Bernard King, el rey del Madison en la Navidad de 1984

Hace 30 años, Nueva York distaba muchísimo de ser lo que es hoy. En 1981, la gran ciudad había vivido su año más violento de la historia y durante toda la década de los 80, la capital del mundo sufrió una crisis global que amenazó por consumirla completamente.

En 1984, las cloacas de la NBA tampoco marchaban mejor. El duelo Bird-Magic sustentaba y daba fuerza a un producto que, sin embargo, presentaba unos bajos fondos muy duros, tanto en los aspectos deportivos como en los, llamémosles, sociales. Descaradamente, muchos equipos se dejaban ir al final de las temporadas para ser uno de los dos peores planteles y optar a la moneda al aire, la misma que decía qué franquicia tenía el nº1 del Draft de ese año. Paralelamente, la droga hacía estragos en la competición. En 1982, un reportaje de Los Angeles Times aseguraba que el 75% de los jugadores entonces activos en la NBA habían consumido alguna vez sustancias prohibidas.

Cuando David Stern estrenó su cargo como Comisionado de la NBA,  el 1 de febrero de 1984, adoptó con urgencia algunas medidas que dieran más impulso y credibilidad a la competición. El de 1984 (Sam Bowie por delante de Jordan) fue el último Draft con coin flip (lanzamiento de moneda). A partir de 1985 se instauraría el Draft Lottery, un sistema que, con retoques, pervive hasta nuestros días.

Los New York Knicks fueron el primer equipo en ganar esa lotería, no exenta de polémica, porque no son pocos los que aseguran que aquello estuvo amañado para que fuera la entidad de la Gran Manzana la que se hiciera con el nº1 del Draft y eligiera al hombre por el que todos suspiraban, Pat Ewing. Para los amantes de la conspiración, hubo demasiadas cosas raras en la forma de extracción de los sobres que establecían el orden de elección en la noche del Draft.

Antes que Ewing: King y la Navidad de 1984

Pat Ewing cambió la historia de los y a pesar de no darles ningún anillo, alrededor de su figura los de Nueva York pudieron abrazar dos Finales: 1994 y 1999. Casi días de gloria para los Knickerbockers, con su jugador franquicia, el hombre que les volvió a dotar de un gen ganador, de personalidad, de esperanza. ¿Qué habría pasado si hubieran unido sus destinos él y ? Quizá los Knicks podrían haber adelantado algunos años sus presencias en las Finales.

Porque en el curso 1983/84 Bernard King era la sensación de la Gran Manzana y uno de los grandes hombres de la NBA. Número 7 del Draft de 1977 por los Nets, además de en Nueva Jersey jugó en Utah y en los Warriors antes de recalar en los Knicks para la campaña 1982/83. Ya entonces había sido una vez All-Star y había formado en dos ocasiones parte del Top-10 de máximos anotadores de la NBA. Galones que repetiría en la 1983/84 (5º mejor encestador) y, por encima de todo, en la 1984/85. El mérito aquí es mayúsculo, porque King se proclamó por primera vez máximo anotador de la NBA. Lo hizo con 32,9 puntos de media por partido a pesar de sólo saltar a la pista en 55 veladas. En marzo de 1985 se destrozaba la rodilla y se perdía lo que restaba de año, el siguiente completo y prácticamente toda la 1986/87, al final de la cual dejaría de pertenecer a los Knicks.

Pero se fue dejando rastro, con noches únicas en un curso único. King fue máximo anotador de la campaña 1984/85 por veladas como la del 16 de febrero de 1985, con 55 puntos a los Nets, o la del 24 de noviembre de 1984, con 52 a los Pacers. Y por encima de todo, por la noche del 25 de diciembre de 1984, en el Madison. A sus 28 años recién cumplidos, en la mejor expresión de lo que es la madurez, King le enchufó 60 puntos a los propios Nets, su rival preferido por esos tiempos.

Récord de la franquicia y del Madison

Aquella gesta, aquella monstruosidad de 60 tantos, la hizo con un promedio de 1,4 tantos por minuto. Sin embargo, los 41 minutos que estuvo en pista King no le valieron para que los Knicks venciesen, aunque a título personal le hicieron entrar en los anales de la NBA, del y de los New York Knicks.

Esos 60 puntos fueron récord de la franquicia. La primera vez que alguien entraba en la barrera de los 60 tantos como jugador de los Knicks fue unida a otro registro para el recuerdo, ya que nadie nunca había firmado esa estadística anotadora en el Madison Square Garden. Topes que perduraron más de dos décadas. El del Garden cayó en 2009, merced a Kobe Bryant y sus 61 puntos; el de los Knicks, el 24 de enero de 2014, cuando lo rompió Carmelo Anthony (62), quien de paso superaba a La Mamba como máximo artillero en el Madison. Esa doble marca sigue vigente hoy día.

Antes de que King, idolatrado por Melo,  pusiera a sus pies a la Gran Manzana el Christmas Day de 1984,  Richie Guerin, con 57 puntos en 1959, ostentaba la gloria para los Knicks.

La caída en desgracia de Bernard King, la lesión que le rompió en marzo de 1985, dejó a los Knicks tan tocados que no pudieron entrar en las eliminatorias por el título. El hombre que había nacido en Brooklyn, que había sido profeta en su tierra, que firmaría dos partidos de 50 puntos seguidos con los Knicks, saldría de su casa en 1987 para no volver jamás como jugador.

Renqueante por las lesiones, todavía llevó a cabo cuatro grandes cursos con los Bullets, del 87 al 91. Este año fue All-Star por cuarta y última vez en su carrera y terminó como tercer máximo anotador de la NBA. Tras otro curso en blanco por los problemas físicos, se retiró en 1993, en los Nets, el lugar donde empezó todo. Su último servicio, un partido de los Playoffs. A los 36 años se despedía con 2 minutos y 0 puntos.  El total, 874 veladas de Liga Regular y 28 de eliminatorias por el título.

Colgaba las botas con una carrera de 19.655 puntos, sin conseguir entrar en el club de los 20.000, uno de sus mayores lamentos, como reconocería el día de su retirada, junto con el hecho de no haber ganado un anillo.

King fue el rey del Madison en la Navidad de 1984, honró a su apellido, formó varias veces parte de quintetos ideales, ostentó las mejores marcas de anotación de la mítica cancha y de los Knicks durante más de dos décadas, fue el hombre más viejo en su momento en disputar un All-Star Game y vivió una vida deportiva muy completa, a pesar de su lastrada rodilla.

“Cuando estaba promediando 30 puntos no tenía que pensar en nada. Todo sucedía a un nivel muy instintivo. En una noche en particular, no importaba lo que tú hicieras; había un sentimiento de que todo iba a funcionar. Es una sensación increíble, no hay nada como eso”.


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