el coach, con los Timberbulls como coartada perfecta anclada en la melancolía, lo que ansiaba, en secreto, era ver arder Minneapolis.

O quizás (y sólo quizás), todo se exageró entonces y todo vuelve a exagerarse ahora. De ser así, se abriría una portezuela a la teoría de Dan Feldman, de NBC Sports. Teorías conspiranoicas y ‘presuntos culpables mientras no se demuestre lo contrario’, cediendo ante Magnus Enzensberger y su ‘¡Siempre el dinero!’

Una oferta insuficiente (para Butler)

Jimmy Butler rechazó su oferta de extensión con los Timberwolves a mediados de junio, la cuál consistía en cuatro años y unos 110 millones de dólares (27,5 por temporada). La renuncia, salarialmente al menos, tuvo cierto sentido.

Como agente libre el próximo verano, Butler tendría acceso a una renovación con los propios T-Wolves por cinco años y 190 millones (38 M), y de firmar con cualquier otro equipo, cuatro campañas y 141 (35 M). El salto económico es más que considerable.

Los Wolves, con la extensión de Towns a la vuelta de la esquina, si bien querían dejar atado a Butler cuanto antes, no estrujaron la caja fuerte, en su oferta de renovación, tanto como estaba a su alcance. Y ahí fue cuando todo comenzó a torcerse. La semilla que nos conduce al desplante unilateral de hoy.

Según Jon Krawczynski, reportero de The Athletic, Butler estaba efectivamente a la espera de esa oferta de renovación al comienzo de verano, pero con la seguridad de que la cifra ofertada sería sensiblemente mayor. De unos 145 millones para ser exactos (30 por curso).

Una oferta insostenible (para Wolves)

Poco importaba al forward los malabares y sacrificios que tuviese que hacer la franquicia con tal de pagarle lo que él (que había llegado a cambio de medio futuro de los Wolves [Dunn, LaVine y Markkanen]) consideraba justo.

Hacer semejante hueco en tesorería podía afrontarse a través de dos vías, a cual peor:

  •  Manteniendo el bloque titular: lo que exigía mover (como fuera) el contrato de Gorgui Deng, y desprenderse de adquisiciones recientes del Draft como Justin Patton, Tyus Jones y Josh Okogie, además de no utilizar la mid-level exception para fichar a Anthony Tolliver.
    A un quinteto inicial estelar, se le uniría pues una rotación de jugadores firmados bajo el mínimo permitido. Una polaridad impermisible.
  • Traspasando a Andrew Wiggins: poco más que añadir aquí, ¿no?…

En todo caso, y aún tomando cualquiera de estos drásticos senderos, los Wolves apenas habrían logrado abrazar esos 10 millones extra que necesitarían para mantener contento a Jimmy.

¿Cual es la refutación perfecta para desmontar esta teoría? El timing. Butler –o su contable– pudo haber hecho estos mismos cálculos hace meses, y buscar una solución satisfactoria para ambas partes mucho antes del estertor del verano.

Entonces, ¿por qué esperar al final, alargando absurdamente una agonía programada? Y es aquí cuando Butler, el cáncer del vestuario, emerge de nuevo con todas sus fuerzas.