Paul George cerró sus dos encuentros de pretemporada con un total de 18 puntos y 3 de 14 en triples.
Anoche, en el partido inaugural del nuevo curso baloncestístico ante Detroit Pistons, se fue hasta los 38 puntos con un 7 de 12 desde la curva de tres.
Y ni tanto ni tan calvo. Es probable (y deseable) que el punto medio entre estos dos extremos se encuentre el grado máximo de virtud al que puede aspirar el alero de 36 años en su primera campaña con los Celtics de Boston. Y por el bien de estos, que así sea.
Son las lowlights más lowlights que existieron jamás https://t.co/dFF1w8K6RP
— nbamaniacs (@nbamaniacs) October 15, 2026
Por delante, dos años de contrato y un total de 110 millones de dólares (54M este curso, 56M el siguiente), siendo el segundo de ellos opcional. Brad Stevens sabía muy bien lo hacía cuando decidió incluir a George como el único jugador a recibir a cambio (lo demás fueron rondas del Draft) en el traspaso por Jaylen Brown. Caro, sí. Tóxico, en absoluto.
George llega a Boston para que le expriman hasta la última gota de baloncesto que le queda, algo con lo que el jugador afirma estar extremadamente de acuerdo. «Estoy eufórico. Tengo muchísimas ganas de empezar esta nueva etapa», decía pocas semanas después de producirse su llegada a Massachusetts.
Ayer, el nueve veces All-Star, no solo firmó un duelo de escándalo y tremendamente inspirado desde la línea para convertirse en el 8º jugador con más triples de la historia de la NBA. Más importante que eso: se le vio físicamente fino. Ágil. Tenaz y rápido de reflejos. Cinco robos firmó ante los Pistons.
El 7 de 12 en triples es puramente anecdótico, especialmente a partir del cuarto cuando, borracho de confianza, le vimos meterlos cayéndose, en teatral desequilibrio, a ocho metros del metal y todos ellos correctamente punteados… pero ya daba igual; cuando sientes así la bola el resultado es necesariamente onomatopéyico: ¡chof!
¿Qué aguardar para los 81 partidos restantes?
El Paul George que cabe esperar para el resto del curso lo conocemos muy bien. Un artillero de un 38,3% de acierto a lo largo de su carrera y que en cinco ocasiones ha superado el 40%. Si todo va sobre ruedas, esta podría ser la sexta. Porque, como hemos dicho antes, se le ve fino. Y la forma física es más importante que las noches de ebullición, especialmente cuando la regular season empieza a pesar y la fatiga parasita piernas y sistema nervioso.
Intentó algunos pases arriesgados que erró, pero luego se le vio comprometido en la transición para enmendar sus fallos. Forzó faltas en ataque, hizo algunas ayudas y estuvo muy presente durante todo el encuentro con y sin balón. Y sí, varias de las canastas que metió (y falló) las realizó generando un espacio con el defensor no desde un primer paso eléctrico –pues ya no lo tiene–, sino desde el talento desmesurado que aún no ha perdido y que amortiza al milímetro.
Que nadie espere que este George venga a ser aquel Brown. La mejor prueba, la inaugural: estuvo espléndido y aún así perdieron. Porque el líder de este equipo es y será Jayson Tatum. Y con actuaciones tan nefastas como la que tuvo (6 de 23 en tiros de campo) no encontrará en George el socio capaz de sacarle las castañas del fuego.
El ex de Pacers, Clippers, Thunder y 76ers está para lo que está. Ser un suplente de lujo y tirar del carro en tramos muy puntuales. No ante Detroit. No ante el vigente campeón de la Conferencia Este si no tiene alrededor quien le ayude ni al líder para que lidere.
Y lo que está claro también es que aquila non capit musca. La pretemporada es un chiste. La fase regular la puesta a punto. Los playoffs, donde exigírselo absolutamente todo.
(Fotografía de portada de Rick Osentoski-Imagn Images)





